Cartas de América

El pequeño país de Trump

La voracidad mercantilista, cuyo mejor exponente son los Estados Unidos, lleva varios años haciendo y formando sociedades de consumo en donde lo que importa es únicamente el dinero. Nada antes ni después del dinero resulta importante.

El talento sólo se aprecia y distingue si se refleja en el dinero; los estudios o el conocimiento, sólo sí sirven para hacer dinero; los buenos modales se exaltan porque permiten convivir en mesas distinguidas pero se sobajan si ponen en aprietos la posibilidad del acceder al dinero; "ayudar" a la gente que menos tiene implica solamente la posibilidad de evadir impuestos y crear encuentros de convivencia... para hacer dinero.

Pero ésa no es la realidad de los verdaderos Estados Unidos. De manera oculta al gran capital existe otra historia, otros valores, otras ideologías que nutren y forman a una sociedad distinta.

Ésa otra historia que nadie cuenta en los canales de televisión no pasó por alto para Howard Zinn, quien en "La otra historia de los Estados Unidos" (Edit. S. XII), nos explica sobre esos movimientos políticos y sociales, que en el caso de los habitantes originarios de aquellas tierras, fueron aniquilados por las olas de migraciones europeas que invadían sus territorios, y al mismo tiempo, los dejaron ante la cultura como malvados y tramposos que osaban atentar contra el estilo de vida que nacía en el viejo oeste.

Otras historias de rebeliones y sacudidas a sus propios gobiernos las hicieron los movimientos obreros, quienes sacaron con su trabajo arduo y doloroso a su país de los estancamientos económicos producto de la avaricia de esos grandes acaudalados que "forjaron" la gran marca de USA.

Los derechos de las minorías raciales, en especial de los afrodescendientes, hubieran tenido otro impacto en el tiempo y en su energía, no sólo en los EEUU, sino en el resto del mundo si no hubiera sido por el valor los descendientes de los esclavos de las ex colonias británicas en América.

Las manifestaciones en contra de la invasora guerra yanqui en Vietnam y el despertar de otras formas de vida trascendieron los esquemas de amor al capital instaurado y propagandizado como única solución a la felicidad por los gobiernos de la Guerra Fría.

Todo ese amor por el dinero ha sido promovido tanto por demócratas como por republicanos. Lo han enaltecido los antecesores de Hillary Clinton como de cualquier republicano con una trayectoria normal en política.

Pero ahora se encuentran, contra todos los presagios de los opinólogos de allá y de aquí, con la candidatura de Donald Trump. Candidatura por la que no dieron un céntimo a pesar de que fuera rebasando encuestas internas y ganara primarias una tras de otra.

Una candidatura que representa el prototipo del yanqui vacío de ideas y lleno de dinero que por ello es ovacionado aún con todos sus defectos. Defectos que se tornan menores ante la bravuconería de quien amaneció después de las convenciones de ambos partidos, como del favorito.

El pequeño país que este personaje idealiza en su mente, al que convoca a "hacer un gran Estados Unidos de nuevo", es el mismo que a lo largo de toda la Guerra Fría fue delimitado a su mínima expresión, que después del triunfo de Ronald Reagan y Margaret Tatchercontra el socialismo,fue reduciendo lo grandioso de los Estados Unidos a tener mucho dinero y pocas ideas que te estorben... para hacer más dinero.

Por ello, es absolutamente compresible que los guardines despierten contra aquellos amos que llevan medio siglo ofreciéndoles el sueño americano, y a cambio, sólo les han dado deudas con tarjetas de crédito e hipotecas.

Ese hartazgo se acompaña del arribo de un testarudo que ejemplifica a quien sí pudo, quien ha sido capaz de cumplir ese sueño desde antes de ganar la nominación, y que con falsedad hace pensar, que fácil, "podrá replicarlo en cada estadounidense que se atreva a sacar de su puesto a los mentirosos que sólo se los han prometido".

Cada vez me convenzo más del triunfo de Trump en noviembre próximo, la posibilidad de sorprendernos ha llegado al grado de pensar que el 20 de enero el mundo pasará de la posibilidad de tener a la primera mujer en la Casa Blanca, recibiéndola de manos del primer negro, a la de un yanqui blanco y mercantilista más, sin atributos de minoría racial o sexual, para que sea el líder 45 de aquel país.

¿Y qué va a hacer Trump estando ahí?

No mucho más de lo que ella hubiera hecho, sólo que con mas incertidumbres y menos frialdades. Finalmente, tendrá que gobernar a su pequeño país, olvidando, como lo han hecho los otros 44 presidentes, su verdadera riqueza cultural y social.