Acentos

Otros orígenes del discurso de LDC

Santiago Oñate Laborde era secretario de Asuntos Internacionales del PRI y representante de este partido ante el IFE durante la campaña de Luis Donaldo Colosio.

Poco tiempo atrás habían sido compañeros en la misma legislatura federal y los unía una genuina relación política. Juntos, en aquella legislatura, simpatizaron con legisladores de la izquierda con los que hicieron amistad. Colosio siempre supo escuchar y dialogar.

Oñate viajó con Luis Donaldo a Alemania en pleno proceso de transición hacia la reunificación de ese país. En aquel viaje las conversaciones entre Colosio, Oñate y Luis F. Aguilar eran iluminadoras, divertidas y llenas de perspicaz irreverencia. En el tren, durante un tramo de la ruta junto al Rin, en las reuniones preparatorias para los encuentros con los líderes de las dos alemanias en plena reunificación, en las tertulias en las tardes en los lobbies de los hoteles o en algunas de las cenas, eran cátedras de historia, de ciencia política, de derecho.

Se observaba que la cercanía entre Colosio y Oñate estaba fortalecida por la confianza mutua. La integridad moral y política, y el talento excepcional de Oñate borraban cualquier sombra de  duda en el extraordinario ser humano que era Colosio.

No me equivoco si digo que pese a las formaciones intelectuales tan diferentes, las de ellos eran vidas paralelas, compartían visiones, utopías, aspiraciones, esperanzas. Aquella breve travesía ocurrió en la primavera de 1990.

Tres años después Luis Donaldo fue candidato a la Presidencia de la República. Había sido presidente del PRI y secretario de Sedesol.

En esa etapa, desde la campaña de 1988, había recorrido el país de punta a punta. Se propuso ser presidente de la República cuando entendió que era posible.

En esa andadura preliminar, Luis Donaldo conoció de cerca las entrañas del poder, vio sus contradicciones, se alertó de sus vicios, pero antes que nada vio las fatigas y la desesperación de gran número de pobladores del país ante la injusticia y la desigualdad social, circunstancias que lo hicieron entender mejor la realidad y lo llevaron a ser capaz de hacer de aquellas manchas de pobreza la razón de su indignación y de su compromiso, y a aceptar que el ropaje de las cifras que se manejaban  desde el gobierno ocultaba esa realidad que él mismo fue descubriendo en sus visitas a todos los estados de la República.

La multiforme contrariedad política que provocaron el conflicto de Chiapas y el papel de Manuel Camacho como figura siniestra en la campaña fue el principal tema de su efímera campaña antes de morir. Oñate, con toda su claridad de pensamiento, como un dato objetivo de los temas que él compartía con Luis Donaldo en aquel periodo de noviembre de 1993 a marzo de 1994, le dijo al fiscal que investigaba su muerte: “En cuanto al comisionado para los asuntos de Chiapas, los comentarios giraban (entre él y Colosio) tanto en torno a la manera sistemática en la que el actuar del señor Camacho Solís incidía sobre la opinión pública generando expectativas de una sustitución de candidaturas y sobre el mismo acontecimiento de Chiapas”.

Esto es parte del contexto que precedió a su muerte el 23 de marzo y al discurso del 6 de marzo en el Monumento a la Revolución, el cual se ha buscado reducir a un texto de mera coyuntura, rutinario del deslinde “del que va a llegar sobre el que se va”, y que ocurría en cualquier campaña del viejo PRI.

No fue así. El discurso del 6 de marzo no tiene más autor que el propio Luis Donaldo Colosio, resultado, sin duda, de la suma de la experiencia
y de una formación acumulada al lado de mucha gente, personas como las que ya otros han referido y también intelectuales como el propio Oñate, Aguilar Villanueva y Cesáreo Morales, entre otros.

Pero nada influyó tanto en el espíritu del discurso como su contacto con la realidad, sus propias deducciones políticas y su propia sensibilidad ante los problemas del país.

O sea, ni fue el fruto intelectual de un pequeño grupo de iniciados —cuyo discurso fue leído por Colosio como un “alumno aplicado”— ni fue tampoco un texto que buscaba cumplir con las expectativas del presidente.

Claro que muchas manos maquilaron el texto, pero su contenido, las orientaciones y sus compromisos son del propio Luis Donaldo.

Solo él podía decir: “Yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada, de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla.”

Solo él podía decir: “Hoy, ante el priismo de México, ante los mexicanos, expreso mi compromiso de reformar el poder para democratizarlo y para acabar con cualquier vestigio de autoritarismo”.

O sea, fue el discurso de un político que había llegado a su punto de inflexión, al momento en que iniciaba por sí mismo su propia andadura, sin necesidad de las muletas del presidente, demostrando que era capaz de batir política e ideológicamente a esta punta de fariseos y tránsfugas de la política, encabezados por Manuel Camacho Solís.

jorge.medina@milenio.com