La Feria

Agustín Rivera un defensor de la mujer

No se conformaba con  mirar la injusticia de su tiempo contra la mujer y los indígenas, por eso, Agustín Rivera (Lagos de Moreno, 29 de febrero de 1824; León, 6 de julio de 1916) se convirtió en un crítico implacable y en un precursor de la defensa de los derechos femeninos e indígenas.

El hombre de quien Salado Álvarez dijo “fue al mismo tiempo combustible y comburente”, gustaba de aparecer en el centro de las disputas, era dueño de una memoria prodigiosa, conversador sin par, doctor en derecho, y supo combinar dos extremos casi inconciliables: ser, a un tiempo, liberal hasta la médula y sacerdote católico.

Luis Sandoval Godoy escribió que aquel hombre de nariz afilada, mirada aguda y sonrisa irónica, fue “de lo más brillante que pudo haber entre los eclesiásticos de su tiempo, entre los hombres de pro del país, los intelectuales de la república, los cerebros más lucidos de aquellos años”.  Por algo, el dictador Porfirio Díaz lo designó –ya agotado por la edad don Agustín— orador oficial en la ceremonia del Centenario de la Independencia.

Entre las disputas célebres que sostuvo el laguense, se cuenta una con el obispo Diez de Sollano sobre la enseñanza de los clásicos paganos a los jóvenes estudiantes, que la iglesia censuraba y Rivera defendió con inteligencia y pasión. Si bien la discusión se prolongó, lo cierto es que este último salió triunfante, aunque acatara finalmente la jerarquía del superior.

Otra polémica que dejó huella la sostuvo con el presbítero Agustín de la Rosa, “el padre Rositas”, sobre la educación en la Nueva España, de cuyas carencias y defectos Rivera dejó constancia, ridiculizando, algunas veces, a De la Rosa. Los testimonios de este encontronazo de curas ilustrados quedaron registrados en impresos de la época y siguen siendo punto de referencia para los estudiosos.

Rivera no se mordía la lengua cuando se trataba de ir en busca de la verdad. Por eso combatió también los falsos milagros, argumentando que Dios no necesitaba de la mentira humana para promoverse.

 Al igual que su admirado fraile Benito Jerónimo Feijjo, que a finales del siglo XVII desenmascaraba santos falsos, Rivera dirigió una buena parte de sus casi mil escritos (entre libros, folletos, hojas, etc.) a denunciar atropellos, defender la razón y proponer nuevas fórmulas de convivencia donde se respetaran los derechos humanos.

Por eso defendió la educación de la mujer e incluso propuso que se le enseñara filosofía. Desde su punto de vista, los varones se oponían a ilustrar a sus consortes porque, decía, el día que se le enseñe filosofía a la mujer “adiós bellos jardines, adiós doña Chambrana”…

El laguense tuvo ante sí una brillante carrera eclesiástica, pero su apasionado temperamento y su decisión de hacer prevalecer la verdad fueron sus mayores obstáculos.

Murió en la pobreza tras gastar su capital en la impresión de sus libros e hizo constar en su testamento que no se arrepentía de nada de lo que había escrito. Qué tipazo.