Acentos

Días y noches de Culiacán

Durante 2013, en Sinaloa mataron y robaron menos. Sin embargo, se cometieron 32 mil 937 delitos, mil 190.02 por cada 100 mil habitantes. Unas cifras, desde donde se les vea, escalofriantes. Cifras que, por supuesto, no enaltecen a ninguno de los niveles de gobierno ni son motivo de orgullo para los propios sinaloenses.

En la incidencia de los delitos que se cometieron, no tiene nada de satisfactorio saber que fueron 69 las mujeres asesinadas, la mayoría de ellas operadora del crimen organizado, cuyo estereotipo actual es una versión barroca de la imaginada Reina del Sur: pelo lacio, uñas swarovski, pecho grande, y dicen él “haiga”, “oiga” y él “pues” con el acento pronunciado y rudo del norte.

Tampoco es buena noticia saber que en este año de reducciones delictivas se perpetraron en perjuicio de los habitantes de Culiacán treinta cinco robos de vehículos diarios a mano armada. Al parecer, dice la vox pópuli, se realizan por encargo. Si los robacoches en su acción llegan a equivocarse con la víctima,  propietaria del auto, su destino puede ser fatal: no sería extraño encontrarlos en un camino real con un cochecito de juguete sobre su cuerpo sin vida. Es el mensaje. No deben equivocarse.

En la sindicatura de Quilá de Culiacán, a unos kilómetros al sur de la capital sinaloense, en el Canal Colorado, fue encontrado muerto un adolescente de 14 años. Desapareció el 31 de diciembre y las primeras evidencias indican que fue asesinado. Al norte, en Surutato, municipio de Badiraguato, histórico territorio de la siembra de amapola, cuyas piedras de goma durante años eran llevadas al país del norte para servir al gobierno estadunidense en la elaboración de morfina, otro adolescente fue asesinado, al parecer, por un muchacho de once años de edad. Muchos adolescentes sirven de “halcones” en los sitios estratégicos de las ciudades de Sinaloa y en los pueblos de las faldas de la sierra.

Son casi unos niños aprendiendo a no amar ni a temerle a la vida. Viven temprana y violentamente sus primeros juegos de preparación para la guerra que les espera.

Pero no se espante: en uno de los colegios privados a los que asisten los niños de la diversificada élite de Culiacán, se hace bulliyng al niño que no vista “ropa de marca”. Sí, y seguro que muchos de los padres de estos chuckies vociferaban contra Elba Esther.

Las calles de la moderna y orgullosa (sic) ciudad de Culiacán semejan una versión a gran escala y de verdad de los juegos de los “carros chocones” de las ferias. Los semáforos no son ni siquiera una sugerencia. No hay hora ni día que se respeten. En una guía de París, recuerdo que se recomendaba tener cuidado con los sorpresivos rebases por la derecha de los cafres conductores de la ciudad luz.

En las guías para visitar Culiacán tendrían que hacerse esa y otras recomendaciones: debe anotarse que es una aventura que puede resultar mortal. A los sinaloenses, a muchos de ellos, les gusta presumir que sienten una fascinación por los “deportes” de alto riesgo. En 2013 murieron en accidentes de tráfico 619.

Pero en realidad el tráfico turbulento de la ciudad es solo un reflejo del fenómeno de descomposición social que ha nublado por muchos años la vida de Culiacán. Cada carrera, como se diría en el lenguaje de un taxista, es un albur. En alguno de los autos circulando, puede ir un matarife potencial, hombre o mujer, joven, adulto, o adulto mayor, el cual puede, inesperadamente, “echar un laminazo”, pasarse un alto, detenerse en un lugar prohibido o a media calle, y todo eso ocurre sin que nadie se oponga. Tocar el claxon o llamarle la atención por la acción indebida al chofer del auto en falta puede dar lugar a una golpiza a cachazos de pistola o la muerte in situ. Nadie, absolutamente nadie, hará nada por usted. Nadie. Así ocurren los robos a mano armada y aun los asesinatos o los levantones en las calles.

Esto puede que no suceda todos los días; es, repito, un albur, pero diariamente es seguro que verá o sabrá de alguno de estos hechos y se enterará de alguno de los incidentes que forman parte del clima de impunidad que impera en la entidad.

En el diario de mayor circulación en Sinaloa, con mucho, la noticia más leída fue la muerte en Puerto Peñasco de uno de los presuntos jefes del narcotráfico en Sinaloa, Gonzalo Inzunza Inzunza, conocido como El Macho Prieto. Sin mucho eco, una tímida e infundada versión de que está vivo, puesto que su cadáver desapareció, circula en los cafés y en las tertulias.

Desde las noches y las madrugadas previas al 31 de diciembre, y sobre todo la madrugada del 1 de enero, se escucharon las detonaciones de los cohetes y las armas de fuego. Los primeros son la coartada del discurso oficial para  minimizar estas noches de fuego, las cuales, aunque no sea políticamente correcto decirlo, son parte de las tradiciones decembrinas de Culiacán. Son tan comunes como la verbena popular o el beisbol de invierno en el estadio Ángel Flores. Las familias de Culiacán saben que a las 12 de la noche brindarán bajo el sonido seco de las balas, que intermitentes, en varias horas, serán la lluvia negra que abonará de nuevo la tierra del miedo en la que viven.

jorge.medina@milenio.com