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Las niñas de Nigeria y los derechos humanos

Abubakar Shekau, el líder musulmán nigeriano de la organización terrorista Boko Haram —que significa “la educación occidental es pecado”—, tiene como una de sus banderas convocar a niñas y adolescentes a dejar la escuela y casarse. El pasado 14 de abril, en una violenta incursión a la población de Chibok, en Nigeria, secuestró a más de 200 adolescentes y ha amenazado con venderlas como esclavas, o para que contraigan matrimonio, por la cantidad de 12 dólares cada una. Y en una demostración de impunidad, hace apenas unos días raptó a otras 11 en la misma región de aquel país.

El video, difundido en todas partes, donde Shekau proclama de forma cínica ser el responsable de la acción en Chibok y de sus intenciones nos hace más conscientes de lo deleznable de los radicalismos religiosos, pero también de la necesidad que tenemos de un universalismo ético que nos una como humanidad.

El Twitter de Michelle Obama con la fotografía donde porta un cartel con el mensaje “Bring back our girls”, así como las manifestaciones de solidaridad de otras figuras famosas y varios gobiernos, sintetizando la indignación mundial por la acción terrorista, no solo vuelve cercano a los habitantes del planeta este terrible drama, sino que indica, ciertamente, lo lejos que estamos todos de ese universalismo ético y de que los derechos humanos estén plenamente garantizados.

La sustracción de la libertad y la dignidad de las personas es una de las acciones de barbarie más brutales y dolorosas de cuantas se cometen en este mundo día a día. En el caso de las muchachas nigerianas, existe el monstruoso ingrediente de la violación, lo cual hace más vejatoria la acción terrorista de Boko Haram y su líder sanguinario, involucrado en acciones que han producido cerca de cuatro mil muertes.

Adversos en lo esencial a la tolerancia y el diálogo, los fanatismos han escrito con las letras de las armas y la violencia episodios dolorosos, opuestos a las formas civilizadas de convivencia.

En cada país o en cada continente, se tienen culturas distintas, y entonces la ética, el sistema moral de cada uno, puede ser diferente. Lo que no es correcto en un país lo es en el otro. Lo bueno en un país es malo en otro. Y eso debe respetarse. Es lo que se acepta como el relativismo cultural, que vuelve difícil que nos encontremos con una ética pisando fuerte en toda la faz del mundo.

Pero que lleguemos al punto de que, en nombre de esas creencias y tradiciones históricas o culturales, una comunidad religiosa o dueña de una ideología política pase por encima de la libertad o la dignidad de las personas pone en predicamento todo aquello que debe ser el andamiaje de la convivencia entre las naciones, entre los grupos y comunidades, entre los propios seres humanos.

En ningún momento, ni mínimamente, se puede justificar un hecho degradante como el que cometen estos grupos fundamentalistas. Otra vez: una apasionada forma religiosa de ver el mundo no da el derecho de agredir, secuestrar o incluso quitar la vida a quienes piensan distinto. Y esto es lo que creen los grupos terroristas. Su religión, desvarían, les obliga a matar.

La razón de estos nuevos radicalismos y fanatismos, su actitud violenta, puede, como ha escrito Claudio Magris, provenir de una reacción “exasperada” ante la amenaza de una globalización a la que, en lugar del enriquecimiento cultural que provoca, esa comunidad le atribuye lo contrapuesto, que es una supuesta pérdida de identidad, al ver venir los valores o estilos de vida de otras culturas.

En este cuadro, ni los gobiernos ni los individuos podemos eludir la responsabilidad de elevar una protesta ante  actos como el que están sufriendo las niñas de Nigeria, ni podemos olvidar que la libertad y la dignidad humana viven bajo permanente acoso.

En esta circunstancia, de eso se trata: de un acto criminal y violento que toma como coartada los dogmas de la religión musulmana desde una visión radical.

Asimismo, debemos darnos cuenta de que tales atentados contra la tolerancia y la libertad se viven igual en casi todos los países, pero de distintas formas; las violaciones a los derechos humanos, las manifestaciones de racismo, por ejemplo, irrumpen tanto  en las universidades big league de Estados Unidos como en los estadios de futbol de Pachuca, Londres o Madrid.

Ante ello, es necesario elevar la indignación al nivel más alto de solidaridad, consistente en el compromiso de alcanzar el universalismo ético que aplaque las distorsiones de ese relativismo cultural, y que sabemos que ha de producir infinidad de víctimas.

En nuestras sociedades liberales, escribe Magris, “la supremacía del individuo presupone el principio de igualdad en la dignidad e igualdad de derechos de todos los hombres y presupone por ende la recíproca tolerancia de las diversidades y el diálogo entre las culturas, entre sistemas de valores, a veces, incluso contrastantes”.

Y es aquí donde muchos advierten que la fuerza del laicismo y el derecho pueden constituir las bases para contener el dogma que lleva a la violencia y a la violencia misma.

jorge.medina@milenio.com