Acentos

Colosio reivindicado / Primera parte

Durante casi veinte años, vimos difundir, a través de algunos medios y en voz de diversos personajes de la vida pública, a un Luis Donaldo Colosio casi desconocido para quienes trabajaron de cerca con él.

Mucho tuvieron que ver en ello los enemigos de dentro y fuera de su partido; colaboraron periodistas, analistas, académicos, psicólogos, los cuales ayudaron a configurar una imagen difusa de Colosio, crearon a muchos “colosios”, como si se quisiera que nadie descubriera al verdadero.

Ése fue un modo de minimizar su figura. Se pretendió, sobre todo, que su vida estuviera concentrada en un expediente judicial, en un archivo que sirviera para condenar o para exonerar. Se ignoraba a las escasas voces que apuntaban en otro sentido.

En la distribución de compensaciones para los deudos políticos, cercanos políticos de piel dura, se deshicieron del pañuelo húmedo por las lágrimas derramadas por su muerte y guardaron en el bolsillo vacío el oficio de un nuevo nombramiento presidencial.

Simplemente porque la vida es injusta, el legado político de Luis Donaldo no está en el lugar que debe ocupar en la historia del actual sistema democrático y menos en la de su partido.

La centralidad que adquirió su asesinato, el trastorno que sufrió el país por su violento deceso, las ambiciones de poder desatadas menguaron la importancia de la muerte de un político excepcional, que en breve tiempo había logrado contrarrestar una ofensiva proveniente de las entrañas mismas del sistema, vencerla y trastocar con ello la ortodoxia del presidencialismo y lograr,  con su discurso político, prender una llama de esperanza para transformar a México en un país democrático.

A veinte años de su muerte ahora todo se ve más claro. El expediente judicial ha cedido su lugar al expediente político, en el que se rescata el carisma, la decisión, la valentía, la capacidad y el talento de Colosio. Y estos rasgos se recogen en las encuestas; es aplastante la idea de que hubiera sido un buen presidente, admirable que uno de cada tres jóvenes lo conozca, etcétera, como si se le quisiera resarcir del menosprecio del que fue objeto.

Parece que al fin se reconoce al vencedor de unos poderosos enemigos que dentro del sistema quisieron obstaculizarle el camino a la Presidencia y que solo pudieron conseguirlo por una componenda criminal o por la demencia de un asesino solitario.

Gracias a la información que ha resultado de todas estas investigaciones, de las revelaciones de muchas gentes y por las mediocres y penosas trayectorias de sus adversarios, hoy resaltan las virtudes y los atributos que lo diferenciaron del resto del equipo de Salinas, los cuales llevaron a éste a su selección como candidato a la Presidencia.

Un paralelismo histórico puede ser útil aquí en 1933: Lázaro Cárdenas no era el candidato del ex presidente Calles, pero el sonorense no tuvo fuerza para oponerse al deseo del michoacano. En 1993, la situación es distinta; Salinas preparó a Colosio para ser presidente y éste venció a sus adversarios de manera indiscutible en la contienda y con las reglas del viejo orden. Nadie desconoce lo difícil y dramática que fue aquella disputa.

Pero la analogía se observa en las reacciones posteriores de Calles y Salinas, cuando en sus respectivos momentos envían mensajes públicos contrarios al presidente Cárdenas, el primero, y al candidato Colosio, el segundo.

Todos sabemos cuáles fueron los desenlaces en ambos casos. Cárdenas tuvo la fuerza para sacar del país al Jefe Máximo y acabar con una época de la vida de México.

Los meses negros de principios de 1994, enero, febrero y marzo, en los que Colosio sufrió la andanada, fueron una gran prueba para su talento político y su reciedumbre moral, en la que hubo necesidad de demostrar su capacidad de resistencia. Colosio se puso a resguardo. Resistió con inteligencia, tejió alianzas, emergió el Colosio sereno, paciente, hermético, el del discurso cada vez más cercano a la gente.

Cuentan que cuando en la popularidad desbordante de Colosio, pese al silencio cómplice de los medios que repetían la misma cacofonía de que “la campaña no prende”, se le dijo a Salinas que, por su popularidad, Colosio se parecía a Pedro Infante. Y él, con ironía, contestó: “Colosio se parece a mí”.

¿A esas alturas, después de los engaños y las actitudes desatinadas del ex presidente, auspiciando la posibilidad de la suplencia de su candidatura, Salinas creía que estaba hablando con el Colosio que preparó como candidato? Sí y no. Era el mismo Colosio, caballeroso y leal, pero con adarga y escudo.

Colosio empezaba a tomar distancia del presidente y Salinas actuaba bajo el influjo de la hybris del poder, convencido de que pese a lo que estaba pasando en el país, él tenía el poder para decidirlo todo.

Por ello, cuando el 22 de marzo Manuel Camacho hace pública su decisión de  renunciar a su objetivo, Luis Donaldo había ganado la segunda elección interna.*

*Versión editada de la intervención en el panel “Vigencia del pensamiento político de Luis Donaldo Colosio”, organizado por la Fundación LDC del CDE del PRI en Sinaloa, el sábado 22 de marzo de 2014.

jorge.medina@milenio.com