Cartas de América

El retorno del “carro completo” (II)

Los absolutismos del poder quedaron atrás desde el momento mismo en que el variadísimo mosaico social que integra a toda población, se convirtió en el responsable de elegir a los ganadores de las contiendas...

A pesar de las múltiples analogías que hacen encajar la lucha electoral que se desarrolla en las democracias occidentales de hoy, con aquellas batallas épicas en las que auténticos guerreros peleaban “vida o muerte” frente al enemigo; hoy, no se trata de matar y vencer o perder y morir. Los absolutismos del poder quedaron atrás desde el momento mismo en que el variadísimo mosaico social que integra a toda población, se convirtió en el responsable de elegir a los ganadores de las contiendas.

Es así que en nuestras batallas se acabaron las derrotas absolutas, y también, los triunfos totales; por la simple razón de que quienes deciden son tan variados como aquellos que deben ganar, y así, los triunfos se relativizan, de la misma manera que lo hacen las derrotas.

El sistema político debe funcionar de tal manera que se acerque lo más posible a ser un reflejo de la sociedad que representa. Si México tuviese un sistema parlamentario, esto sería posible incluso en el Poder Ejecutivo, tristemente no es así, y nuestra arraigada cultura presidencialista aleja mucho la posibilidad de un cambio tan radical en nuestro Estado.

Sin embargo, bien podemos reconfigurar el parlamento para que éste sí integre lo más fielmente posible, la realidad de una masa social tan compleja como la que implica un país con la diversidad socio-cultural y la amplitud poblacional que tenemos.

Por ello, lejos de retroceder en ésa meta, como lo propone el PRI, debemos  impulsar un nuevo sistema electoral que haga posible en la Cámara de Diputados, el tener integradas a las diversas expresiones y las múltiples necesidades y demandas de las y los mexicanos.

Aprovechemos la ventana de oportunidad que involuntariamente abrió el PRI con su propuesta de consulta popular, para repensar nuestra limitada representatividad electoral en el cuerpo legislativo que tiene como espíritu de su existencia, el representar al pueblo.

Para ello, se hace importante definir en primer término, quién elige a aquellos que llegarán a las boletas bajo el auspicio de una partido político. Como relata Giovanni Sartori en su genial obra de “Ingeniería constitucional comparada” (Fondo de Cultura Económica), hay dos formas concretas de llegar a esta decisión: una es de carácter nacional en un partido centralista, y la otra es territorial, por medio de los militantes de base. Para evitar las decisiones verticales que muchas veces se alejan del sentir popular y lejos de permitir el triunfo, encauzan a derrotas seguras, es conveniente para los propios partidos, dejar esa decisión entre quienes viven y sienten directamente la realidad de sus distritos, es decir, el segundo esquema en donde la militancia (primarias cerradas) elige a sus candidatos.

Si bien el número de personas que participan en una elección interna es reducido respecto del total de la población, ese mismo hecho induce a la participación política de la ciudadanía, y, en el último de los casos, aquellos que participan y con su elección hacen patentes sus inclinaciones políticas, finalmente están adquiriendo merecidamente más derechos que aquellos que deciden ser apáticos de los procesos políticos de su entorno.

Para el siguiente paso del proceso, México adoptó un sistema dual de representación uninominal y plurinominal, en donde habría que explicar, primero, uno y otro. El primero es aquel donde  se eligen representantes en cada uno de los trescientos distritos electorales en que se divide al país, y operan bajo el sistema de “el primero que llegue a la meta”: un solo ganador y muchos perdedores. El segundo, trata de cinco listas circunscripcionales en que se divide al país, agrupando en cada circunscripción a cierto número de estados de la República; siendo asignados a cada una de tales demarcaciones electorales, 40 diputados por el principio de representación proporcional (RP) que se asignan a cada lista de partidos registrada, en el orden de prelación indicado por el mismo partido, hasta el número que su propia votación consignada en las urnas les permita.

Es así como los mexicanos elegimos actualmente a los 500 diputados federales que llegan a la Cámara de Diputados. La competencia entre quienes van “por tierra” y son elegidos directamente por los ciudadanos pierde la representación directa de más de la mitad de los electores, que en su mayoría, votan por dos o más propuestas diversas a la ganadora; lo que aleja al ciudadano de su diputado.

Si ésa distancia existe con un representante directo, imaginemos la existente entre uno indirecto y el ciudadano. Son mundos alejados, que en un siguiente texto me permitiré exponer y proponer cómo resolver; para tener un verdadero cuerpo legislativo representante del pueblo y no del “carro completo” del partido único.

Twitter: @Luentes

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