Cartas de América

El retorno del “Carro completo” (III y última)

Es necesario abrir los distritos electorales uninominales para que en ellos, con un tamaño superior al actual, ingresen también los diputados de representación proporcional, en los que pueda ser electo más de uno.

Para arribar al escenario óptimo de representación proporcional y directa de un parlamentario, tenemos que cambiar todo el sistema de elección actual. Es necesario abrir los distritos electorales uninominales para que en ellos, con un tamaño superior al actual, ingresen también los diputados de representación proporcional. Distritos en los que pueda ser electo más de un diputado, distritos que agrupen a los “unis” y a los “pluris”; de tal manera que la vía única para arribar a la Cámara baja sea por la de la competencia directa en territorio gracias al voto del ciudadano. Agrupando al país en 100 distritos aproximadamente tendríamos, con el actual número de diputados, a 5 representantes por distrito que sean electos directamente por la población del lugar.

En estricto orden de votación del uno al quinto, serían asignados los diputados, pudiendo un partido obtener más de uno, dos o hasta tres de esos espacios, presentando listas por el total de los cargos a elegir en cada ámbito territorial; de tal forma que la gente vote a la opción que más le parezca de cada partido como primera opción y del mismo o de otro partido en su segunda, teniendo así, un doble voto.

Con el voto de esta manera, además, evitas las pugnas internas en los partidos para elegir candidatos, ya que se amplía el universo de los mismos de uno a cinco. Los cinco se tienen que presentar ante el soberano para conseguir su respaldo, avalados por el partido político que los haya propuesto y así, se deja la decisión de quién verdaderamente cuenta con el respaldo popular en la gente, y no en la cúpula partidista.

Como segundo resultado, gracias al voto doble, que puede repetirse en un partido, pero no en un candidato, se genera la posibilidad de una doble opción en los electores que estén indecisos sobre la orientación de su voto, lo que le permite al ciudadano la seguridad de estar avalando con éste a quien realmente quiere y no al menos malo; y abriéndose el abanico de candidatos de tres o cuatro, a quince o veinte.

Esto hace que aquellos dirigentes de partido que ordinariamente compiten en las listas plurinominales, tengan que regresar a sus orígenes o por primera vez estén ahí para adquirir el voto, y que se comprometan con un electorado con el que tendrán que volver en tres años si quieren mantener el cargo. Ahí se presenta la prueba de fuego para las estructuras partidarias, ya que si tienen una verdadera trascendencia con los ciudadanos, éstos reconocerán su trabajo de cuadro dirigente y les brindarán su apoyo aún quitándoselo a un líder local con más arraigo. De lo contrario, queda expuesta que la ciudadanía no reconoce el trabajo de la dirigencia y prefiere al vecino que está ahí, día con día. En cualquier caso, es la decisión de la gente la que marca el rumbo o el perfil de su representante.

Siendo distritos tan grandes, que realmente serían tres de los actuales, los candidatos tendrían que concentrar sus esfuerzos en un determinado espacio de los mismos, lo que lleva a que los electores de una parte del distrito, voten por la persona que tiene más a la mano y en consecuencia a la que más conocen, repartiéndose así, las cinco diputaciones en dos o tres regiones del propio distrito para que se permita una representación real conforme a la composición del territorio.

Con un simple candado que impida que un mismo partido obtenga más de tres representaciones por distrito, evitamos que se cierre el espacio a los partidos minoritarios o segundos lugares para que la composición camaral quede integrada por una variada cantidad de fuerzas políticas, y que aquellos electores que votaron por las minorías, vean reflejados sus esfuerzos en un número de representantes tan importante como los votos obtenidos.

Con ello también se incentiva la participación, ya que la población al saber que tiene más condiciones reales de decidir y que el ganador no será únicamente uno, se anima a participar y ser parte de un proceso que respete tanto a las mayorías, como a las minorías.

La asignación es lo más simple: los cinco candidatos más votados de los diversos partidos son los electos, si más de tres recaen en el mismo partido, entonces se elige a los dos más votados de uno u otros partidos para componer los cinco representantes distritales.

Este método electoral genera un último incentivo a favor de la gente: habiendo más de un diputado por distrito, todos se ven obligados a rendir cuentas, ya que la competencia entre unos y otros, hace que los ciudadanos sean los grandes ganadores de esa necesidad política de no quedarse atrás por parte de los diputados.

La anterior, es una humilde propuesta que busca una mayor representatividad de la pluralidad de México y no retornar a un “carro completo” absolutista, como el que vivimos el siglo pasado.

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