Acentos

GABRIEL


Para una gran cantidad de latinoamericanos Gabriel García Márquez es el escritor que más han leído en su vida y al que más han querido. Ciertamente, nos ha tocado vivir en la época de un clásico de nuestra lengua, tal vez el más universal de la historia contemporánea.

Millones que compartimos su peregrinar vital, nos asemejamos ahora a los españoles que vivieron en la era de Miguel de Cervantes Saavedra.

A las generaciones de la segunda mitad del siglo XX —entre ellas a los rebeldes del 68— les aportó sueños e imaginación; les dio a certeza de que sus utopías encontraban en la literatura del Gabo la justificación de su irreverencia, donde el lenguaje, pródigo y desafiante de cualquier inteligencia marchita por el poder y el orden, era equivalente a sus sueños revolucionarios y al erotismo de su juventud.

Literariamente (y sociológicamente) a los latinoamericanos nos dio una identidad escamoteada en Europa, menospreciada en el norte continental y prácticamente desconocida en el resto del mundo.

A sus lectores asiduos, a través de un renovado realismo mágico, les proporcionó la fórmula pedagógica, o más bien un modelo para ver, apreciar y entender a sus propios pueblos y, de otra manera, a ellos mismos.

Es así como muchos fueron capaces de descubrir un Macondo en una población cercana a la suya, o encontrar las historias de Aracataca en su propia casa o en su propia familia. Abandonados por sus padres temporalmente o para siempre, los hijos de abuelos existen por millares; a estas criaturas, el amor faltante de los padres y una inconfesable soledad, les agudiza los sentidos y los lleva a cargar de fantasías las historias que escuchan de los abuelos.

Los personajes de García Márquez son seres humanos exasperados, cercanos a la demencia y a la genialidad, como los hay regados por el continente. Es ahí donde uno encuentra que los personajes de sus novelas y de sus cuentos tienen sus dobles; todos repiten costumbres ancestrales y supersticiones; sus vidas están salpicadas de tragedias, pero también de mitos y leyendas, todas escuchadas y aprendidas en las tardes de domingo, en los comedores olorosos a frutas fermentadas.

Sus frases lacónicas, sabias, proféticas, inapelables, junto al sentido de la oportunidad, son como una suerte de antídoto contra la orfandad y el resentimiento que nos legó el coloniaje; pero también un regocijo del habla sincera y sin fisuras de la gente común.

El cura desvariado, el  déspota patriarca crepuscular, el galán desesperanzado, la abuela desalmada, la novia mancillada, la saga del coronel eternamente olvidado llamaban a saciar nuestras ansias de recrear de forma estética la forma de vida que han adoptado los pueblos de América Latina.

Sus reportajes y sus crónicas eran elaboraciones sumarias y prodigiosas de la realidad. Eran victorias contra el olvido de los hechos, medallones al oficio de reportero que amó siempre y que no quiso abandonar nunca.

Además, sus crónicas eran lecciones del periodismo de observación, del descubrimiento de lo más simple, de lo que está a la vista de todos y de convertirlo en la razón de lo importante con la belleza lírica de su lenguaje. Cómo no recordar con el deleite de la complicidad sus textos, donde nos transmitió su temor a los aviones, donde alguna vez tuvo a su lado a una mujer de una belleza deslumbrante, y uno puede apostar que sufrió de amor en aquel viaje trasatlántico.

Sus libros, reportajes y crónicas nos hicieron contemporáneos del mundo, parafraseando al clásico. Era en cierto sentido el extremo humano e ideológico de Octavio Paz. Por las diferencias políticas evidentes, y por las otras que no se pueden decir de cierto, pero que son normales en todo ser humano, como la envidia o el orgullo, es obvio que se trataron poco.

Sus mundos, pese a estar cargados de energía poética, eran distintos y, en cierto sentido, antagónicos: el de García Márquez era caribeño, selvático, lleno de colorido, de alegría pero también de sufrimiento, de seres vitales, casi mitológicos, traídos del alma profunda de nuestros pueblos; el de Paz era un universo poético sideral, infinito, insondable, cubierto por una película de solemnidad que tal vez era la razón de fondo de su distancia.

Sin embargo, en términos de la fábula de Arquíloco recordada por quien fue una suerte de Némesis de ambos, el tercero de los Nobel de nuestro tiempo, Mario Vargas Llosa, en el prólogo al libro de Isaiah Berlín, de García Márquez y Octavio Paz se podría decir que el primero era un erizo y el segundo una zorra.

El dolor de la pérdida de García Márquez nos hace recordar la diferencia incómoda de la grandeza de ambos.

Una transgresión. El “GABRIEL” con mayúsculas y una línea desenfadada en la parte inferior después de la dedicatoria, lo encuentro en una pequeña hoja (ahora amarillenta) de las emblemáticas agendas Hickok. Como remate de aquel recuerdo inapreciable,  el año del breve encuentro: 1985.

jorge.medina@milenio.com