Acentos

La Revolución ignorada

La Revolución mexicana, la primera gran revolución del siglo XX en el planeta, fue improvisadamente recordada por el gobierno y para algunos, una oportunidad para denigrar su memoria con comentarios críticos y burlescos, no exentos de una ignorancia proverbial.

Que un periódico de la ciudad dedique su cabeza principal a informar con estilo chocarrero de la cantidad de pasajeros que sufrieron el retraso de sus vuelos por las acrobacias de las aeronaves de la Fuerza Aérea Mexicana en el cielo de la Ciudad de México, con motivo del aniversario 103 de la Revolución, el pasado 20 de noviembre —como si las aerolíneas mexicanas fueran un dechado de puntualidad—, que varios medios electrónicos recurran a las abusivas y manoseadas formas periodísticas de entrevistar a mexicanos iletrados para revelar con escarnio lo que el medio quiere revelar de antemano, o sea, su ignorancia acerca de la historia de la Revolución y sus héroes, en realidad, uno y otro hecho, no tienen más motivo que la intención de borrar o desdeñar los vestigios políticos, culturales o históricos de la época hegemónica del PRI.

Estas acciones tienen una explicación que puede parecer plausible para unos y para otros no. La Revolución mexicana, como hecho histórico traducido a cuerpo ideológico y utilizado como un instrumento de control del poder político en México durante buena parte del siglo XX, comenzó su proceso de desgaste con los movimientos universitarios de los años sesenta, con el movimiento médico de mediados de la década y con el movimiento estudiantil de 1968.

Lo que ocurrió después, hasta el año 2000, fueron las consecuencias del declive del llamado régimen de la Revolución mexicana, el cual tuvo su momento determinante con la división y la descomposición de la élite dominante durante los gobiernos de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo.

Con ellos, desde el poder priista, comenzó una relación vergonzante con los valores de la Revolución mexicana. El contexto de la globalización, la victoria del capitalismo sobre los socialismos, la nueva hegemonía del mercado y la excusa de la modernización del país exigían desechar la historia revolucionaria, ocultarla, desprenderla de sus elementos subversivos. Los postulados nacionalistas, las banderas agraristas, la emancipación obrera, las posturas laicas y mucho más las anticlericales fueron abandonados como argumentos y, peor aún, como parte de las políticas públicas.

En nombre del pluralismo falso y una pura realpolitik, la Revolución mexicana dejó de ser la ideología del poder. Con el PAN durante doce años, la Revolución no fue ni siquiera una entelequia. Aturdidos con la derrota, navegando en la confusión ideológica, los priistas no supieron defenderla. La conmemoración del primer centenario se organizó para deshonrarla. Nada extraordinario, pero en las universidades —no del PRI, como debió de ser— se conocieron los tributos más dignos y rescatables.

Otra vez, en este 103 aniversario, se repitió el olímpico menosprecio. Historiadores que forjaron su carrera en el estudio de la Revolución mexicana la volvieron a desdeñar. Fue el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, quien anunció que no se llevaría a cabo el tradicional desfile del 20 de noviembre.

Finalmente, no ocurrió estrictamente así. De última hora el gobierno llevó a cabo un desfile militar conmemorativo. Patricia Galeana, la historiadora mexicana, fue la voz casi solitaria que recordó el significado de este acontecimiento para la historia nacional.

La ciudad vivió el festejo que tuvo su lucimiento en las alturas. El Zócalo revivió con la gente asistiendo a ver la marcha de los pelotones del Ejército y la Marina. El presidente Peña Nieto recobró en su discurso a los líderes y estrategas de cada una de las fracciones de la Revolución, nombró uno a uno a los caudillos que hicieron posible la pacificación y la institucionalización del país a costa del sacrificio de varios de ellos mismos (“las revoluciones devoran a sus hijos”), en aquella década terrible que llamó Lorenzo Meyer del “equilibrio catastrófico”, la de los veinte.

Ni la Constitución vigente ni esa pacificación ni el pacto de élites que dio nacimiento al PNR y al proceso de construcción de las instituciones que formaron el nuevo Estado mexicano hubiesen sido posibles sin ese antecedente que constituyó la Revolución mexicana, de la que Rod Aya ha escrito: “México experimentó una gran Revolución, cualquiera que sea el criterio para determinarla: transferencia real de poder a una clase, insurrección social, movilización de masas, una nueva ideología dominante, puramente la sangre derramada. (Entre uno o dos millones de muertos)”.

Y como dijo Theda Skocpol, “La Revolución mexicana dio a su patria la fuerza política necesaria para convertirse en una de las naciones industrializadas entre las naciones poscoloniales, y en el país de América Latina menos expuesto a asonadas militares”.

Cuando Henry Kissinger (recuerdo de nuevo esta anécdota) le preguntó a Chou En Lai qué pensaba de la Revolución francesa, en los días en que ésta cumplía  doscientos años, el mandatario chino respondió con sabiduría confuciana: “Es demasiado pronto para juzgarla”.

A 103 años de la Revolución mexicana es demasiado pronto para olvidarla, sobre todo si advertimos lo muy poco que hemos aprendido de ella.

jorge.medina@milenio.com