Acentos

Colosio: el fuego encendido

PRIMERO

El historiador y cronista Alfonso Taracena describió en una de sus columnas cotidianas en El Universal, a mediados de los años cincuenta, que en una tertulia política a la que había asistido por esos días se había discutido apasionadamente si Plutarco Elías Calles había planeado o no el asesinato de Álvaro Obregón, el cual ocurrió el 17 de julio de 1928. Habían pasado casi treinta años.

Este es el hecho: nadie libra de la sospecha ni de la condena popular a Plutarco Elías Calles, cuando en voz baja se comentaba que algo turbio se estaba gestando en los sótanos de un monasterio o en los pasadizos de Palacio o en los banquetes de los plutócratas o en las madrigueras de los sicarios contra el Caudillo de la Revolución. Cartas de advertencia premonitorias fueron enviadas al sacrificado general sonorense.

Obregón desafió el peligro. Días antes de su partida a la Ciudad de México a su encuentro con la muerte, dijo en tono lóbrego al escuchar el aullido de los perros de su rancho El Náinari: “Quieren mi sangre”.

Por instinto, la víctima potencial se pone a la defensiva, despide ante la amenaza que se cierne en su contra la tinta protectora: se encierra en sí mismo. La piel y la entraña presienten el destino fatal que tienen marcado. Robert Kennedy vio el gesto “bastante sombrío” de su hermano John desde diez días antes de su muerte en Dallas. Ethel, la esposa de Robert, a quien el ex presidente siempre le contestaba el saludo sin importar las circunstancias, comentó que en esos días, tal como muchos lo notaron en Luis Donaldo Colosio en los días previos al 23 de marzo de 1994 en Lomas Taurinas, “miraba a través de ella (Ethel) sin verla”. La noche del 22 de marzo, en una cena en el Hotel Ejecutivo de Culiacán, Colosio veía sin mirar, oía sin escuchar.

En la lucha por el poder o por el dinero, nada es capaz de evitar las maldades del hombre. Colosio vivió torturado por la duda y la desconfianza desde el 1 de enero hasta el 23 de marzo.

No obstante, no creo, nunca he creído que Carlos Salinas de Gortari haya ordenado la muerte de Luis Donaldo Colosio. Que fue fruto de un complot, eso quién sabe. Los clavadistas en Mazatlán y los provocadores en el mitin de Culiacán en un lugar preferente del auditorio, el mismo 22 de marzo, tal vez eran los mismos y su intención era aviesa, las cartulinas con la frase “Camacho y el subcomandanteMarcos te vigilan”,  para que surgiera todo tipo de posibles culpables; los dos disparos en su cuerpo y, lo más importante, la perfección de la acción del homicida (o de los homicidas) son, entre muchos otros, elementos para  seguir dudando de la verdad jurídica del asesino solitario.

Otra cosa son las expresiones de pesadumbre de su esposa Diana Laura Riojas y las actitudes de los amigos íntimos de Colosio, que en los días posteriores al 23 de marzo, cuando tocábamos el tema, me hablaban al oído o subían el volumen de las bocinas en sus oficinas.

“Ellos matan”, me dijo otro con el miedo en la cara.

SEGUNDO

Carlos Salinas tiene fama de inteligente. Sus amigos (que son más que los dedos de sus manos) y colaboradores decían que habría sido capaz de alcanzar el Premio Nobel de Economía si no se hubiera dedicado a la política.

Pero entonces, su inteligencia se nubló: antes y después del asesinato. Hay que decirlo para que se recuerde que las pruebas de la inteligencia son las circunstancias que exigen ejercerla. El ex presidente no fue capaz de lidiar con las que enfrentó en este episodio; reveló inmadurez y narcisismo: fue muy superior a su sentimiento de amistad y lealtad política hacia Colosio, el prestigio de su presidencia.

Descarrilado y confundido por el levantamiento zapatista, sometió perversamente la campaña de Luis Donaldo a sus intereses personales. Dejó a Manuel Camacho, a quien le temía y le debía, que a su vez socavara mediáticamente la campaña de Luis Donaldo y, con la ayuda generosa y perversa de la prensa, se creara el ambiente propiciatorio para el atentado.

Las apariciones del comisionado de la paz en Chiapas producían tumultos de unos medios que se dejaban manipular por el ex regente, aunque dijera nimiedades.

TERCERO

Colosio yace en una tumba en Magdalena de Kino. Tendría 64 años y un tramo largo por vivir. Pero su figura se agiganta. A veinte años de su sacrificio, ni Camacho ha demostrado que era superior a él como político o como estratega ni Salinas ha logrado salir de su propio laberinto.

No se sabe si los sobrevivientes de este drama se salvarán del juicio de la historia o si superarán sus traumas.  Hoy se advierten los afanes de salir de sus propios abismos.

Quienes creyeron en Colosio, sus partidarios, quienes se reconocen en los fundamentos morales y políticos de su discurso del 6 de marzo, quienes recuerden sus proclamas en los pueblos y los villorios de México desde que fue presidente del partido tienen toda la razón si dicen que su pensamiento y su ejemplo siguen vigentes, que el futuro que él quiso para nuestro país está representado en sus palabras y en su ejemplo de moralidad irreprochable.

El fuego que Luis Donaldo Colosio encendió aún está vivo.

jorge.medina@milenio.com