Acentos

Despedida

Cuenta David Randall que el columnista estadunidense Bob Considine, en 1973, escribió la columna más breve que conoce. Decía simplemente: “Hoy no tengo nada que decir”.

Hoy, a mí me gustaría escribir lo mismo por otras razones. Sin embargo, no viene al caso, porque a partir de hoy suspendo mis colaboraciones en MILENIO Diario.

Debo, por lo tanto, a los directivos de MILENIO, una expresión de sincera gratitud por su hospitalidad en estas páginas, la cual queda asentada en este momento: muchas gracias.

A mis lectores, una lírica nota de despedida sobre mi dominical regularidad en esta sección de Acentos, la cual será para mí imborrable.

Aunque mis primeros artículos de opinión o algunas reseñas las publiqué en otros diarios y revistas, en MILENIO Diario sentí por primera vez el compromiso profesional con este oficio. Con mis primeras colaboraciones en un diario local había pasado por la guillotina estaliniana de la izquierda y por la observación fraternal de Monsiváis: “problematiza”, “problematiza”.

Notimex fue una escuela en la que permanecí seis años.

No tengo la fecha exacta, pero fue a mediados del año 2000 que empecé mis colaboraciones en MILENIO Diario y una emocionante andadura.

Pensé que no lo dejaría de hacer nunca. Sin embargo, diversas circunstancias profesionales me impiden seguir.

Abandonar esta tribuna, en determinado momento pensé que era una posibilidad remota. Pero es cierta y aquí está, y sé, como usted, amigo lector, que debo dar el paso sin ningún dramatismo.

Lo que quiero decir es que en la labor del análisis y la crítica política nadie debe llamarse a engaño. Se entienden y se asumen los efímeros y limitados efectos de las opiniones publicadas.

Pero al estar presente en el ágora del debate de la vida pública, esta levedad se compensa con algo inapreciable: se participa en la construcción de opinión ciudadana, se respalda la cultura democrática y se coexiste en el mundo de la cultura.

Aquí es donde se acepta que los riesgos de escribir con este propósito son grandes; las palabras comprometen y tejiendo una opinión, más. Por ejemplo, se tiende a no relativizar las cosas y se comete el pecado de volverse tajante y hasta soberbio. Lo es uno muchas veces cuando se trata de hacer pública una opinión sobre un hecho o una conducta de alguien en la que no se tienen todos los elementos de uno y otra.

La ignorancia da lugar al prejuicio y al lugar común, e incluso a la calumnia. Los desaciertos de apreciación y de buen juicio, y las opiniones concretas llegan a ser disparates.

El artículo de opinión se elabora con la intención de que sirva de reflexión, de advertencia o de llamada de atención a la opinión pública y al poder político.

Para lograrlo, se busca reunir todos los elementos que permitan transmitir esta opinión de forma comprensible. Dice Jean Daniel que “El editorial —lo que queda para el artículo— es un género delicado, pues expone a la impostura cuando uno trata un tema en el que, como ocurre con frecuencia, solo es relativamente competente”.

Como es evidente, no es fácil concretar un artículo que reúna estos requisitos, o evitar algunas insensateces como las que a veces cometemos, creyéndonos el centro del universo.

Por momentos olvidamos que nuestros comentarios pocas veces hacen que las cosas cambien. Esto no pasa mucho. O no ha pasado casi nunca.

Un caso de excepción es el que provocó, ciertamente, un cambio importante para la humanidad: el equivocado obituario que se hizo del inventor de la dinamita Alfred Nobel, cuando murió su hermano Ludvig y creyeron que había sido él. El diario francés que incurrió en tal torpeza escribió en dicha nota necrológica que la gente lo recordaría como el “mercader de la muerte”.

El impacto moral que provocó en Alfred Nobel fue devastador. Se considera que esa fue la razón principal por la que cambió su testamento y decidió que con su fortuna se estableciera el Premio Nobel.

En el periodismo, se ha comprobado que lo que cambia las cosas son los reportajes. Infinidad de ellos han descubierto problemas, revelado tramas golpistas, corrupción o fraudes, etcétera, como también han demolido carreras y han impedido ascensos en la política.

El articulista (o los columnistas) se enfrentan a la famosa máxima de que “Cada uno es libre de opinar lo que quiera, pero los hechos son sagrados”. Claro que hay articulistas que cada texto lo soportan en hechos y lo complementan con un análisis de alta complejidad, el cual se convierte en pieza de referencia, sobre todo, en la llamada opinión política.

Estos artículos son los que le dan sentido a la labor del periodista de opinión. MILENIO, según mi punto de vista, tiene en este selecto grupo de analistas una de sus fortalezas. Ha sido una satisfacción compartir con ellos estas páginas.

Por supuesto que nunca dejaré de escribir. Nadie que tenga el gusto por este oficio, lo haga o no en los medios con regularidad, pierde el reflejo y mucho menos el deseo de hacerlo. Hasta pronto.

 

jorge.medina@milenio.com