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El 5 de mayo, la historia y las Chivas del Guadalajara

La idea vino del norte, pero la gestaron aquí. Hace poco más de tres décadas, el periodista Alan Riding publicó un texto en Estados Unidos en el que hablaba críticamente —y con cierto desdén— de la sujeción de los mexicanos al pasado.

Había venido a México como corresponsal de The New York Times y tuvo la oportunidad de adentrarse en un país que creyó ver, en lo cultural, en su arquitectura y en sus hábitos cotidianos, obsesivamente apegado a su historia.

Riding se preguntaba: “¿Cómo puede un pueblo que saborea el pasado hasta la intoxicación entender a otro que constantemente mira al futuro?”.

Claro, según el reportero, el pueblo sumergido en el ayer éramos nosotros, los mexicanos, y los visionarios del futuro, los estadunidenses.

El libro Vecinos distantes en que se convirtió aquel reportaje, cuyo adelanto publicó en la revista Town and Country, recibió en aquellos años las respuestas de los analistas e historiadores más allegados al régimen, quienes se apoyaron en un nacionalismo —cuyas raíces están justamente en ese pasado referido por el periodista— que, aun cuando ya empezaba a perder fuelle en una sociedad mexicana cada vez más moderna, era una de las fuentes de legitimación del Estado de la Revolución.

Esta crítica al atesoramiento del pasado tuvo otras expresiones: intelectuales, académicos, historiadores, e inclusive políticos con una cultura más crítica y cosmopolita reunieron evidencias para cuestionar la historia oficial, para desmontar aquello que le servía al régimen para permanecer en el poder.

Esta nueva mirada crítica —o de plano de intencional menosprecio para algunos pasajes de la historia— acompañó a la modernización y a la secularización de la sociedad, lo que fue provocando, gradualmente, la desmitificación de ese pasado y, en consecuencia, la deslegitimación del régimen.

Es verdad que para su discurso oficial, el PRI ató a su propia declaración de principios los principales momentos de la nación: la Independencia, la Reforma y la Revolución, en una hipérbole,  se representaban en el presidente en turno. O sea, mientras los gobiernos del PRI tuvieran en la sociedad esos soportes de legitimación seguirían en el poder hasta la eternidad. Eso se acabó en el año 2000, cuando se pudo establecer una correlación entre las luchas por la democratización del país, los cambios económicos y las nuevas visiones críticas de la historia nacional.

Tan es así que durante el proceso se derrumbaron el mito del presidencialismo intocado, el Ejército perdió su aura de respetabilidad y aun creencias populares como la aparición de la virgen de Guadalupe a Juan Diego en el cerro del Tepeyac fueron abatidas por un país que estaba cambiando, en forma simultánea, sus estructuras políticas y sociales.

Contra esa modernización y secularización ha habido resistencias; lo vimos drásticamente en Chiapas, y  no hay
duda de que todo ello fue parte de un proceso derivado de los cambios relacionados con la globalización.

Pero también hay que decir que una cosa es hacer a un lado el lastre que nos impide desarrollarnos como país y otra es perder la memoria de aquello que no es solo tradición, sino punto de referencia de lo que somos.

La exigencia de que saliéramos de las sombras de nuestro pasado se fue a los extremos: la miniaturización del episodio de los Niños Héroes hasta casi desaparecerlos del calendario cívico, las mediocres celebraciones del Centenario en 2010, el menor fervor por las fiestas patrias, más Halloween que altares de muertos con olor a cempasúchil e inclusive el equipo mexicanísimo como el de las Chivas del Guadalajara ha sido desheredado de su aura de prestigio.

Todo ello es expresión de un proceso cultural regresivo en el que está creciendo el abandono del conocimiento de nuestro pasado y de lo que éste representa.

A nadie nos gusta vivir en el martirologio que significa el recuerdo de la conquista española o de las más de 200 invasiones de Estados Unidos a nuestro  territorio y menos del despojo de la mitad de nuestro territorio; tampoco de la invasión francesa y de las traiciones de Miramón o de Santa Anna.

Pero la grandeza de Hidalgo, de Morelos, de Juárez, de Melchor Ocampo, de Guillermo Prieto, de Madero, de Villa, de Zapata no puede ser olvidada. Mucho menos los hechos por los que alcanzaron esa grandeza.

¿Alguien tiene derecho a enviar al cajón del olvido la heroica victoria de los soldados de Ignacio Zaragoza contra el ejército más poderoso del mundo aquel 5 de mayo de 1862? ¿Se puede ignorar que mexicanos resentidos quisieron convertirla en derrota de los nuestros y en victorias de los franceses?

Cuando la victoria nacional se consumó en 1867, Juárez la calificó de “la segunda independencia”.

Hace unos días, la historiadora Patricia Galeana reveló que nuestros jóvenes reprueban más historia que matemáticas.

De nuestra devoción por el pasado, pasamos al otro extremo: a la desmemoria.

Y es una verdad empírica que un pueblo que se despoja de su pasado se despoja de su futuro.

jorge.medina@milenio.com