Acentos

El futuro de la izquierda

El pensamiento de izquierda es mucho más amplio y manifiesto en la ideología de los mexicanos que la capacidad de las organizaciones para representarlo y hacerlo efectivo en la vida pública.

El hecho de que el Partido de la Revolución Democrática (PRD), el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), el Partido del Trabajo (PT), el Movimiento Ciudadano y un buen número de partidos locales que se asumen de izquierda no hayan logrado recoger y convertir en políticas públicas las aspiraciones de grandes  segmentos de la sociedad, necesitados de más justicia y bienestar, no refleja solo las limitaciones de estos partidos, sino la convergencia de diversos factores que han imposibilitado que tomen el poder en México para que todo eso sea posible.

Uno de esos factores —polémico y complejo, como se podrá deducir— es la confusión que provoca la propia definición de “izquierda”, a partir del enorme embrollo que provoca la necesidad de deslindarse de la “derecha” en torno a valores que le son naturalmente suyos, como la libertad, la justicia o la igualdad y que ésta ahora también reivindica. A esa dificultad, con repercusiones en la opinión de los ciudadanos, hay que añadir otro efecto práctico contradictorio: las políticas indiferenciadas de partidos como el PRD, cuando en la contienda electoral lleva a cabo alianzas con sus adversarios ideológicos, que junto a la confusión que provocan son desmotivantes de sectores de la misma izquierda.

Desde el momento en que la izquierda abandona la vía de la violencia para conseguir el poder, ha enfrentado graves dificultades para establecer en sus organizaciones mecanismos democráticos propios de este sistema.

Las derrotas políticas en las últimas contiendas presidenciales, en especial la de 2006, y la más reciente en la reforma energética hicieron notar estas inconsistencias políticas y organizativas.

En la fase de construcción del PRD, era explicable la actitud de atenerse al fuerte liderazgo y carisma del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, pero a partir de su agotamiento en el año 2000, el contrariado trasiego de aquel liderazgo a Andrés Manuel López Obrador fue portador de un populismo radical de tintes mesiánicos y pulsiones antidemocráticas; los usos de este populismo radical hicieron explotar de manera más violenta los fraccionalismos y durante casi doce años, el PRD fue la organización de “un solo hombre”, éste apoyado por viejos intelectuales provenientes del PRI, con las deformaciones propias de un caciquismo intransigente y arrogante.

En cualquier caso, este caudillismo, que fue su debilidad (y su fortaleza: gracias al ingeniero Cárdenas el PRD gobierna la Ciudad de México desde hace más de tres lustros y López Obrador le dio a la izquierda la mayor votación de la historia), ya no existe.

Hoy, el PRD, el partido más importante de la izquierda, está en el centro de una fracturación que no ha cesado. Morena va por rumbo distinto y una de sus figuras, el ex regente Marcelo Ebrard, ha decidido crear su propia organización, diciendo prácticamente que este PRD no le sirve.

Lo mismo podrían decir los dirigentes del PRD si de objetividad beligerante se tratara, pero las rupturas, los distanciamientos y las luchas cainitas hacen más visible que la izquierda está rota y carente de liderazgos, y lo que es más grave: tiene un déficit de proyecto de futuro a partir del cual pueda hacer renacer la esperanza de una sociedad necesitada de una fuerza política capaz de evitar que la fuerza implacable del mercado haga sucumbir a los más débiles.

La izquierda no puede ofrecer como excusa el entorno mundial favorecedor del mercado o las alianzas pragmáticas que se han producido en la implantación del proyecto neoliberal. No se puede olvidar que los ultraneoliberales apuestan a que en el futuro, con la globalización y el desarrollo tecnológico, 20 por ciento podrá encontrar trabajo y 80 va a vivir en condiciones de precariedad. O sea, “según la futurología neoliberal, 20 por ciento será el que ‘dé pecho, amamante y entretenga’ al 80 restante”. (Raimon Obiols, Leviatán).

Esta ambición, expresiva del materialismo más totalitario, no es compartida ni siquiera por los liberales que tienen como horizonte el respeto a los derechos humanos y la búsqueda de la igualdad.

La izquierda no puede quedarse atrás ni dejar de oír a esas voces democráticas y liberales; no puede seguir asfixiada en sus viejas ideas, limitantes de la acción política que la lleve a conectar con el segmento de ciudadanos que piensan que es posible una sociedad más igualitaria.

Y si quiere situarse en el futuro como una opción viable, tendrá que elaborar un proyecto político e ideológico claro, que oxigene con vientos nuevos y limpios sus acciones y sus políticas, y deberá hacer suyos los valores democráticos, y como escribía Bobbio, “levantar la cabeza de las rencillas cotidianas y mirar más arriba y más lejos”.

jorge.medina@milenio.com