El hundimiento

No pasa un día en el que no tengamos ejemplos de las dificultades que se enfrentan en la lucha para acabar con la violencia, el crimen y la corrupción, o cuando intentamos fabricar alternativas para abrirnos un camino distinto hacia el futuro, con el propósito de dejar atrás las más variadas formas de nuestro subdesarrollo.

Con frecuencia fracasa la política, se rompen tejidos sociales, se debilitan nuestra identidad y las instituciones, los valores se rezagan.

Con todas las coartadas previsibles y ya ensayadas, el PRD se aleja de aquello que le vulnere una línea política e ideológica, aunque imprecisa y porosa, hecha a la medida de su pragmatismo; en el PAN, la quiebra moral es tan inmensa que es lamentable ver a ciertos sujetos vestidos con antifaces en sus reuniones y las curules de sus legisladores convertidas en garitas de peaje.

La descomposición de las instituciones en estados como Michoacán, Oaxaca, Guerrero, Veracruz, Sinaloa, Tamaulipas o Coahuila es la evidencia más estremecedora de la ineptitud de los gobiernos de los diferentes niveles y de todos los partidos, pero también no se puede negar que dicho deterioro está enlazado a la estrechez política de quienes desde el poder pusieron por delante sus intereses personales y políticos, dejando a la sociedad a expensas de la molicie y la delincuencia.

Es de consideración especial el caso de Michoacán, donde se dejaron crecer los problemas para afectar a los gobiernos y a los políticos rivales, sin considerar que abandonaban a la sociedad con una maldad semejante a la de Bastardos sin gloria.

De 1988 para acá, la democratización estuvo plagada de conflictos, de luchas de resistencia, de manifestaciones civiles, de explosiones violentas como la del EZLN, aun de acuerdos y de negociaciones, todos los cuales se hacían en nombre —no sabemos si en unos casos espuriamente— de la épica representativa de una historia aún vigente, cuyo punto de referencia fue el movimiento de 1968.

Este proceso, además, quedó marcado por asesinatos y magnicidios políticos; la guerra en sus distintas formas y en varias partes del país se hizo y deshizo de máscaras y capuchas. Desaparecieron, cambiaron o se deslavaron tradiciones y valores culturales en la política y en la sociedad.

Y si el país de la desigualdad que Alexander von Humboldt describió en su clásico "Ensayo político sobre el reino de la Nueva España" sigue siendo el México de hoy, se puede pensar que de esa deriva provienen varios de nuestros traumas: la violencia desbocada, el rencor social, el autoritarismo y las formas caciquiles y patrimonialistas, abonando en las raíces de la descomposición social que nos aqueja.

Pero nada es tan demostrativamente negativo y pernicioso en esta situación de crisis (no hay otra forma de llamarle) que el papel que desempeña la CNTE, no solo en la demolición de las instituciones democráticas y el estado de derecho, sino en la educación de los niños. En su papel de responsables de ofrecerles a los educandos una visión de la realidad, lo que les representan son beligerancia, odio, rechazo a lo que debe conservarse y que ha sido construido con el esfuerzo de generaciones; su irresponsabilidad pedagógica, que quiere ser justificada como modelo cívico, es el mayor de los fraudes que se cometen contra la niñez y contra la sociedad.

En uno de sus ensayos más celebrados, Hannah Arendt escribió: "Siempre que, en la política, la razón humana sensata fracasa o desiste del esfuerzo de dar respuestas, nos enfrentamos con una crisis; esta clase de razón es en realidad ese sentido común gracias al cual nosotros y nuestros cinco sentidos nos adecuamos a un único mundo común a todos y con cuya ayuda nos movemos en él. En la actualidad, la desaparición del sentido común es el signo más claro de la crisis de hoy. En cada crisis se destruye parte del mundo, algo que nos pertenece a todos. El fracaso del sentido común, como una varita mágica, apunta al lugar en que se produjo el hundimiento" (La crisis de la educación, p. 190).

Iluminados por esta idea, tal vez debamos empezar a pensar que, de llegar el momento de una crisis de graves proporciones en nuestro país, esa varita mágica podría llevarnos a estados como Oaxaca, Michoacán y a otros lugares donde la razón humana sensata ha fracasado.

¿Podemos negar que en alguno de estos estados no existe verdaderamente una crisis de gobernabilidad? ¿Alguien puede decir que la clase política no defeccionó ante su obligación de contener la corrupción y la barbarie? ¿Tenemos argumentos para rechazar que la política mexicana no sufrió, desde hace varios años, un fracaso estruendoso en la razón humana sensata, esa razón que es en realidad "el sentido común" y de la cual es fruto la CNTE?

No habrá tierra fértil para edificar en la República una cultura democrática donde prevalezca la paz social, no habrá desarrollo ni prosperidad ni mucho menos equidad, mientras la educación siga estando secuestrada por los intolerantes y los violentos.

jorge.medina@milenio.com