La Feria

Adiós, Emmanuel

Hace un mes pregunté por la salud de Emmanuel Carballo a su esposa, la cuentista Beatriz Espejo, y encontré una respuesta similar a la que, semanas antes, me ofreció su hijo Emmanuel, amigo mío: estaba delicado, pero bien. No sabíamos entonces que la Asechadora lo rondaba para agregarlo a su cosecha de 2014, al lado de Gelman, Pacheco, Campbell, Ernesto Flores y  García Márquez, entre otros. Todos frutos maduros que la Parca tomó del árbol de las letras.

Carballo fue un crítico literario singular. A diferencia de muchos “críticos” actuales –que se reparten becas, ofrecen panoramas incompletos y sostienen juicios sesgados— ejerció su oficio sin atenuar los defectos observados sin concesiones. Por eso, con ese humor ácido que cultivaba, se reconocía como un “mal necesario” para las letras mexicanas.

Inquieto siempre, polémico muchas veces, ayudó a construir, con sus ensayos, sus análisis y sus numerosas antologías, el mapa de la literatura nacional de los últimos 200 años. A su muerte, había construido una obra enorme, de más de cien títulos, en donde destacaban los estudios literarios, el ejercicio del periodismo cultural y sus valiosas entrevistas.

Entre las publicaciones que encabezó ocupa lugar principal la Revista Mexicana de Literatura (1955-1958) que codirigió con Carlos Fuentes y fue punto de referencia para su generación. En sus páginas escribieron autores como Borges, Xirau, Juan Rulfo, García Ponce, el propio Fuentes y un largo y brillante etcétera.

Nacido en 1929, Carballo vivió su adolescencia en una Guadalajara que el tiempo se llevó; la de los años treinta y los cuarenta, tan distinta a la actual. La abandonó hace más de medio siglo para radicar en el Distrito Federal, en donde escribió casi toda su obra y desempeñó diversos cargos en instituciones culturales.

En su obra emblemática, Protagonistas de las letras mexicanas reúne entrevistas a 19 autores, desde Vasconcelos hasta Paz, pasando por Arreola, Fuentes y Yáñez. Ahí dejó cristalizados valiosos testimonios que, de otra manera, estarían perdidos. Pero tal vez su título más delicioso sea Ya nada es igual, primer tomo de sus memorias y entrañable para los tapatíos, porque muestra, en un marco de nostalgia, a la ciudad de ayer, ahora perdida para siempre.

Ahí, Carballo narra, por ejemplo, que su gran sueño era abandonar su urbe natal lo más pronto posible: “Luché día y noche por llegar a la ciudad de México porque entonces Guadalajara no tenía facultad de filosofía y letras, no había suplementos culturales, no había exposiciones ni conferencias”. Al referirse a ese disfrutable volumen, Carballo me comentó con aquel tono definitivo que lo caracterizaba: “la ciudad nace contigo y contigo muere. La Guadalajara mía está muerta. Sepultada. Cada vez que voy llevo un jarrito con flores a la tumba de mi papá, a la de mi mamá, a las muchachas que quise, a los amigos que perdí. La ciudad a la que voy se llama Guadalajara, pero que nada tiene qué ver con la Guadalajara mía”.

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