Cartas de América

El objetivo de la desigualdad

El día no marca a la lucha como la lucha al día. Uno puede empañar a lo otro si no es entendido el 8 de marzo desde la perspectiva de la lucha feminista que pugna porque las relaciones sociales se tornen hacia la liberación de la mujer eliminando las injusticias entre los sexos; sin embargo, envolver discusiones en banderas sobre cómo debe conmemorarse un día, relegar a quien no tiene un sexo del poder de opinión sobre dicho acto; y ante todo, de poder decir cómo recibirlo, regarlo, mencionarlo, entenderlo, conocerlo, comentarlo o pensarlo, muestra sin duda la misma capacidad que algunos tienen para explicar sus fanatismos en función únicamente de su nublado entender de la reflexión que desean homogenizar cual si fuera una obligada forma de pensar.

Como en la Segunda Guerra Mundial, la mujer ha demostrado su valía equiparable a la de cualquier hombre, lo cual les ha permitido ganar luchas como la del voto. Pero toda lucha vista desde la ignorancia, hace imposible saber qué pasó o qué pasa si ello se ha hecho y se hace desde la normalidad. Como lo son avances sólo reflejados en un poco más de ingreso familiar por la precariedad nacional que hace de un ingreso monoparental algo de risa.

Educar en sentido amplio pasa por provocar una reflexión apta de entender y entonces poder explicar para así generar un cambio en cadena, que no se consigue con consignas desde el dolor, sino con mensajes que lo visualicen como tal y expresen su sin razón.

No se trata sólo de enaltecer el día ni de documentarse en las cifras del horror, sino de pretender algo que llegue al 9 o 10 de marzo, o al 10 de mayo; y no se quede en el día de ella o ellas, sino en el de quienes aquí estamos, juntos, en compañía necesaria y no por ello, obligada, sino sanamente compartida.

Confrontar posturas desde la empatía y causar reflexiones articuladas que puedan superar atavismos, consigue más, que sólo atacar una herencia cultural que con dificultad se extirpará con una confrontación hiriente.

No se trata de desvictimizar o victimizar, sino de poder evitar la siguiente generación de víctimas a partir de cerrar la fabrica de victimarios sin acabar con ellos, sino con las conductas que los convierten en ello; muchas veces, ambos sexos, sujetos de la doble posición de víctimas y victimarios.

Hacer el ejercicio de la lucha algo lúdico, didáctico y pedagógico, ya que ni la letra ni la idea, con sangre entran. Menos la convicción y la contra cultura que violenta al género femenino sólo por serlo.

Citar cifras no ha conseguido cambiarlas, mencionar ausencias en la fotos de los hombres del poder, no ha integrado mujeres, y haber integrado mujeres al poder, no ha provocado empoderar a las mujeres; incluso, empoderar a las mujeres (al menos en México), no ha cambiado o evitado el avance de las escalofriantes cifras de la tragedia de género que nos hunde desde siempre y parece profundizarse de unos años a la fecha.

Entender que el problema no tiene solamente un nombre, que más bien se llama de tantas formas que combatir desde una, atropella a las demás; es como cuando destinar recursos aquí descobija la asignación de recursos por allá.

Ya que nuestro problema es tan sistémico, que no se llama desigualdad entre hombres y mujeres, sino con mayor profundidad: desigualdad. Mientras vivamos en una sociedad con las desigualdades de la nuestra, difícil será atacar una de ellas en exclusiva.

Entendamos el problema erradicando nuestras intolerancias multidireccionales para facilitar su entendimiento desde el común que nos conjunta en una sociedad harto problemática, y desde ahí, podremos pensar en el argumento que haga comprender uno de nuestros tantos rezagos.

Sí, claro que convergen problemas entre quienes más rezago tienen, y sabemos quiénes son. No lo son los hombres jóvenes de clase media y tez blanca que viven en las urbes mexicanas, aunque éstos sólo tengan acceso a educación patito y un mal empleo que con dificultad les permitirá vivir felices y cultos como para entender su problemática.

Pero así como la unión de las mujeres más allá de sus diferencias de clase les puede permitir combatir algunas de sus desigualdades frente a los hombres; sólo la lucha contra la desigualdad hará posible acabar con las desigualdades determinadas por las condiciones de sexo, cultura, origen étnico, condición social o ubicación geográfica.

“La mujer es la proletaria del proletariado”, dijo en el siglo XIX Flora Tristán, una de las precursoras del feminismo, por ello quienes ostentan los cómodos sillones del control de nuestros bolsillos sin producir riqueza sino sólo plusvalía a costa del pobre, es la misión.

La lucha de género tiene que comenzar con la lucha de clases para poder traducirse en algo posible dentro una sociedad menos desigual que eventualmente anule la desigualdad de los sexos desde la empatía compartida entre ellos dentro de sociedades menos injustas entre los humanos.