La Feria

Carta a Hugo Gutiérrez Vega

A Lucy, Zelene, Carmen, Alex, Víctor, Lupita Sánchez y Paty Rosas

 

A veces, querido Hugo, el dolor por la partida de un amigo, de un maestro como tú, se ahonda al paso de los días. A veces, nos impide escribir, así, de pronto, y hay que esperar que el tiempo unte en la piel del alma su bálsamo secreto para poder decir aquello que nos duele: unas cuantas palabras sobre ti, sobre la herencia de luz que nos dejaste, sobre el testimonio que diste con tu vida.

Por eso, hasta ahora escribo estas palabras. Me dolían demasiado, Hugo, y me encontraba furioso y desconcertado porque partiste.

Por eso he tardado en decir que tú nos enseñaste a vivir la poesía, para la poesía y desde la poesía y que eso es enriquecer los ojos, la palabra, el corazón.

Decir que, con tu ejemplo demostraste que se puede peregrinar por el mundo, describirlo, burlarse de la solemnidad, carcajearse de uno mismo, y al mismo tiempo ser profundo, digno, y dejar un testimonio inolvidable.

Decir que nos mostraste que después de vivir puede uno despedir este mundo y sus historias con igual dignidad,  tranquilamente, dando la cara al sol, y, lo mejor, querido amigo, sin haber sucumbido ante los devaneos del poder.

Fuiste, muy claro lo tengo, como dijo alguna vez tu querida Lucy (tu mujer de toda la vida) un intelectual sin fisuras; y esto, querido Hugo, en nuestro tiempo, un tiempo de escritores a sueldo, de periodistas cómplices de Salinas y Foxes, Calderones y Peñas, es un logro sin precio.

Tu discurso nunca fluyó desde la hegemonía, sino en un horizonte alternativo, desde una posición humanista y lúcida. Tu palabra no buscó la provocación, sino el despertar. Luchaste a favor de y no en contra de. Intentaste cambiar este país sacudiendo conciencias, cultivando memorias, ofreciendo poesía.

Pusiste sobre la llaga tu reflexión serena y luminosa, pero implacable. Diste el nombre preciso (sin desgarramiento de vestiduras) al saqueo, la injusticia social, la inequidad, el despojo de los bienes del país, la explotación de los más débiles. Señalaste un camino para vivir la vida con dignidad y con mesura; con la sabiduría de quien ha incursionado en los pasajes del corazón humano y ha salido de ellos con la luz en las manos.

Por todo eso, tu legado intelectual y humano tiene el mismo peso, la misma densidad, que tu herencia poética. Poeta y hombre, en una sola pieza, iluminaron a cuantos te rodeamos y te vimos cantar, siempre con ligereza, la canción innumerable de la vida.

Y me parece que te escucho ahora, aquí a mi lado, diciendo: “ah qué Jorgito…”, porque, ¿sabes? desde tu muerte te has convertido, no en un fantasma, sino en la voz serena que acompaña mis pasos y dialoga conmigo sobre los vericuetos (dirías tú) de la vida. Por eso, como tantos otros, me niego a creer que has muerto.

Y es que aquí, en esta parte mía y sólo mía, habitan ya tu voz y tu presencia, y ya no me abandona.