Acentos

Cárdenas en el Zócalo, Peña Nieto en La Habana

¿El cardenismo está de regreso? No necesariamente, pero eso no es lo que importa. Vimos, sí, una seria y fuerte demostración de músculo de la oposición que busca revertir la reforma energética, al frente de la cual estuvo el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.

La reforma causante de la protesta, y a la cual podrían sumarse dos millones de personas, que a decir del PRD han firmado para exigir una consulta popular, a fin de que aquella se vuelva a discutir, ya está promulgada. Pero tampoco eso es lo que importa. Bueno, sí, pero no para los efectos de esta nota. 

Simplemente lo que quiero analizar es lo que algunos observan en la actitud del ingeniero Cárdenas: obstinación, tal vez, pero no tengo duda de que lo es por congruencia. Su padre, el general, fue un idealista y a la vez un político realista que llevó a cabo reformas fundamentales del Estado mexicano y que con la “suavecita manera de ser de los michoacanos”, como lo describió Krauze, fue capaz de lidiar las dificultades de una época mundial de preguerra, enfrentar presiones externas e internas, entre estas últimas las de los insignes adversarios de su propio partido y la de los empresarios de Monterrey.

Su hijo Cuauhtémoc no heredó solo su apellido: heredó sus principios, sus ideas y también su realismo. Por ello, hoy camina en las calles de la Ciudad de México y encabeza una marcha contra lo que eufemísticamente se le llama apertura energética.

No asistieron los cientos de miles que lo siguieron en 1988, pero las decenas de miles del viernes pasado en el Zócalo representan algo más que una protesta nostálgica o una epifanía “del populismo de espíritu justiciero y demagógico”, como algunos lo quieren hacer ver.

Del México de los 80, cuando comenzó el desmantelamiento del Estado providencia, al México actual  hay una diferencia inmensa. México no ha abandonado todas sus esencias histórico-culturales; se subió al tren de la modernización, asumió y calificó positivamente ante los agentes del mercado y los organismos financieros internacionales, pero no evitó el crecimiento mediocre de la economía ni la desigualdad y la inequidad social.

O sea, esta segunda o tercera generación de reformas neoliberales no representan al México del pasado populista ni al México del Estado propietario. Son herencias de un país más cercano, expresado en un gobierno priista que ancla su propuesta de futuro en unas reformas de distinto origen y justificación, pero que, para algunos, forzando un clivaje con este proceder reformista, remiten al México del pasado.

Desde esta visión, el encuentro de Enrique Peña Nieto con Fidel Castro bien pudo ser representado en una fotografía en blanco y negro: se tendría por una reminiscencia de la cultura nacionalista, de la postura mexicana en Punta del Este, Lázaro Cárdenas visitando en La Habana a los barbones victoriosos. Y lo que vimos fue la imagen de un Fidel Castro encorvado y viejo, con barba casi rala y a un jovial y orgulloso presidente mexicano conversando animadamente.

Inferir entonces que ambos, Cuauhtémoc Cárdenas y Enrique Peña Nieto, cada uno en sus propias andanzas, son un contrasentido de la historia no parece ser acertado. Por utópico que pueda juzgarse su propósito, lo que Cárdenas confirma es la existencia de una verdadera fuerza política que se opone a la reforma desde una visión popular de la modernización de México.

Creer que la visión que soporta esta postura de repudio a las reformas es un anacronismo, una idea añosa de la Revolución mexicana que envuelve el ineficaz patrimonialismo estatal, es también un desacierto. Nadie niega que estamos en una democracia ni se deja de reconocer la existencia de nuevas instituciones. Pero el demócrata verdadero no puede dejar de reconocer las deficiencias del sistema actual, de las injusticias existentes, ni de las defecciones en materia de bienestar ni puede andar por la calle con un vademécum dando instrucciones de cómo deben comportarse las minorías, menos cuando sabe de las debilidades humanas, de la corrupción y de todas las penurias que ha vivido México a lo largo de estas tres décadas de neoliberalismo.

Ya Condorcet, en el siglo XVIII, advertía contra “la máxima prevaleciente entre los republicanos antiguos y modernos, de que los pocos pueden ser legítimamente sacrificados a las mayorías”. (Amartya Sen, 2010).

En una democracia tan incipiente e imperfecta, el partido en el poder ha de ser un ejemplo de tolerancia; no lo enaltece construir el montaje de que ésta es una lucha entre buenos y malos, como lo han sostenido los fundamentalistas del otro bando.

Me refiero a esos mismos que coinciden con los que, miopes y sectarios, ven el encuentro del presidente Peña con Fidel Castro como un retroceso y no como la oportunidad de establecer una relación constructiva de futuro con Cuba.

Asimismo, no sobra recordar que en una reforma modernizadora no debe esperarse un asentimiento mecánico del pueblo. Una modernización, escribió Octavio Paz, ha de manifestarse como diálogo, crítica o divergencia. Y aun en esta democracia, por lo sostenido antes, lo que debe buscar son interlocutores, no ciudadanos mansos ni sumisos.  

jorge.medina@milenio.com