La Feria

Dime cómo piensas y te diré que estación escuchas

Los gobiernos dictatoriales de las novelas de ciencia ficción anti-utópicas, como Farenheit 451,  Un mundo feliz o 1984, por citar algunas, envidiarían la forma en la que en México se conducen los destinos de la nación.  Como en la era nazi, en la actualidad basta con que una mentira se repita una infinidad de veces para que quienes la escuchan la tomen por verdad.

Me pregunto hasta dónde crecerá la distancia entre quienes detentan el poder (y por lo tanto tienen el control de los medios de comunicación, en general) y los desposeídos, incapaces siquiera de tener una idea clara de lo que es el mundo. Hasta dónde crecerá la distancia entre los dueños de la información y los usuarios. Aunque la Internet entrega un caudal de datos, son tantos que al lector medio le cuesta organizarlos y determinar cuáles son limpios y cuáles con interés detrás.

En este río revuelto, el poder público se vale de voces sugerentes e imágenes convincentes, acompañadas de la música precisa, para crear mensajes destinados a incrustar en el pensamiento de la gente las ideas que le convienen. ¡Y cómo no creer en esos comerciales, si en ellos aparece un niño sonriendo, saltando en cámara lenta, mientras el viento sacude sus cabellos o una muchacha limpia, mientras surge sonriente del cristal de la alberca!

“El petróleo es nuestro —dice una voz cálida y modulada—, el sol es nuestro, el agua es nuestra, el viento es nuestro”, mientras aparecen imágenes hermosas. Pero dígame, ¿qué tiene el petróleo en común con las otras tres fuentes de energía? El agua, el viento y el sol no tiene dueño y espero que durante mucho tiempo no lo tengan, pero el petróleo sí. Y hasta ayer, el propietario (cada vez más débil) era el pueblo de México. Hoy, la reforma permite que las utilidades (no así el pago por el mantenimiento de Pemex) sean repartidas hasta en cincuenta por ciento con las empresas que el poder público determine; es decir, con quien más le convenga.

Escucho los mensajes que promueven la aceptación de la Reforma Energética y me cuesta trabajo comprender que la gente no se percate de la obviedad de las mentiras. Se le promete todo: empleo, oportunidades, un futuro mejor y hasta pagar menos en el recibo de luz. Y aunque todo es falso, eso no importa; lo que interesa realmente al gobierno es que la gente muerda el anzuelo de la esperanza para que no levante la voz; que confíe en los mensajes, que espere empleos, oportunidades y convertirse ¿por qué no? en colega de los poderosos.

Bien decía un amigo mío, muy rico por cierto: “No hay forma de que las cosas se salgan de control; tenemos algo más importante que los ejércitos: tecnología para meter los medios de comunicación en las recámaras de cada familia, y decirles exactamente cómo piensen”. Ese control hubiera sido el sueño de cualquier dictador. Una caja atractiva desde dónde, una voz cercana y convincente, explique a las personas qué pensar y les haga creer que lo hacen por decisión suya.