Acentos

Del ciudadano Woldenberg al ciudadano Córdova


La muerte inducida en plena juventud del Instituto Federal Electoral nos sirve para recordar lo difícil y complejo que ha sido construir la democracia en nuestro país.

Como en todo proceso social, convergen múltiples factores. Ha implicado a varias generaciones, personajes de la izquierda y de la derecha que se empeñaron en sembrar valores y principios democráticos en el entorno de un régimen semiautoritario.

Al recordar con amplitud y justeza el decisivo papel del recién fallecido Adolfo Suárez en la transición española, en aquel país buscan encontrar respuestas a la situación de marasmo y de carencia de un proyecto común de futuro que enfrenta el actual sistema democrático.

Es una debilidad de las sociedades actuales hacer caso omiso de la historia; algunos, los más radicales posmodernistas, tienden a destruirla, como si de esa manera satisficieran a un órdago llamado olvido, el cual solo sirve para depredar en nombre del progreso. La España democrática fue víctima de esa desmemoria y más vale que nos veamos en ese espejo desastroso: todas sus instituciones están en crisis, empezando por la Corona.

Los mexicanos no vivimos una dictadura como la española ni el régimen mexicano tuvo la brutalidad ni la ilegitimidad del franquismo, pero nuestra transición tampoco fue fácil. Fue una construcción social a la que no se le puede negar su propia complejidad y sus propios retos.

Se logró hacer una transición que nos permite tener competencias electorales más equitativas, cuya responsabilidad recae en los ciudadanos, gracias a una perseverante lucha cívica. Que el gobierno se desprendiera del control de los comicios no fue por gusto. Que los medios abrieran sus espacios a las opiniones políticas e ideológicas divergentes al gobierno no se forjó de la noche a la mañana.

O sea, el terreno político era sinuoso y pedregoso. El régimen priista perseguía y anulaba al contrincante. Por la buena o por la mala. Pero después de 1968, el país cambió. Una sociedad más informada y participativa dio pie al pluralismo político, el cual obligó a adecuaciones legales, en especial en la cuestión electoral. El país se ahogaba por la cerrazón del gobierno. Se necesitaban válvulas de escape para dar salida al creciente deseo ciudadano de participación política y a las expresiones de violencia guerrillera.

La primera reforma de este tipo fue la de 1977; ahí se abrió una rendija, pero eso, no hay que olvidarlo, fue fruto de las luchas populares, en especial de los movimientos universitarios, encabezados en su gran mayoría por la izquierda, reacia al principio a renunciar a sus métodos revolucionarios y, por lo mismo, refractarios a la lucha electoral.

La construcción de una cultura democrática en la izquierda tampoco fue sencilla. Su dogmatismo ideológico lo reforzaba el régimen con sus hábitos autoritarios; además, alimentaba la desconfianza con sus fraudes, con comicios en las que vencía de forma aplastante un solo partido, el PRI. Después de 1988, ya era imposible sostener una legalidad electoral como la que provocó la revuelta cardenista.

Las dos reformas electorales de 1994 y 1996, las cuales hicieron posible la ciudadanización y la autonomía del Instituto Federal Electoral, auguraban el fin del régimen priista.

En 1997, con un IFE íntegramente ciudadano, José Woldenberg Karakowsky fue nombrado consejero presidente. Siendo presidente del Instituto de la Transición Democrática, estudioso del sistema electoral, había sido electo consejero ciudadano en 1994. Venía de una larga militancia de izquierda, una intensa vida política estudiantil, sindical, intelectual y académica en la UNAM, y hasta una caída en prisión por su participación en la huelga universitaria de 1977.

O sea, el nuevo presidente del IFE era un ciudadano de izquierda, que en su momento, como muchos otros militantes, valoraron “las fórmulas democráticas del quehacer político, donde las elecciones juegan un papel central e insustituible”, y dejaron atrás el paradigma revolucionario.

La conversión democrática de Woldenberg no es única. Más quisiera decir aquí de esta franja de mexicanos que aprendió el “código del diálogo” y desechó el “código guerrero”, pero no hay espacio para ello.

Lo cierto que es Woldenberg asumió que la democracia requiere de  justicia electoral, y que ésta solo se consigue con la legalidad, con la conciliación y con la autonomía del IFE, haciendo a un lado sus propias preferencias políticas.

Él, Woldenberg, es quien conduce el proceso electoral que lleva a la alternancia. Supera presiones, parlamenta, negocia. El proceso es legal y legítimo. Impecable.

Catorce años después, por razones de sobra conocidos, el nuevo INE nace con un déficit de credibilidad. No demerita a Lorenzo Córdova, el consejero presidente, que se diga que pertenece a la escuela de Woldenberg.

Córdova Vianello posee una cultura política avanzada y está formado en la tolerancia y el diálogo. Es, además, hijo de Arnaldo Córdova, el reconocido intelectual mexicano de izquierda. Todo es cuestión de historia, de no olvidar.

jorge.medina@milenio.com