La Feria

Gutiérrez Vega, un brillo en el instante oscuro

Zacatecas. La ciudad de cantera rosa, la añosa urbe minera que convirtió su corazón de plata en patrimonio de la humanidad, fue sede del III Foro Iberoamericano de la Lengua Española, realizado la semana anterior. Mientras en ese marco se realizaba un homenaje al poeta tapatío Hugo Gutiérrez Vega, en la capital jalisciense se daba a conocer la noticia de que recibiría el doctorado honoris causa por la Universidad de Guadalajara, la casa de estudios que constituye el referente ineludible en la cultura del occidente del país.

Una vez más, se habla de Hugo. Una vez más sale a la luz el sereno brillo de su poesía, la excelencia de sus ensayos, su trayectoria entre las letras, entre los nombres, entre las corrientes literarias del siglo XX, todo ello como testimonio de una vida vinculada a un quehacer poético que nos permite imaginar —gracias a una cierta clase de magia— que los seres humanos podemos habitar un mundo mejor.

En poco mas de un año, el tapatío que cumplió una larga carrera diplomática iniciada al amparo de don José Gorostiza —creador de ese poema interminable que es “Muerte sin fin”— ha recibido numerosos reconocimientos a su obra, entre ellos el Premio Nacional de Ciencias y Artes, además de ser invitado a ocupar un asiento de número en la Academia Mexicana de la Lengua.

Poco antes de que termine octubre, en el encuentro internacional de poesía “Al asedio de los signos”, que se realiza en Ciudad Obregón anualmente, se le rendirá un nuevo tributo y, un mes después, en el Paraninfo de la universidad, recibirá el flamante doctorado.

A pesar de esta importante cosecha, estoy seguro que Hugo no está conforme. El hombre ha denunciado, cada vez que tiene oportunidad, la inequidad del sistema, la desigualdad social y la explotación a la que son sometidos los más débiles. Una muestra de esta postura quedó grabada en el programa “Las ruecas del tiempo. Poesía para destejer la memoria” (de Radio U de G) hace unos dos años y medio, cuando puntualizó con precisión y valentía los efectos de los malos gobiernos recientes en el rumbo del país.

Aunque no he hablado de eso con él, estoy seguro que para Gutiérrez Vega han sido un duro golpe los trágicos crímenes perpetrados en Tlatlaya y en Iguala, en donde se materializaron brutalmente la descomposición, la corrupción y los infiernos generados por el actual sistema neo liberal: estamos hablando de que soldados y policías (es decir, guardianes de los mexicanos) sin remordimientos asesinaron a 22 y a 49 personas, respectivamente.  Se trata, sin duda, de un nuevo tipo de seres humanos, animalizados, poseídos por el mal, en los términos que lo entiende Hannah Arendt: no pensantes, insignificantes e ignorantes, sí, pero obedientes a sus criminales jefes y capaces de cometer las peores rapacidades sin sentir el dolor ni la pena que esto engendra.

En medio del pesimismo nacional, la distinción a un intelectual como Gutiérrez Vega ilumina la esperanza y honra a la máxima casa de estudios jalisciense, precisamente porque, además de hombre de letras, ha sido un denunciante de los poderes que se nutren de la escoria del sistema y crían a estos prototipos del gusanismo humano: En estos momentos negros, pues, se honra a un hombre de espíritu blanco.

Termino con unos versos de Hugo que bien pueden ser imagen del dolor colectivo que vive este país en el presente: “La legión de los diablos del castigo/ se balancea en las hojas de la puerta/ inicia el llanto una mujer pequeña/ arrodillada a un lado de la tumba/ es un gemido de animal huyendo/ que sabe bien que no hay escapatoria/ se le une otra mujer/ la iglesia es un aullido/ que no cesa/ El llanto se entrecorta/ y abre paso a un gemido/ que se alterna/ de banca en banca/ hasta llegar al coro/ Las monjas en penumbra/ inician la oración que nadie escucha”.