La Feria

Jorge Monroy, pigmentos de la luz en la memoria

Uno de los mejores pintores con que cuenta Jalisco es Jorge Monroy. Su trabajo ha sido constante y consistente. Discípulo del eximio maestro Alfonso de Lara Gallardo (uno de los pocos pintores religiosos estupendos de Jalisco) y es el autor de los murales de la Cámara Nacional de Comercio de Guadalajara y del Centro Interpretativo de Guachimontones. Jorge Monroy avanza sin pausa pero sin prisa en la construcción de una de las obras más logradas de la actualidad.

Su acuarela me parece estupenda, llena de matices y de posibilidades. Por eso, quiero dejar dejar en esta columna unas palabras que escribí hace tiempo sobre esta faceta de su obra. Jorge, por otra parte, vivió su niñez y juventud en Santa Teresita y San Miguel del Espíritu Santo (ahí por Justo Sierra y Ramos Millán), precisamente donde yo viví y lo conocí hace ya muchos, pero muchos ayeres.

Sobre su acuarela, diré que la mirada construye, desde la blanca palma de la hoja, el sueño serenísimo de una luz imposible que emerge hasta nosotros. Agua y aromas. Retina de la vida. Nomenclatura clara de silencios: transparencia que duerme sobre los ojos de un misterio cercano y familiar. Así, el mundo cobra forma en la pintura de Jorge Monroy; se revela en el juego preciso de pigmentos y  trazos, sobre la intensa albura del papel.

La creación del artista despliega en el oído, trasfigurada, la visión de la vida. Recupera paisajes, calles, atardeceres, que eran nuestros y que perdimos en la sordera del solitario aliento cotidiano.

Sin saberlo quizá, o sin confesarlo, Jorge Monroy convoca un alfabeto de sabiduría con los signos de sus composiciones; transparente ritual que reconstruye, con cada pincelada, los espacios que al sol le pertenecen.

Cada golpe de luz, cada matiz, deja en nosotros la huella de un sereno fuego; cada tono revela una sílaba exacta de una presencia eterna y enciende el esplendor de un cielo que reposa en las manos abiertas de la tarde.

El volumen, la forma, la figura, emergen del fulgor de la acuarela. Agua sin nombre: dilución de tintas. Mano que toca el corazón, los párpados. Y la vida… que ahora se levanta entre raíces de árboles eternos, de paisajes de viento, de fuentes de cantera redimida. Bebemos del milagro: bastan algunos trazos para dar cuerpo al monte, al monumento, a los muros de adobe, a esas calles manchadas de secretos.

La precisión del pulso del artista, el movimiento exacto de su mano, el ritmo del conjunto, los suaves equilibrios de la sombra, dan nueva forma al orbe ante el ojo que pleno lo contempla: Vivificante voz que vivifica con sus manos de suave pertenencia; ave de blanco fuego entre los intersticios de la imagen.

Jorge Monroy entrega con esta obra una veta escondida de la vida —floración del presente— que le recuerda al hombre que está vivo, y le dice, en silencio: no claudiques; tuya es la luz aún; tuya la imagen que ha derrotado al tiempo y te refleja.