Acentos

Derecha histérica

En muchos periódicos y en medios electrónicos, coinciden acres opiniones antagónicas a la propuesta de una reforma hacendaria que incluya un déficit presupuestal de 0.4 para 2013 y de 1.5 para 2014.

La verdad es que para rechazar los impuestos, los presentes o los que pueden ser parte de nuestro escenario futuro, siempre hay decenas de caminos para criticarlos y otro tanto para evitarlos.

Al margen de los razonamientos válidos en un sentido o en otro, como nos ha enseñado a ver con una profunda claridad ética la periodista Denise Maerker, la dosis de compromiso cívico es detectable en cantidades inferiores a las de egoísmo e individualismo en el ciudadano.

Así somos, mayoritariamente. Más aún, cercanos a nuestra insolidaridad, podremos encontrar mecanismos evasores que se venden por montones en los despachos de los contadores y, ahora, en las consultorías políticas se ofrecen paquetes de excusas con memoriales de corrupción pública para que sirvan de tapón protector al cinismo privado.

Si críticos, expertos y fulleros de consuno tuvieran la fuerza política suficiente, es un hecho que de golpe ya habrían desmontado por completo la ya de por sí castigada propuesta del secretario de Hacienda Luis Videgay. Pero éste no ha dejado de explicar que es evidente la desaceleración económica del país y que, de no echarse mano de estos mínimos porcentajes de déficit, la recesión será inevitable y, al mismo tiempo, la posibilidad de los recortes al gasto público se hará efectiva antes del final del año 2013.

Tal vez sea necesario hacer notar la reacción contraria a la medida del gobierno desde la perspectiva de la derecha, a la que le gusta exacerbar situaciones como ésta: hoy se nota que guardan con celo de panteoneros el endeudamiento externo, las licencias nacionalistas y “antiimperialistas”y las crisis devaluatorias e inflacionarias de Echeverría y López Portillo, que dejaron al país en las famosas crisis sexenales en los años setenta.

Pero entonces, esto hay que recordarlo, muchos de sus mismos asociados, nombres ilustres de la sociedad mexicana que, al mismo tiempo que satanizaban al gobierno, eran los primeros en la larga lista de los “llamados sacadólares” del país.

O sea, la derecha, representada en el PAN, no es seria. Tampoco responsable: en un momento puede navegar en las aguas del populismo, como lo hizo con Clouthier o con Fox años atrás, y luego volver a la tierra ideológica del Consenso de Washington o a la sombra de la Thatcher; o de plano instalarse por mero oportunismo en las pantanosas actitudes de los republicanos estadunidenses de hoy, solo para mimetizarse políticamente, con si tuviera la capacidad de paralizar al gobierno de Peña Nieto, antes siquiera de que llegue a su primer año de gestión.

De cualquier manera, el referente indiscutible de la derecha panista, como el de muchos de los voceros en los medios, está fatalmente relacionado directamente con el marco Consenso de Washington, el cual tiene como exigencia canónica que los presupuestos de los gobiernos se mantengan en niveles de déficit pequeño o preferentemente inexistente.

Desde el gobierno de Carlos Salinas hasta hoy, junto con la contracción del gasto público, la desregulación y las reformas impositivas que “favorezcan al capital para la inversión”, el déficit en ese nivel ha sido una de las prioridades clave de la política económica.

Pero hoy, ¿hay alguna razón para ignorar que la situación del país tiene que ver con las décadas de ansiedad y frustración acumuladas por la realidad económica, fruto de un modelo que ha dado como resultado escaso crecimiento económico y un nulo desarrollo? ¿Es una realidad o no que la lógica de este modelo no ha servido para potenciar nuestras cadenas productivas, sino al contrario para debilitarlas? ¿Se puede negar que la relación de pobres en México aumenta año con año, a pesar de que hablemos de una clase media pujante y progresiva?

Por todas estas razones carece de sentido desconocer que una mayor desaceleración está afectando crecientemente al mercado interno y las consecuencias pueden ser más graves.

En circunstancias semejantes, el gobierno se abstuvo de recurrir al déficit. Se cumplieron las reglas de la macroeconomía y las dolencias nos venían de fuera y el efecto era como si fuéramos los directos responsables. Nos volvimos menos competitivos y menos eficientes. Se nos abatió la productividad agrícola. Así llegamos a los 53 millones de pobres. No solo nosotros, en casi toda la región los pobres son más que antes.

La derecha está histérica. De nada sirve que digan que Enrique Peña Nieto tiene la cola diabólica de Echeverría, el tridente perverso de López Portillo y hasta un lugar asegurado en el infierno junto a Díaz Ordaz.

Un déficit manejado con sentido social, con responsabilidad, honestidad y eficiencia limpiará algo las impurezas que nos han dejado los pecados del neoliberalismo.