Acentos

Todo lo que era sólido (parte 2)

Amediados de los ochenta en España hubo mucho dinero en la política y en la vida cotidiana, no tanto como el que vendría después con la llegada de los fondos de la Comunidad Europea, pero la gente se enriquecía, recuerda Antonio Muñoz Molina en Todo lo que era sólido.

Es la España de moda en el mundo: la épica de la transición democrática les concede admiración internacional; la incipiente democracia supera el intento de golpe de Estado de Tejero; el país se abre camino a la Comunidad Económica Europea; el gobierno socialista gana el referendo para mantenerse en la OTAN, y las comunidades de Barcelona y Andalucía tienen en el horizonte los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, respectivamente.

Es también la época del despilfarro: muchos españoles de los sectores privado y público cambian de indumentaria y de fortuna; fue una época “en que antiguos adeptos a las catacumbas de la clandestinidad se aficionaron a los reservados de los restaurantes de lujo y los cristales blancos de la cocaína”.

España avanza pese a todo. “Había un país real —escribe Muñoz Molina—, más bien austero, habitado por gente dedicada a trabajar lo mejor que podía, a cuidar enfermos, a cuidar niños y educarlos, a construir casas sólidas, a perseguir delincuentes, a juzgar delitos, a investigar en laboratorios, a cultivar la tierra, a ordenar libros en la biblioteca, a ganar dinero ideando o vendiendo bienes necesarios”.

No obstante, “por encima de ese país y mucho más visible estuvo muy pronto el otro país de los simulacros y los espejismos…”, el de las exposiciones universales, de las fiestas sin límite, de las obras suntuarias que sirven al político para halagar al ciudadano ignorante, en medio de una propaganda que a través de la televisión se exalta la “más baja vulgaridad transmutada en orgullo colectivo”.

Ésta es otra demostración de la aguda mirada crítica de Muñoz Molina a la realidad de su país. En la reciente narrativa española no se encuentra una reflexión analítica que identifique con tanta claridad y perspicacia las causas profundas del deterioro económico, político, social y cultural de España.

Eso obliga a hablar de lo vivido: “Como todo se olvida tan rápido los que no somos jóvenes tenemos la obligación de atestiguar lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que ha permanecido en nuestra memoria”.

De esto se encarga muy bien en este libro: nos evita olvidar lo que fue una dictadura y la falta de libertad de entonces; recupera las posturas de los diversos actores sociales y políticos en aquella época y en ésta, y recuerda por lo que lucharon y dejaron de luchar; logra que el lector enriquezca la visión de la historia reciente de España, de su presente, pero también lo pone en condiciones de analizar y juzgar otras realidades semejantes, donde las sociedades son engañadas o se dejan engañar por políticos o empresarios vivales, tontos o mediocres.

Más que eso: Muñoz Molina recrea el deterioro material y moral de la gente; en la anécdota, aun cuando se humedece en el vitriolo que hiere, nos revela lo mismo la mediocridad innata de algunos presidentes del gobierno español, que el ridículo de los gobernantes de algunas comunidades autónomas estableciendo embajadas en varios países del mundo, llevando el autoengaño a la torpeza del paleto.

Una narración implacable contra la necedad nacionalista, contra la indolencia y la estupidez de los políticos y de los intelectuales que callaron ante el gamberrismo de los jóvenes en las calles de las ciudades y ante la violencia de los jóvenes etarras que los fines de semana, como intifada celebratoria en el país vasco, quemaban cajeros automáticos y autobuses del servicio público. Una impunidad insultante y perniciosa que llevó a Fernando Savater a decir que “el país vasco era el único lugar del mundo en el que existía el derecho no solo a disfrutar magníficos autobuses de transporte urbano, sino además quemarlos”.

Como hombre de izquierda, a Muñoz Molina le resulta deplorable el dogmatismo y el sectarismo partidista. Pone a los políticos de izquierda en el banquillo al verlos abdicar su laicismo en las peregrinaciones religiosas y en las reverencias serviles a la Iglesia católica, peor que cualquiera de los políticos de la derecha española.

En este proceso de transición, la izquierda se apega al narcisismo y a la mitología, pasa de las consignas ideológicas a los eslóganes de la publicidad electoral. Cae en la rigidez corporativa y en el sectarismo y cierra las puertas a la participación de la sociedad civil.

En medio de la crisis, se hace corresponsable, esa izquierda, de los males más graves que sufre la democracia española.

De raíces tiernas aún, ésta requiere ser practicada para consolidarse. Pero los políticos españoles, en efecto, a lo largo de estos 30 años de democracia, no han predicado con el ejemplo. Al contrario, dice Muñoz Molina: “Han predicado la greña, la violencia verbal, la irresponsabilidad personal y colectiva, el halago, la intransigencia, la palabrería embustera, la falta de rigor, la indulgencia hacia el robo, el victimismo, el narcisismo, la paletería satisfecha, el odio, la grosería populista , el desprecio a las leyes”.

Lo que se creía que era sólido, no lo era.

jorge.medina@milenio.com