Acentos

Veinte años después

En la plenitud de su fuerza, cuando el delirio de grandeza se encuentra en su punto más alto, cada generación, en el logro de sus propósitos, se olvida de la cautela. La generación de Carlos Salinas en el poder llevó a cabo reformas económicas que hicieron pensar que México se encontraba en el preámbulo de convertirse en un país desarrollado. Privatizaron con audacia y sin moderación.

No se privatizó el petróleo porque la caldera del cardenismo hervía en todo el país. Fue, de cualquier modo y en muchos sentidos, una etapa de cambios importantes, de promesas y de ilusiones.

Pero el 1 de enero de 1994, al inicio del último año de su gobierno, calificado sabiamente por el politólogo Rafael Segovia como el año horribilis, se escuchó el rugido de la selva chiapaneca contra la modernización. Fue la resurrección-insurrección zapatista.

“Bienvenidos a la pesadilla”, la expresión acuñada por el subcomandante Marcos, preludió lo que sería el desmoronamiento de un proyecto político generacional pensado para perdurar en los años y décadas subsiguientes. Quienes los tripulaban, rebosantes de optimismo y natural arrogancia, se imaginaron como la generación de los socialistas españoles que durarían lo que Franco en el poder; pero ellos, los salinistas, hacían leer Las memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, al principio de su gobierno; y a Mao en los momentos finales (qué alguien explique por qué), antes de aquel 1 de enero, cuando aún no se oía a ningún niño-hombre del tambor en el estadio nacional.

Felipe González y varios de los miembros de su círculo cercano leían al calor de sus reelecciones La guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín. Este interés de González era una señal indiscutible de la admiración que le profesaban al sistema priista, descrito en sus patios interiores con gran vitalidad por Aguilar Camín.

Hay muchas cosas negativas que se pueden rescatar del sexenio de Salinas. Los asesinatos políticos (inculpado socialmente, aunque sin prueba fehaciente alguna), la tragicomedia de su huelga de hambre y el error de diciembre, son algunos ejemplos.

Sin embargo, nadie puede negar que la  modernización que puso en marcha era de gran calado. También es verdad que tal modernización, además de que tiene mucho que ver con la revuelta zapatista, se le puede atribuir sus efectos en el proceso de confusión e infantilización en que recayó de la izquierda acicateados por el zapatismo, y en el surgimiento de un liderazgo  populista y mesiánico como el de Andrés Manuel López Obrador.

Salinas comenzó en tromba su gobierno. En el primer año puso las señales de su actitud decidida con las detenciones de La Quina, Jonguitud, Zorrilla y Nassar Haro; con el Congreso a su favor, hizo las reformas. Como lo hizo y lo está haciendo el presidente Enrique Peña Nieto 20 años después, pero éste las consiguió con un Congreso dividido.

La más reciente reforma energética ha hecho que su gobierno esté siendo visto con entusiasmo y optimismo en los círculos de poder internacionales. El Sancta Sanctorum del periodismo económico, el Wall Street Journal, ya decretó que a consecuencia de “las audaces reformas del presidente”, México es, y no Brasil, el “país del futuro”.

De elogios de este tipo, supimos mucho en los años de prosperidad salinista. Lo mismo tenía el respeto de Margaret Thatcher que de Violeta Chamorro. George Bush padre fue su ferviente aliado. Por supuesto, los medios internacionales no se detenían en aplausos. Pero no debemos olvidar lo que pasó en un año. Ni soslayar lo que está pasando hoy.

En primer lugar, no olvidar las enseñanzas de la historia. La Revolución mexicana estalló cuando nadie lo pensaba. Nadie creía que habría una Primera Guerra Mundial, menos los ingleses para quien vendría una época de prosperidad y progreso económico; más recientemente, ¿Qué no dijeron los triunfadores de la disputa bipolar que con la caída del Muro de Berlín vendría una etapa de paz y libertad? ¿Y no vemos que donde más se han limitado las libertades es en los Estados Unidos? ¿Y lo que pasó con Salinas en 1994? ¿Y el desencanto con Fox y la alternancia?

No, no hay que desbordarnos en el optimismo por esta nueva etapa liminar mexicana. No es cosa de un “modelo mexicano de condición humana”, sino de un sistema mundial que ha demostrado que no tiene consideración alguna a las fronteras, ni mucho menos a los ciudadanos de las propias naciones.

Y sí: la condición humana de muchos gobernantes mexicanos, que han dado pruebas infinitas de debilidades, obliga a exigir modestia y moderación.

Hacer un buen gobierno como el de Adriano no es cuestión de reformas o de leyes. Es cuestión de voluntad y de poder, de entendimiento de la historia, de conocimiento del sufrimiento humano y del sentido de la vida, del cultivo de una serie de valores que lo atiendan, que lo eviten, que haga sobrevivir lo mejor de la sociedad en torno a su cultura y su historia, y que ayude a la construcción de una convivencia civilizada, bajo una ética de la beneficencia y la justicia.

Eso sí, el derecho al optimismo es tan respetable como el derecho a ser escéptico. Y ambos, lo admito, son intransferibles.

jorge.medina@milenio.com