Acentos

Todo lo que era sólido (parte 3 y última)

El español temible/ que acecha lo cimero/ con la piedra en la mano: Luis Cernuda

Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013), de Antonio Muñoz Molina, destaca el coraje moral de un gran narrador, que en el fragor de su brillante carrera literaria se ha ocupado en escribir un ensayo que constituye un esclarecedor y original testimonio de estas décadas cruciales de la historia de la España contemporánea.

Al valor literario que el libro presupone, por estar escrito por uno de los grandes creadores españoles del presente, hay que añadirle la generosidad del compromiso con su país, con la gente común y corriente, con sus compatriotas de todas las regiones de España, y algo aún tan importante como lo anterior: su manifiesta lealtad a la ética de verdad, a la que en este oficio no se recurre con frecuencia o se suele llegar con cautela.

Las sociedades necesitan que haya quienes escriban de esta manera. Escritores que al mismo tiempo se conviertan en sociólogos, en economistas, en físicos, en antropólogos y que sus elaboraciones se conviertan en crónicas que permitan diagnosticar una realidad con tantas complejidades, como las de la sociedad española.

Solo una mente perspicaz e implicada real y sinceramente con su país, como la de Muñoz Molina, es capaz de ver los rasgos característicos de una enfermedad que va derruyendo la anatomía moral de la sociedad. Al admirarse de todo el pillaje cometido por alcaldes y empresarios bribones, exhausto de investigar en los archivos del diario El País durante horas, concluía que esas muestras que encontraba eran apenas una parte de la epidemia que había llevado a España a la bancarrota. Abusos sin castigo, pactos de silencio para que eso ocurriera, escribe con evidente pesar.

Al recoger las señales aparentemente triviales, pero comprobadamente más representativas del armado inescrupuloso de la descomposición de unas élites políticas y económicas depredadoras, uno puede observar que en Muñoz Molina no hay rendición alguna ante la modernidad intolerante que arrastra las reminiscencias del régimen franquista.

Escribe: “En los años de más obsesión por la memoria histórica se estaba lobotomizando la memoria visual de los paisajes españoles, la más frágil de todas, la memoria no de los monumentos aislados sino de la arquitectura popular, la prosa de la vida, la herencia de siglos de adaptación sabia y obstinada a las condiciones casi siempre ingratas, la continuidad orgánica entre los paisajes naturales, la agricultura, la edificación, esa belleza austera que uno solía encontrar casi en cualquier sitio de España, y que no tendría por qué haber sido incompatible ni con el desarrollo ni con el derecho de las personas a mejorar las condiciones de sus vidas” (p. 161).

Pero la depredación del ambiente y de la biodiversidad de esa memoria visual extirpada por la fuerza, por los parásitos modernizadores de la transición, creadores de una prosperidad ficticia, tienen su plataforma de lanzamiento en una clase política que no aprende, que aun hoy, con la crisis colosal de su estricta responsabilidad, no renuncia a sus privilegios ni a rendirle honores y fiestas a vírgenes y a mártires, eso sí, reduciendo el gasto público a la educación y a las pensiones de los trabajadores.

Todo ese estado de bienestar y la democracia que con tanto esfuerzo se construyó es lo que está en riesgo. Está comprobado que ninguna historia se repite y no tiene por qué repetirse la guerra de 1936. A eso no se está condenado. Pero para ello hay que reconocerse como el verdadero país que son. En los estándares de Europa, España es un país empobrecido, endeudado, en riesgo de perder todo lo que ganaron en estos años de la transición. Es tiempo de que se entienda que se deben defender con mayor vigor, ante la codicia del interés privado, derechos irrenunciables como la educación, la salud y la seguridad jurídica que amparan las libertades.

Escribiendo sin cesar en los últimos días de agosto de 2012, Muñoz Molina ve llegar el amanecer pensando, obsesionado con lo que sucede. Lo que era sólido se está disolviendo en el aire. Advierte la necesidad de discutir abiertamente, rigurosamente, sin miedo; la clase política tiene que ahorrarse la confrontación que ha sido la costumbre de estos treinta y cuatro años de transición. Hay mucho que preservar. La memoria, entre otras cosas. Aprender del pasado.

“La pedrería verbal” es un contrasentido. El simulacro, los animales y Sansón en el templo como en el Retablo de las maravillas, no existen. Ya nadie puede aceptar el engaño. Para empezar una clase política que ha medrado con la simulación y que ha sumido al país “en el hábito de la discordia, cargado de deudas, con una administración hipertrofiada y politizada, sin el pulso cívico necesario para emprender grandes proyectos comunes”.

Al final, pese a sus visiones tristes, descarnadas e incisivas del pillaje y el expolio de que ha sido objeto el país, Todo lo que era sólido, de Antonio Muñoz Molina, es un libro optimista: diría que es un canto de optimismo al futuro, a la fe que se debe tener en aquellos que hoy están decididos a hacer todo lo que está de su parte para que no se pierda lo que tanto ha costado construir y que están dispuestos a alentar y adiestrar a sus hijos para que lo defiendan.

jorge.medina@milenio.com