Acentos

Sinaloa: los otros túneles

Joaquín El Chapo Guzmán salió de la casa de seguridad por uno de los túneles que dan al canal de Recursos, una de las derivaciones del río Humaya de Culiacán, por donde recorrió casi tres kilómetros, luego siguió otro medio kilómetro entre las alcantarillas para salir a las inmediaciones de las oficinas de Conagua.

De ahí, al parecer subió a un vehículo y partió rumbo a Mazatlán, cuyo final de la espectacular huida ya es conocido: se le detuvo en un modesto hotel de Mazatlán con una de sus parejas y con sus hijas gemelas de dos años. Y no huyó a la sierra con el propósito de verlas.

Un final para reverdecer el mito de Guzmán Loera, apegado a los referentes culturales que ha impuesto el narcotráfico. Este es el túnel sin salida de los sinaloenses —lo es también para los habitantes de varios estados del país.

Después de haber sido detenido, en los días posteriores los rumores  sostenían firmemente que no era él, que era otra persona y no el verdadero Chapo Guzmán. Quienes lo repetían aseguraban con esperanza y no con molestia o frustración, por supuesto.

Las razones por las cuales una considerable cantidad de gente de Sinaloa, sobre todo de Culiacán y Mazatlán, no ha recibido con beneplácito la detención de Guzmán Loera quieren justificarse por lo siguiente: el temor de que sus acérrimas bandas enemigas, con sus prácticas de extorsión, secuestro, etcétera, se apoderen de las plazas controladas por su grupo.

Apenas detenido y entrevistado por los agentes ministeriales, refiriéndose a Los templarios de Michoacán, expresó: “Son unos rateros mugrosos”. “Yo soy un narcotraficante. Yo no secuestro ni robo ni extorsiono ni nada de eso”.

Eso lo creen muchos sinaloenses. Es parte del mito popular que encarna su figura, a la que se le busca dibujar una suerte de bandolerismo social. Las áreas institucionales con las que puede haber colusión no rechazan esta versión. No hay ni capacidad ni recursos ni ética de la función pública, y de ahí la complicidad y el silencio. Y acto seguido, la afectación inevitable  de la cohesión moral de los sinaloenses. 

Ahora las cosas están tranquilas en Culiacán, pero hay un miedo latente, un miedo sobre el otro miedo. Piensan que más vale miedo conocido que miedo por conocer. Están convencidos de que las condiciones pueden cambiar sin el escudo que representan las fuerzas de los narcos, los poderes fácticos que han dominado Sinaloa durante décadas. Y, aunque todo esto fuera cierto, es el mundo al revés, ciertamente.

Para muchos la manifestación por la libertad y la no extradición del capo sinaloense les pareció indigno y hasta vergonzoso. A otros terminantemente no: les parece normal. Los manifestantes a favor de su libertad y en contra de su extradición son una muestra de los alcances profundos de la cultura del narcotráfico en la sociedad. No eran cientos, eran entre tres y cuatro mil bulliciosos manifestantes. O sea, pagados unos, pero los espontáneos eran jóvenes lúmpenes de las colonias populares, de las preparatorias, muchachas y muchachos que han caído en la subcultura del hedonismo, la frivolidad, la drogadicción y otras formas de vida en la que el consumo desdeña los valores del saber, el respeto a la legalidad, la convivencia civilizada.

Entre ellos, también se mezclaba gente simple, ignorante, esa que ya  ha sido absorbida durante años por el ambiente de la bronquedad vernácula de la que se sienten orgullosos algunos sectores de las élites sinaloenses, legendarios por su lenguaje procaz y elemental.

Escribió en su artículo para El Debate de Culiacán el periodista e intelectual sinaloense César Velázquez, que se puede entender que la gente pobre, los habitantes de los pueblos donde no llegan los frutos del bienestar, “reivindique una figura convertida en leyenda o mito, que ha desempeñado justamente el papel que corresponde a los gobiernos”. El alcalde de Badiraguato, Sinaloa, de donde es oriundo Guzmán Loera, no dudó en expresar abiertamente que no le daba gusto su arresto.

Pero cuando los jóvenes tienen como referente a figuras como las de los narcotraficantes, las señales no son buenas para la sociedad. Estos jóvenes no solo tendrán una vida corta, sino inútil, estéril; no solo vivirán en el placer efímero, sino entre la escoria de la droga y el libertinaje, y lo
peor de todo —de este fenómeno de  grave descomposición social— es el hecho de que malogran el futuro de un Sinaloa mejor y más grande de lo que es hoy.

Este es el oscuro túnel del que tienen que salir los sinaloenses para encontrar la luz de la libertad y transitar hacia una nueva cultura civilizada.

MARCHA POR LA DIGNIDAD

No asistieron autoridades, no fueron muchos, pero ahí estaban, ciudadanos conscientes y comprometidos con la legalidad y la paz que salieron a la calle a gritar “Menos corrupción, menos impunidad”, en lo que llamaron La  marcha de la dignidad, convocada ayer en Culiacán, en respuesta a la marcha por la liberación de Guzmán Loera. Escribió Dante: “Los lugares más ardientes del infierno están reservados para aquellos que en un periodo de crisis moral conservan su neutralidad”.

jorge.medina@milenio.com