Cartas de América

La semilla del constituyente

Después de cien años nadie puede dudar sobre lo duro que implica para los mexicanos cargar con un pacto social que ha sido corrompido por casi la totalidad de los actores que deben promoverlo (gobiernos, jueces, legisladores y ciudadanos) . Un acuerdo hecho por quienes hace casi una centuria triunfaron a través de las balas e impusieron un texto constitucional brillante y adelantado, cuya redacción sorprendió al constitucionalismo universal y marcó un hito sobre un Estado social de derecho.

Vaya, la tarea realizada por los constituyentes del 17 se antoja inigualable, y lo es. Sin embargo, no sólo el tiempo, porque a él, nuestra Carta Magna lo hubiera resistido, sino la voracidad “reformista”; la pésima técnica legislativa; la gran desconfianza entre los actores que ha llevado a hacer reglamentos dentro de nuestro texto supremo; la idea de reinventar al país cada seis años; y, lo más atroz, alterar en su espíritu social a la primera constitución de ese tipo en el mundo, precedente de la de Weimar en Alemania, ha marcado con un imborrable sello de caducidad a la Constitución Política de 1917.

Entre la academia se han vencido las principales resistencias sobre ésta necesidad; los actores políticos saben de lo imperioso que es para el país reformular su Contrato Social; y, nuestra sociedad, generalizadamente, entiende y pide a gritos, que las cosas cambien, y para que el cambio no sea cosmético, como ha sido a veces, sólo llegando a un nuevo arreglo de común acuerdo entre todos, podremos respetarlo y usarlo para volvernos a entender como mexicanos.

Otras sociedades hermanas se nos han adelantado y tienen positivos resultados a la vista. Los factores que las llevaron a ello son iguales o similares a los nuestros.

En Colombia en 1991, los niveles de violencia eran tan duros como los que padecemos en México. Y se pensó, que acercando mediante un nuevo texto supremo a la sociedad, los violentos iban a salir de ese cuarto en el que sólo habitaban políticos, guerrilleros y narcotraficantes, por la llegada en masas de la sociedad. No pasó de inmediato, pero sin duda, fue el principio del fin de su barbarie.

Bolivia, Venezuela y Ecuador, con configuraciones sociales, económicas, políticas e históricas que parecen copiadas de la nuestra, arribaron a procesos constituyentes. Para los primeros, fue un triunfo de los movimientos sociales; la hoy perdida legitimidad del chavismo, se ganó gracias a la confluencia de todos los actores de los diversos espectros políticos en la redacción de su Carta Magna; y en todos los casos, incluyendo al colombiano y ecuatoriano, la condición histórica fue determinante.

Parece un sendero de paso obligado para México, pero antes, habrá que evaluar riesgos, anteponer acuerdos y generar en función de la idea del país que se pretende y se requiere, a las mayorías y minorías que lo hagan posible.

El pasado jueves la Facultad Latinoamericana en Ciencias Sociales (FLACSO) y la Fundación Alternativa para la Democracia y el Debate, A. C., que preside el Ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, organizaron en la sede mexicana de la FLACSO un conversatorio sobre el tema. En él, Roberto Viciano advertía sobre los riesgos de activar procesos de esta naturaleza, sin antes, tener las mayorías que los respalden, ya que los del otro lado pueden hacerlos suyos e imponer sus agendas.

La triada de ideas-normas-realidades parece sencilla. Pero encierra grandes procesos, y más si se trata de una nueva normatividad suprema.

Por ello es largo el primer trayecto, el de la acumulación de muchas discusiones y debates para el arribo de ideas claras sobre los verdaderos intereses comunes.

Que a pesar de conocer con claridad la urgencia sobre atacar con firmeza la pobreza, la corrupción y la violencia; no podemos dejar pasar que el conjunto ideático tiene que incluir una gran gama de derechos que, por supuesto, deben incluir a las minorías.

Los derechos de tercera y cuarta generación, a pesar de estar parados en un país que no consigue garantizar los de primera y segunda, no pueden, ni deben, ni siquiera en el debate, ser dejados de lado.

Esa es la importancia de la semilla que dé origen a este proceso, la semilla ideológica que debe darle forma y fondo, hasta alcanzar junto con el verdadero soberano (el pueblo), una nueva forma de entendimiento en el que las mayorías y minorías no solamente estén integradas, sino que hayan sido parte fundamental del resultado; cuyo diseño, método y relato, germinará con la integración determinante en el proceso, de la participación ciudadana.