Articulista invitado

Del sueño americano a la pesadilla de Trump

“Como muchos mexicanos, yo fui un indocumentado; por eso, cuando escucho al republicano con su propuesta de las redadas antiinmigrantes, no dejo de pensar que perseguirán a mexicanos en territorio que antes de 1848 fue nuestro”.

Como muchos mexicanos, yo fui un inmigrante "ilegal" en Estados Unidos; la desesperación, la falta de oportunidades y la frustración que brota del hambre, me hizo buscar el sueño americano: una mejor forma de vida del otro lado del Río Bravo.

Recuerdo que el día que crucé por segunda ocasión la frontera, llegamos a un centro comercial en Nogales, donde la Migra comenzó a perseguirme; corrí con todas mis fuerzas para huir de ellos y jamás podré olvidar la desesperación que sentí al saber que todo el esfuerzo podría perderse en cuestión de minutos. En medio de la confusión me escondí en la cajuela de un auto que me llevó por varios kilómetros con rumbo a Phoenix, atravesando el desierto de Arizona.

Cruzar el desierto en una cajuela marcó mi vida: respiraba por un agujerito del tamaño de una moneda, el sudor me empapaba y el aire escaseaba, creí que iba a morir. Durante ese terrible encierro, no podía dejar de pensar que estaba siendo perseguido en una zona que algún día fue mexicana, que era un hombre "ilegal" donde siempre hubo mexicanos, en una tierra que se fundó con nuestra cultura y nuestras raíces, y que ser un "hombre ilegal" casi me cuesta la vida.

Tuve suerte, cuando abrieron esa cajuela y volví a ver la luz del sol supe que estaba vivo, que tenía una segunda oportunidad, a diferencia de los más de seis mil inmigrantes que, desde 2000, han perdido la vida.

Por eso ahora, cuando escucho a Donald Trump o a Ted Cruz con su propuesta de las redadas antiinmigrantes, no puedo dejar de pensar que perseguirán a mexicanos en territorio que antes de 1848 fue nuestro.

Según los datos publicados en mi libro, La migración en México, ensayos de una ruta histórica, la mayor parte de los mexicanos que trabajan "ilegalmente" en Estados Unidos lo hace justamente en el territorio que perdimos en 1848 con el Tratado de Guadalupe, luego de la intervención norteamericana, y en los que Santa Anna vendió en el Tratado de la Mesilla más tarde en 1853; la mayoría, de hecho, radica en California.

¿Qué tan ilegal es un ciudadano que ocupa lo que un día fue su propio país? ¿Qué tan ilegal es un ser humano que regresa al sitio invadido? Ningún ser humano puede ser considerado ilegal bajo mínimas condiciones de derechos humanos, mucho menos los migrantes que han construido a Estados Unidos.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha establecido acuerdos para proteger a quienes han dejado sus países de origen. En 1990, la Asamblea General de la ONU adoptó la Convención Internacional sobre la Protección de los Derechos de Todos los Trabajadores Migratorios y Miembros de sus Familias. Todos, sin excepción, incluidos a los que falazmente llaman "ilegales"; y es que nadie puede ser "ilegal", alguien puede cometer ilegalidades, pero jamás ser ilegal por sí mismo. Sin embargo, esta convención no ha sido ratificada por los países miembro de la ONU, por lo tanto, su aplicación no es vinculante, sino voluntaria, basada en las buenas voluntades de sus gobernantes.

Pero ¿qué buena voluntad podemos esperar de hombres que excretan racismo en cada discurso? Sin una obligación legal, me parece más que evidente que un Donald Trump habitando la Casa Blanca no tendría el más mínimo reparo en intentar exterminar a los millones de migrantes que viven en Estados Unidos. ¿Cuántos sobrevivirán? Imagino las propuestas antiinmigrantes, las de deportar a más de 12 millones de personas y construir un muro, como una evocación a la "solución final" del nazismo que marcó las páginas más negras de la historia contemporánea.

Vale una pregunta, vale ser por un momento abogado del diablo: ¿tienen razón los norteamericanos radicales cuando nos culpan de los males en su tierra, de la falta de empleo, de la violencia, del crecimiento poblacional desbordado, de la crisis económica?

Los datos duros aniquilan la hipótesis del migrante responsable de los males norteamericanos. Los "ilegales" contribuyen más en impuestos sobre la nómina, de lo que reciben como beneficios públicos. Según la Social Security Administration, en 2010 pagaron más de 10 mil 600 millones de dólares; tan solo Montana pagó 2 millones de dólares y California más de 2 mil 200 millones de dolares. Sin sus aportaciones, el sistema de seguridad social estadunidense habría entrado en un déficit desde 2009 y hoy estaría sumergida en una crisis más produnda que no podría resolver ningún Obama Care.

Por otro lado, el mito de que los inmigrantes quitan puestos de trabajo a los norteamericanos es derrotado por los datos del Centro for Trade Policy Studies del Cato Institute. Aproximadamente ocho millones de migrantes indocumentados trabajan en diversos puestos y contribuyen a la economía en mayor o menor medida. Si de pronto estos migrantes desaparecieran, no se crearían ipso facto los mismos ocho millones de puestos sino, por el contrario, eliminaría inmediatamente a empresarios que les proporcionan el empleo, a los consumidores que se benefician del mismo y afectaría los ingresos del Departamento de Estado que obtiene de sus labores.

Aunque en la mente de racistas como Trump o Cruz, los mexicanos somos violadores, narcotraficantes, homicidas o ladrones, los datos de The American Inmigration Council señalan otra cosa: un mexicano de 18 a 39 años y con una educación menor que el bachillerato tiene, por ejemplo, menos posibilidades de ser encarcelado que un hombre de sus mismas características nacido en Estados Unidos, con 2.8 por ciento y 10.7 por ciento, respectivamente.

Inclusive, 1.6 por ciento de los inmigrantes hombres, entre los 18 y 39 años, están encarcelados, comparado con 3.3 por ciento de sus pares no inmigrantes, según el reporte que se basa en los datos del Censo 2010 y su encuesta American Comunity Survey. Entonces, cometen más delitos ellos que nosotros. Los violadores mexicanos de Trump, radican en su enferma imaginación.

Antes de hacer afirmaciones tan temerarias, Donald Trump debería preguntarse: ¿Cuántos terroristas han cruzado por la frontera de México a Estados Unidos? ¡Ninguno! ¿Cuántas armas para atacar a Estados Unidos han cruzado por nuestra frontera con ellos? ¡Ninguna! El fenómeno es al contrario: las armas con las que mueren miles de mexicanos se trafican de Estados Unidos a México, en algunos casos con la complicidad de su propio gobierno, como el programa operativo", que introdujo dos mil armas a nuestro país (una de ellas fue un fusil calibre 0.50, hallado en la casa de seguridad de Joaquin Guzmán Loera, El Chapo, el día de su recaptura).

¿Cuántas armas químicas, biológicas o nucleares de destrucción masiva se han introducido por nuestra frontera y la de Estados Unidos? ¡Ninguna! ¿Cuántos aviones han sido secuestrados por mexicanos o atentados terroristas se han llevado acabo por nosotros? ¡Ninguno!

Y por último, la gran pregunta en materia de seguridad nacional. ¿Juega México un papel estratégico para la seguridad de Estados Unidos en los 3 mil 200 kilómetros de frontera que nos divide o no?

Donald Trump debería conocer un poco más a México, pero debería conocer más al país que sueña con gobernar.