Acentos

Colosio reivindicado / Última parte


En esa victoria política de Luis Donaldo Colosio, que fue el autodescarte tardío de Manuel Camacho el 22 de marzo de 1994, tuvieron que ver también sus replanteamientos políticos, su temperamento y su estilo personal.

“Colosio —escribió el 26 de marzo de 1994 José Woldenberg— era la negación misma del político prepotente, sabelotodo y al final insensible. Por el contrario, llamaba poderosamente la atención su sencillez, su capacidad de escuchar y de plantear los problemas sin retorcimientos. A pesar de su veloz carrera política, los humos no se le habían subido a la cabeza. Enfrentaba los problemas, hablaba con respeto de sus adversarios e irradiaba las ganas de construir un código político de entendimiento alejado de fundamentalismos de todo tipo”. (Segunda edición de Violencia y política, Cal y Arena, 2014 p. 87).

No puedo estar más de acuerdo con Woldenberg. Gracias precisamente a esa sencillez, a su capacidad de diálogo, a su fobia contra los arrogantes, no fue difícil la evolución de su pensamiento político.

Luis Donaldo conoció las zonas sinuosas de las entrañas del poder, vio sus contradicciones, pero también se alertó de sus vicios y de sus insuficiencias. Lo afectaron las fatigas y la desesperación de los desamparados, la injusticia y la desigualdad social, circunstancias que le dieron razón a su indignación y a su compromiso cada vez más radical para cambiar la situación del país.

No está completamente liberado de los fundamentalismos económicos, pero Colosio tiene otros referentes que le hacen modificar su discurso y su perspectiva política. Como presidente del PRI y secretario de Estado, surca nuevos territorios de aprendizaje, se convierte en el político que busca respuestas distintas a las contrariedades que provocan las formas viciadas del poder.

Colosio, muy pronto, entiende que la “historia castiga a los que llegan tarde a ella”. Aprende por la vía rápida que hay inconformidad en las bases del partido, que en la sociedad hay una rebelión contra el corporativismo, que el cardenismo tiene razones sociológicas más profundas; ve que las formas de hacer política están cambiando y que se necesita una renovación de la vida democrática del país.

Por ello, cuando llega el momento de las definiciones, después de haber sido sometido a la tortura de la sospecha de la traición —y ese momento fue el 6 de marzo de 1994—, cuando se dieron aquellas circunstancias que lo obligaban a definirse como el candidato que quería ser, en el político que debía explicarle a la nación entera qué país imaginaba para el futuro, él, Luis Donaldo, marcado ya por una desarrollada sensibilidad, es ya prisionero-misionero de su compromiso democrático.

Aunque el discurso que más se recuerda es éste, las ideas ahí plasmadas no eran nuevas. Colosio manifestó ese compromiso en el discurso de toma de posesión como presidente del PRI: dijo entonces, el 3 de diciembre de 1988: “El PRI da la bienvenida a la competencia política. No nos asombra la existencia de proyectos divergentes del que nosotros postulamos. Convocamos al debate. Es una exigencia de la democracia y de la pluralidad. Respetaremos a nuestros contendientes. También, nos haremos respetar”.

Lo que sucede es que, en el discurso del 6 de marzo, la tajante declaración ética del candidato se escuchó como una advertencia contra las impudicias del poder. Se escuchó como una bomba.

Colosio es un héroe de la democracia mexicana; no solo porque su vida fue sacrificada injusta, arteramente, sino porque murió luchando por consolidar la democracia, en un momento en que el país carecía de ella.

El hecho canallesco cortó de tajo una vida comprometida con la democracia del país; no estamos hablando de lo que hubiera pasado si no lo asesinan, si hubiera sido buen presidente, si hubiera roto con su antecesor, etcétera.

Estamos hablando de lo que hizo y de lo que fue: del 3 de diciembre de 1988 al 6 de marzo, de 1994, compactó en pensamiento y en su acción política el espíritu renovador de una generación de priistas. Las insuficiencias de la generación modernizadora requerían de alguien que recuperara el proyecto, que le insertara una alta dosis de ética y credibilidad política, y, sí, de bondad. Llevó a cabo, como secretario de Desarrollo Social, acciones que demostraban lo que estaba dispuesto a hacer: enfrentó intereses poderosos, estableciendo reservas de biosfera en varias partes del país (Carlos Tello Díaz, 20-03-14).

Desde una posición de desafío, Colosio dijo ver a un México “de mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales.

“Veo a ciudadanos angustiados por la falta de seguridad, ciudadanos que merecen mejores servicios y gobiernos que les cumplan”.

Es inaceptable y mezquino que algunos menosprecien el papel que Luis Donaldo Colosio jugó en la construcción de una sociedad democrática, que aún podría hacer suyos sus reclamos.*

*Versión editada de la intervención en el panel “Vigencia del pensamiento político de Luis Donaldo Colosio”, organizado por la Fundación LDC del CDE del PRI en Sinaloa, el sábado 22 de marzo de 2014.

jorge.medina@milenio.com