Acentos

Arriésguense

Nadie puede estar en paz mientras que otros se abaten en la pobreza y la inseguridad: Nelson Mandela

Háganse a un lado los que dudan y están confusos, que el gobierno federal se propone consolidar la anhelada sociedad democrática y participativa, y está bien dispuesto a asumir riesgos ante “situaciones complejas”, lo cual quiere decir que el apremio por lograr que se aprueben las reformas política y energética y se haga realidad la reforma educativa amerita las comprometedoras palabras del secretario de Gobernación Miguel Ángel Osorio Chong.

Que lo advierta el titular de la Segob y lo escude la Secretaría de la Defensa Nacional tiene su significación. Delata que el país no está pasando por una situación satisfactoria. La económica es de estancamiento y de incierto futuro; se heredó una guerra contra la criminalidad y muy lentamente se atempera; hay zonas del país de franca ingobernabilidad; minorías activas, con una opinión crítica bien articulada y apoyada por algunos medios electrónicos y en las redes sociales, han contagiado de impopularidad al gobierno y a las políticas reformistas que pretende imponer.

En las reformas, se infiere, el gobierno cree que está la salida a las principales expresiones de la crisis y es por ello que se plantea la disposición a correr el riesgo. Está bien y esa debe ser la apuesta.

Sin embargo, sobre ese riesgo hay que ponderar lo siguiente. En primer lugar si lo que se quiere es un cambio de rumbo en el país, y para lograrlo se ponen en marcha reformas y políticas modernizadoras como las que se hicieron en el pasado, las cuales han dado como resultado un crecimiento verdadera y objetivamente mediocre, unas privatizaciones que como el propio rector de la UNAM, José Narro Robles, interlocutor de lujo de las palabras de Osorio Chong, días atrás había señalado que habría que hacer en México para un rescate social, así como se habían hecho rescates bancarios, carreteros y en los ingenios, ante los resultados nefastos de tales privatizaciones, y si a eso mismo se le suma una corrupción que es como una fatalidad, no debe extrañarle a nadie que la gente dude y esté confusa.

¿Qué? ¿No se prometió hace casi cuatro sexenios estabilidad de precios, mayores salarios y una prosperidad inédita, propias del primer mundo, y a cambio el país sufrió varias crisis que elevaron el número de pobres, acentuaron la desigualdad, quedando en la conciencia de la mayoría de la gente que con estas crisis los únicos perdedores eran los mismos de siempre: los pobres y las clases medias más débiles?

En el ciudadano se despertaron esperanzas al principio del gobierno de Enrique Peña Nieto. El Pacto, la reforma educativa y la detención de la líder del SNTE parecían avizorar nuevos tiempos. Pero no exigirle a la profesora y a sus cómplices la devolución de los recursos sustraídos del erario público, enseguida tolerar a la CNTE en sus desmanes y en sus expolios millonarios, empoderarlos hasta demoler la credibilidad de la reforma educativa, más una reforma fiscal plagada de contradicciones, ensombrecieron rápidamente la esperanza.

En segundo término, también es verdad que por diferentes factores, sobre todo los antecedentes políticos que sobre él pesan y por ciertos pequeños errores que esos grupos mencionados en los medios exacerban, la opinión pública es de “mecha corta” con el presidente Peña Nieto.

Y tal vez por ello, sus experimentados comunicadores deberían haber advertido que una reforma energética como la que se está planteando debería haber estado respaldada no solo por una intensa propaganda banal, sino por una serie de acciones que contradijeran las suspicacias de la percepción que han impuesto los adversarios ante las intenciones de las reformas y las del propio Presidente.

Lo que la gente teme, más allá de un nacionalismo que tampoco se debe menospreciar, es una reforma energética que no haga sino acentuar los males provocados por las anteriores reformas, sobre las cuales se ha sembrado la idea de que quien las impulsa es una clase política al servicio de empresas trasnacionales y nacionales que van a depredar los recursos petroleros del país.

Y si es la hora de enviar a los dubitativos y desconfiados ciudadanos una serie de mensajes contrarios a esta idea, hágase lo que se ha prometido y así lo hemos entendido los que estamos de acuerdo con la reforma, pero que ahora dudamos: por principio, no se tomen acuerdos ignominiosos y privatizadores como los que está presumiendo el PAN y arriésguese más: no se tolere a los empresarios corruptos, evasores, corruptores; no se negocie con ellos para que al fisco le den migajas;  castíguese al funcionario corrupto y corruptor, a los gobernadores, varios de los cuales actúan mucho peor que los sinvergüenzas del viejo sistema político y arriésguense: acábese con las  la prebendas al sindicato petrolero y con los del SNTE y de la CNTE.

Y esto no es populismo ni demagogia. Es el ejercicio republicano del poder y el cumplimiento estricto de la ley.

Son actos que garantizan que no será una reforma que abrirá las puertas a más corrupción y al saqueo de los recursos del pueblo de México. Arriésguense.