Columna especial

Descansa en la sombra benéfica

Con la muerte de Ernesto Flores (1930-2014), las letras de Jalisco pierden a uno de sus investigadores fundamentales y uno de sus hombres de letras más intensos y generosos. Era el sobreviviente de los cuatro maestros que la poesía tapatía disfrutó en la segunda mitad del siglo XX. Los otros fueron Arturo Rivas Sáinz, Adalberto Navarro Sánchez y Elías Nandino. Ernesto Flores, como los dos primeros, decidió quedarse en la ciudad a sabiendas de que los reflectores de la fama enfocan sólo la capital del país.

Investigador sorprendente, cuentista meticuloso y preciso, poeta desgarrado, musicólogo exhaustivo y maestro de numerosas generaciones, Ernesto Flores deja como legado no sólo sus escritos, sino una forma de adentrarse en la literatura, de vivirla, de incorporar sus ritmos a la respiración, sus acentos al aliento vital, sus letras a la melancolía y al anhelo. Al dolor inevitable de lo efímero. Por algo ha escrito: “Soy el que ha ciegas horadó la roca/ Me acomodé a mi sombra torpemente/ El alma cada día se me rasgaba/ contra este margen que se desorilla”.

Conocedor de la red en que el hombre se desenvuelve, Ernesto Flores pulsa el poema, como instrumento clásico, para cantar la certeza de lo fugaz, el escozor de la pérdida, la herida que se abre día a día para constatar aquello que ha perdido: “En la frente, los labios y el brillo de los ojos/ el tiempo va dejándonos/ su huella digital [...]// Me agrieto y es desértica/ la tierra de mis párpados./ Y el agua de mis ojos,/ más espesa que nunca,/ ya no sostiene el sol de aquellos tiempos”.

A las cinco de la tarde, el día de ayer, una misa despidió los restos del poeta. Escritores, discípulos, amigos, acompañaron a Carmen Peredo, su compañera de toda la vida y a sus hijos. Oficiaban dos sacerdotes amantes de las letras: Tomás de Híjar y Pedro Humberto López. El primero, profesor destacado de autores locales; el segundo, estudiante de la Maestría en Letras de Jalisco. Ahí, en el templo Expiatorio, bajo la luz vespertina que cuajaba los vitrales, los acordes del Réquiem sacudieron el alma.

El hombre aquel, generoso, siempre dispuesto a charlar, con aquella cultura interminable, ya no estaría más entre nosotros. Y es que, ha escrito, vivir es “precipitarse como un fantasma incandescente,/ tan lentamente como un grumo desciende por el agua [...]// mientras Dios en la sombra contempla fascinado”. El grumo de Ernesto Flores ha descendido hasta la base del recipiente y ahí ahora descansa en la sombra benéfica.

Sus palabras continúan aquí. Palabras que en su seno nos entregan la luz de la esperanza en el amor logrado y sostenido a pesar de la muerte y de la sombra: “La amada y el amante se desnudan/ y olvidan la ceniza en la mejilla./ Hoy eres mía, oscura, entre mis brazos/ aspírame en el último segundo”.