Acentos

Todo lo que era sólido (Parte 1)

Como muchos de los que estudiamos en España, acumulé un sincero aprecio por este país. Me ha interesado siempre lo que sucede en él.

Por supuesto me impactó la crisis económica reciente, que lo tiene en la bancarrota, pero más me llaman la atención las causas del estremecimiento del subsuelo político y moral que separaron las junturas de la cohesión social, tal como las analiza el escritor Antonio Muñoz Molina en Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013).

Solo algunos advirtieron lo que desde hace años se gestaba en las estructuras económicas, sociales y políticas de España (esa excepción es un ensayo del economista Alfredo Arahuetes, publicado en Campus de MILENIO, No. 400, 2011).

Con agudeza, escribe y señala Muñoz Molina que “entre todos los errores de la Transición española que se aireaban tan acusadoramente cuando aún nos estaba permitido el lujo de la obsesión por el pasado, uno de los más graves no lo ha mencionado casi nadie: la incapacidad de crear una administración pública profesional, solvente, atractiva como oportunidad de trabajo y progreso personal, austera, ajena a la política y a los vaivenes electorales, escrupulosamente sujeta a la ley”.

De ahí se entiende que proviene un desajuste moral. En los gobiernos autónomos se gesta una casta de burócratas de los partidos que se autoimpone salarios nunca vistos. Se estimula el lado festivo de la España arcaica y los festejos religiosos y las fiestas que eran de tres días se convierten en jolgorios de semanas enteras.

Los políticos dan lugar a una administración clientelar que no solo fomenta la incompetencia y la corrupción: también desalienta a los empleados más capaces y vuelve habitual el cinismo, escribe Muñoz Molina. De ahí a la corrupción delirante hay un paso.

“Nada es tan sólido que no pueda desvanecerse mañana mismo en el aire”, escribe después de reconocer que él mismo ignoraba o era escasamente consciente del expolio del que había sido objeto España en los últimos años.

Aquel fenómeno, dice Muñoz Molina en este espléndido ensayo-testimonio, “lo percibíamos como un ruido de fondo, que además podía tener manifestaciones anecdóticas, de esperpento español, de programa grosero de televisión, como una desvergüenza como la de Berlusconi: los constructores ordinarios se forraban, los ricachones en remojo en una piscina de Marbella, exhibiendo cadenas de oro en el pecho peludo”.

En la sevicia cínica en remojo del constructor, en aquella piscina que puede ser de Marbella o de Ibiza, es seguro que ha colaborado un político. En su investigación sobre los años de tantos escándalos en los archivos de El País, el escritor descubre que el político puede ser un alcalde o un concejal del ayuntamiento (de izquierda o de derecha), amigo o pariente del constructor. Eso es todo lo que necesita para armar el círculo de la corrupción.

“Los diez casos de corrupción política más sonados de 2006 han llevado a los calabozos a media docena de alcaldes y a una treintena de concejales”, pero esto son, escribe, apenas algunos de los síntomas de la enfermedad y no la amplitud devastadora de la epidemia.

Los casos de inmundicia, producto de la corrupción inaudita que floreció en toda España, no solo depredaron el recurso público que llevó al país a la bancarrota económica y moral, sino que dañaron de manera irreparable los paisajes naturales de zonas importantes del territorio del país, donde por igual se construían miles de viviendas y decenas de campos de golf. “Nada fue respetable. Nada quedaba a salvo del pillaje, ni siquiera esos ecosistemas tan singulares que han sido protegidos expresamente por las leyes”.

Su esposa, la escritora Elvira Lindo, le cuenta el “sarcasmo agresivo” con el que un funcionario aragonés le respondió al cuestionamiento de
un proyecto de casinos en el desierto de los Monegros, en el valle del Ebro de Aragón, cuya construcción se discutía en 2006: “¿Qué pasaba, que era ella otra sentimental de los pasajes rurales? ¿Una de esas personas cursis que quieren que los pueblos sigan siendo nada
más que postalitas?”.

La actitud de este funcionario arrogante y desalmado corresponde a lo que llama Muñoz Molina“El grado máximo de vileza ética y estética”. Pero también es la soberbia, la cual corresponde a unos modales que muchos españoles fueron adoptando desde la primera etapa de la Transición. Amigos americanos del escritor que ven la degradación del país se lo comentan: “Nos han visto volvernos ricos, gritones y groseros”.

Con una estulticia aún mayor e imperdonable, el presidente José Luis Rodríguez Zapatero hizo público que estaban en términos económicos en la Champions League de los países de Europa, con lo cual en unos pocos años superarían a Italia, Francia y Alemania, en ese orden. Igual la desmesura de Aznar, que se creyó invitado a la mesa de los grandes poderes durante la guerra de Irak y resultó un simple comparsa.

El libro de Muñoz Molina no solo es un testimonio inteligente y sincero de la visión real de España en Europa y en el mundo. Es un libro extraordinariamente escrito. Pero es también una lección de ética y de política y de defensa indeclinable de las virtudes ciudadanas. Y un espejo donde podemos observar nuestra propia realidad.

jorge.medina@milenio.com