Acentos

“El cerebro de mi hermano”

No es fácil decir como Flaubert: “Uno no tiene que estar a la altura de su destino, es decir, impasible como él”. No, no es tan fácil. Muchos se creen invencibles ante el destino final. Los he oído decir que van a vencerlo. Se han equivocado sin remedio. Unos cuantos, excepcionalmente, tal vez porque el diagnóstico fue erróneo, a los que les pronosticaron una fecha próxima para llegar a él, vivieron más tiempo del que se les había fijado.

Pero es cierto que se necesita un espíritu especial como el de Chateaubriand para escribir que “es hora de que abandone un mundo que me abandona a mí y que no echo de menos”. ¿Quién no piensa hoy a los 70 años que ‘tiene mucho por hacer’?

En cualquier caso, creo que a casi todos, como escribió Rafael Pérez Gay, nos cuesta entender que la muerte es un hecho cruel que define la vida. Por ello, si no nos damos cuenta de que nuestros días en esta tierra están contados, “no hay lugar para el placer y la diversidad de cosas magníficas que hay en el camino a la tumba”.

Escribir viajando por las profundidades del alma, donde se encuentra el verdadero significado de la sinceridad o “el hueso duro de roer de la competencia o la envidia”, o cualquier otro sentimiento que revele nuestras virtudes o nuestras debilidades, requiere mucho más que el valor de hacerlo; exige un talento y una sensibilidad especial, capaces de combatir en las orillas del abismo con el texto inmediatista y estresante del periodismo,  para lograr la gran literatura.

Es el caso de Rafael Pérez Gay: su periodismo punzante y satírico, la crónica culta y perspicaz que ha venido practicando en los últimos años, le ha permitido consolidar la capacidad de mirar lejos literariamente, de probar, asido a lo cotidiano, las mieles virtuosas de una prosa enriquecida con los recursos para construir su propia identidad como escritor.

Tal vez yerre en mis apreciaciones, pero la vitalidad y la alegría de sus notas me remiten a los territorios de la elegancia irónica de Jorge Ibargüengoitia y a las zonas donde el ensayista que lleva dentro contemporiza con sus viejos quereres de la generación de intelectuales de la Reforma del siglo XIX.

No sé si haya influido la intención de enterrarlo para vivir en paz consigo mismo o por amor de la admiración a su hermano José María Pérez Gay o porque la ha escrito en el momento de su madurez como escritor, pero Rafael Pérez Gay ha confeccionado una obra ejemplar, diría de plano que tenemos frente a nosotros lo que se yergue como un pequeño clásico de la literatura mexicana. Eso es El cerebro de mi hermano, de Rafael Pérez Gay (Seix Barral, 2013).

Se trata de lo que él llama un “informe”. Eso quiso hacer, un recuento modesto de lo que fueron los últimos años, más bien momentos, de la vida de Chema Pérez Gay, el gran intelectual mexicano, el traductor de Walter Benjamin, Paul Celan, Hans Magnus Enzensberger, Elias Canetti y muchos más, cuya enfermedad dio pie a un proceso degenerativo que lo llevó a la muerte, trastornando dolorosamente a su familia y a sus amigos.

Del trabajo de Pérez Gay resultó un relato formidable, una crónica exigente de un temple especial; decía antes que escribir El cerebro de mi hermano fue un acto de valor. Pues sí: rendir tributo a su hermano el intelectual, el ensayista, el escritor, el traductor y, al mismo tiempo —y que no sea una contradicción—, criticar al ser humano o al político naïve (no lo dice Rafael, lo digo yo, por su devoción por Andrés Manuel López Obrador, quien le tuvo a su hermano una lealtad sincera y efectiva) es, por lo menos, una toma de conciencia de la devoción de una hermandad, forjada en una mutua actitud crítica.

“Mi cuna tiene algo de mi tumba; mi tumba algo de mi cuna”, dijo en el prefacio de sus memorias el mismo Chateaubriand. Por remotos que hayan sido sus destinos o que las historias de los hermanos Pérez Gay se hayan distanciado, en distintos momentos, a través de sus padres, de sus lecturas, de sus mismos gustos, pesares o recuerdos, regresaba el pasado común. Un pasado que, como lo descubrió Rafael, es tan invencible como la muerte.

En El cerebro de mi hermano, Pérez Gay no se olvida de recordarnos que ese futuro que tenemos predestinado, nos envía señales. Escribe: “Una noche de calor, mientras caminábamos por un andador de un resort del Marriot, sin tropezar con nada, Pepe se derrumbó como si hubiera recibido una descarga eléctrica, los lentes reventaron en el asfalto y se raspó el pómulo. Dejamos pasar el incidente rumbo al futuro, el lugar donde un día todo viene a ajustar cuentas. A Eugene O’Neill le gustaba decir que no hay presente ni futuro, solo el pasado que se repite. Quizá tuvo razón”.

jorge.medina@milenio.com