La Feria

Arreola a la rotonda

El día de hoy a las diez de la mañana, en la Cámara de Diputados de Jalisco, se vive una fiesta literaria. En ella, en alguna forma, participamos todos, pero, principalmente mis amigos Claudia, Fuensanta y Orso, los tres hijos del genial escritor zapotlense Juan José Arreola, cuyos restos –hoy se aprueba— serán trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres de Jalisco. Con este acto de homenaje y justicia, los amantes de las buenas letras y los escritores de la entidad nos sentimos, en alguna forma, satisfechos y reconocidos.

Porque Arreola, señores, fue un genio de la palabra. Su trabajo literario fue magnifico; su memoria, portentosa; su imaginación, deslumbrante; y, lo más importante: sus renglones perfectos cayeron uno a uno, impecables, sobre la palma blanca abierta de la página, para permanecer como testimonio de una de las obras más grandes de nuestra lengua.

Maestro de toda una generación de autores, promotor y amigo de creadores de la talla de Fernando del Paso, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, José Carlos Becerra. Eduardo Lizalde y muchos, muchos más, Arreola pasó por las letras del siglo XX como un astro que iluminó aquello que tocaba. 

Jorge Luis Borges, el enorme escritor, destacó la genialidad de Arreola al incluirlo en su “Biblioteca personal”, esa colección inmortal de cien obras indispensables de la literatura universal, donde prevalecen escritores de la talla de Voltaire, Papini, Edgar Allan Poe, William Blake y muchos otros maestros inolvidables de la escritura; y entre ellos, esplendorosos, sólo dos mexicanos: el maestro Arreola y su amigo Juan Rulfo; ambos jaliscienses y ambos nacidos en la zona del Volcán de Colima.

Como tantos otros, señores, también fui su discípulo. A principios de los años setenta, el maestro, según nos platicó, se sintió con el deber de devolver a Jalisco algo de lo mucho que le entregó la vida; y creyó que la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guadalajara sería el lugar adecuado para hacerlo.

Así que gracias a los tormentos de su consciencia y a su firme intención de aquietarla, lo tuvimos como maestro de Composición en una aula que siempre, no sé cómo, se mantenía repleta, con setenta u ochenta alumnos, de pie y aglomerados, cuando el cupo era únicamente para  veinte.

Lo que ocurría en la clase de Arreola seguramente ustedes lo suponen. Entre aquella melé de muchachos que atiborraba el espacio, el maestro tomaba la palabra para hilar interminables textos que a todos nos dejaban boquiabiertos. En su tejido mágico, juntaba bicicletas con señoras y vino; muchachas de ojos negros con mariposas rotas y alimentaba aquellos recorridos interminables, con autores y libros que nosotros entonces, muchachos de veinte años, desconocíamos totalmente.

Nos convertíamos, entonces, espectadores insólitos de un mundo que se abría y se desplegaba con nuevas y múltiples formas, convocado por el entusiasmo ardiente de aquel mago que elevaba palabras para formar caminos por los rincones de la imaginación, relacionando todo, desplegando una nueva mirada para observar las cosas viejas y gastadas, y describiendo un mundo de renovados mitos y colores.

Por eso, con este acto legislativo, promovido particularmente por la diputada Verónica Delgadillo, se rinde tributo al jalisciense que abonó su palabra a nuestra identidad y nos dejó la herencia de una voz incansable inscrita en la historia del espíritu humano; pues, como dijo Borges, Arreola nació en 1918 y en Jalisco, pero pudo haber nacido en cualquier lugar y en cualquier siglo.