Acentos

Diálogo "vs" intolerancia

Es abominable que desde hace décadas en el mes de mayo la CNTE inflija a la niñez mexicana el mismo criminal trastorno educativo con la excusa de la defensa de sus derechos, que en realidad son privilegios.

La democracia permite que se expresen todos los cuestionamientos que alguien esté dispuesto a hacer y, al mismo tiempo, se tenga el talante de escuchar las respuestas —y valorarlas— para que de ello resulte lo que llamamos diálogo.

En estos días nuestra democracia parlamentaria ha estado activa en este rubro. El intercambio de ideas y las opiniones contradictorias han sido intensas y por momentos marcadas por la aspereza.

Ciertamente no todas las leyes secundarias han sido aprobadas con la velocidad o la eficiencia que las propias reformas lo exigen, pero el diálogo y el debate no se han detenido y, aunque se dé por muerto al Pacto por México, el espíritu de éste, junto con la propia vocación democrática de los líderes de las fracciones parlamentarias y los mismos legisladores, ha hecho posible que no se den por vencidos ante la intransigencia o la arrogancia.

Pero también la democracia se ha puesto a prueba en Michoacán, donde el gobierno estatal y federal y las autodefensas, a través de diversos acuerdos, decisiones y medidas administrativas, han paliado la problemática que tiene al estado en una crisis económica y de gobernabilidad profunda; ha de ser lenta la tarea de ir desmontando las estructuras creadas al margen de la ley como formas supletorias de la pérdida de la institucionalidad que se vivió por años, pero es ahí donde el diálogo requiere una ejecución más atinada, inteligente y eficaz, dado los niveles de violencia que se han ejercido sobre la vida cotidiana de las familias del estado.

Es verdad que hay espacios donde la ley es letra muerta; lugares donde el movimiento social ha impuesto un poder de facto negando las instituciones, como en Chiapas; en algunas ciudades y  poblaciones los señores de la violencia han encontrado los mecanismos para descomponer por la vía de la corrupción (y la violencia misma) las instituciones.

En esta tendencia se inscribe la ola de movilizaciones que se avecina sobre el centro de la República y que comienza en la fecha simbólica del 1 de mayo, seguida de las movilizaciones que encabeza la disidencia magisterial encabezada por la CNTE; ahora la veremos con la bandera de la contrarreforma educativa, atada a los intereses políticos de los grupos de la izquierda más refractarios al diálogo, en especial el Movimiento de Renovación Nacional, el cual lleva a la práctica, cuando así lo juzga pertinente —y como lo suelen hacer los propios maestros de la CNTE—, acciones que están “fuera de las reglas del juego”.

Esta coincidencia de intereses y visiones los une: adoptan posiciones de irreductible rechazo a cualquier política del Estado, de tal modo que haya una reciprocidad corporativa en el ámbito de los futuros procesos electorales.

Unidos por esa causa, con un discurso y una práctica cebados en la presión política y en la ilegalidad, es previsible otro más de los escenarios de conflictos sociales y políticos, de esos que convierten la voluntad democrática de la mayoría del país en un esfuerzo pírrico.

Las marchas, los plantones, las tomas de oficinas, anunciados como las formas que adquirirá la protesta en estos próximos días, nos deben hacer reflexionar acerca de las insuficiencias de la cultura democrática; nos advierten también de la necesidad de analizar las causas más profundas de que uno de los portavoces del CNTE sea capaz de decir abiertamente que “si al gobierno federal le interesa la gobernabilidad del país, debe atender sus demandas”, las cuales parten de la negación de lo que ya es letra constitucional.

Solicitar ser escuchados, a partir de esta postura, es la negación del diálogo y de la política democrática. Ésta solo puede ser construida cuando el diálogo sustituye a la diatriba o a la injuria, al arrebato o la insolencia y cuando se asume que legalidad es la base común de todos los ciudadanos representados en el poder del Estado.

Tal vez por ello hay que resaltar que hace más de 10 años que los representantes de la Unión Nacional de Trabajadores,  UNT, no se reunían con algún presidente de la República. Lo hicieron hace unos días durante una hora y media con Enrique Peña Nieto y los temas fueron los aspectos de orden laboral y los efectos de las reformas relacionadas con la ley de telecomunicaciones. Y es muy probable que los líderes y el presidente hayan aprovechado muy bien la hora y media para tomar acuerdos y preparar futuros encuentros.

O sea, así como somos capaces de exigir que el gobierno y las instituciones dialoguen y legislen con otras fuerzas, no podemos dejar de demandar que otros actores abandonen la ilegalidad, la presión y el chantaje como mecanismos de hacer política.

Y no se puede dejar de decir que es ya abominable que a lo largo de las últimas décadas, en el mes de mayo, la CNTE inflija a la niñez mexicana el mismo criminal trastorno educativo, con la excusa de la defensa de sus derechos, cuando sabemos, hoy mejor que nunca, que lo que defienden en realidad son sus privilegios.

jorge.medina@milenio.com