La Feria

Guadalajara, La Bella

LA ALBORADA. Al alba, la ciudad emerge de las aguas del sueño como una barca entre lámparas mercuriales; submarino de niebla, revienta la superficie de los mares nocturnos; bestia maravillosa, asoma la cabeza y aspira de la luz vivificante, para quedarse ahí, quieta y herida, mirando hacia el oriente: el resplandor.

Los murmullos del día inquietan la alborada, y no hay calle, Zelene, donde no cante la mañana. Ni una esquina donde el día no derrame sus ríos y eche a girar sus ruedas refulgentes. No hay templo que no lance sus campanas al viento, ni paloma dormida, ni pan que no caliente.

Las sombras alargadas de los hombres van y vienen. Una se tiende sobre la calleja; otra cruza, entre autos, invulnerable y terca, la avenida. La marea de la luz revienta con la paciencia lenta de los astros. Y yo, Zelene, miro tu flor abrirse. Tus manos desatando, en el amanecer, la danza.

EL ATARDECER. Boca de suave labio de tepache, mirada de tejuino, voz de maíz dorado, terso cuello de jal, blanco y desnudo, vientre sabor pitaya –sabrosísima—, húmeda piel de barro y de maceta, Guadalajara es, por la tarde, una marca de fuego aquí, en tus labios.

Afuera, la ciudad es remolino. Pero, dentro de ti, lo sabes, prevalece su paz, su azul, su cercanía. Guadalajara canta en tus entrañas; echó raíces dentro de tu sangre y ha tendido sus ramas –como un árbol de plata— sobre el techo imborrable de tu infancia. Arde en tu juventud y, como espejo al sol, brilla en tu rostro.

Cada paso fue en ti, ciudad sembrada de acacias y minervas. En ti, Guadalajara, mi memoria, entre tus jacarandas se ha dormido. Con tus ojos he visto el cielo verde, los pájaros azules, las horas amarillas y las tormentas rojas de la tarde. En ti, busco caminos para encontrar lo que el destino dicta. Y en tu oído, Zelene, suelto palabras como si abriera el puño y de mi mano un hilillo de tierra luminosa derramara en tu sol mi voz perdida.

EL DESCENSO. Érase una ciudad que, por la noche, sus ventanas cerraba, y el amor florecía en la piel de los amantes. En aquella ciudad y, recostados, bajo un río de estrellas, encendimos el alfabeto que los labios murmuran en la parte más dulce de los cuerpos.

En ella conocimos el ritmo, el diapasón sediento de la boca, el sonido suavísimo que nace de la piedra profunda del abdomen; la tensión delicada de la vena secreta, que se contrae y pulsa en el encuentro.

En ella, descubrí el laurel musical de tu garganta, la transparente ortiga de tu vértigo, el latido y el canto de tu cuello, la presión vegetal de tus vertientes. Blastos, exhalaciones, duelas bajo mis dedos, plasma, espesura, limo dócil al tacto, libaciones.

La noche anida, en la hora del tacto, el huevo silencioso del amor. La tonada secreta de la maravilla. Nada desciende sobre la ciudad limpia, sino este fulgor, este río cósmico, que baña con su noche limpia, paredes y azoteas: Guadalajara enciende sus farolas y, ante mis ojos, se convierte en una enorme barca que se adentra de nuevo, milagrosa, en los mares del sueño.