Cartas de América

1 de julio de 2018

Sólo con una fuerza progresista agrupada se concibe el ascenso político al poder nacional y la primera de las alternativas fue depuesta por la mayoría de sus partidarios hace décadas, muchos de ellos, ahora dirigen o han dirigido los rumbos electorales en partidos políticos

No fue la desunión lo que impidió el arribo a la Presidencia de la República, fue el fraude electoral para el que no hemos encontrado antídoto.

Reza la consigna que “el pueblo unido, jamás será vencido”, y la ideología que enarbola dicha frase, así como la representación de las masas habitualmente desposeídas, es la izquierda. Es así que para conseguir dicha unidad los diferentes referentes de éste espectro han tenido que agruparse, aún con sus matices o contradicciones, que pueden ser profundas, para estar en condiciones de tomar el poder del Estado y conseguir su cambio, de lo contrario, pulverizadas, se limitan a ser fuerzas espectadoras y, en el mejor de los casos, sanas oposiciones al poder de la derecha.
De no ser por la vía armada, sólo con una fuerza progresista agrupada se concibe el ascenso político al poder nacional y la primera de las alternativas fue depuesta por la mayoría de sus partidarios hace décadas, muchos de ellos, ahora dirigen o han dirigido los rumbos electorales en partidos políticos.
Y es un comentario general justo lo contrario, que el principal dique para el triunfo de dicha fuerza en México, es su desunión. Haciendo la somera reflexión que el espacio permite, lo anterior se desmiente, la izquierda ha competido electoralmente en unidad al menos dos veces: en 1988 con el Frente Democrático Nacional y el Ing. Cuauhtémoc Cárdenas a la cabeza; y en 2006 con Andrés Manuel López Obrador como candidato de la coalición “Por el Bien de Todos”. En ambas ocasiones no fue la desunión lo que impidió el arribo a la Presidencia de la República, fue el fraude electoral para el que no hemos encontrado antídoto.
Las anteriores reflexiones vienen a tono por un par de mesas de discusión organizadas por la Fundación para la Democracia que preside nuestro primer jefe de gobierno emanado de la voluntad del pueblo, Cuauhtémoc Cárdenas, realizadas los pasados 14 y 15 de noviembre,  a las cuales fueron invitados, entre otros, Pablo de los Reyes, presidente de la Comisión Nacional de Organización del Frente Amplio (FA) de Uruguay; y, Margarito Nolasco, secretario de jóvenes del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).
Las dos agrupaciones políticas son gobierno en su país y ambas nacieron de la confluencia de diversas fuerzas de izquierda. El primero (FA), por tener un origen como organismo de carácter electoral y no guerrillero (FMLN), tiene más consonancia con nuestro país; otra similitud es que en los dos partidos ha habido disensos que han derivado en fracturas, pero éstas han quedado saldadas por la poca o casi nula votación que han obtenido en elecciones compitiendo por su cuenta los inconformes, lo que  los ha fortalecido, hasta llegar al poder la década pasado de sus respectivas naciones.
El FA está por concluir su segundo mandato, para el tercero es muy probable que repitan con su figura histórica, Tavaré Vázquez, quien ganó en 1989 Montevideo y después de un par de intentos, en el tercero consiguió ser el antecesor de José Mújica en la presidencia. Y desde 2004 que llegaron al gobierno el cambio a partir del fortalecimiento de las libertades humanas, crecimiento de la clase media y de la disminución de la pobreza (9 por ciento), dejó claro que la izquierda debe gobernar en sociedades tan desiguales como la nuestra.
¿Pero cómo conseguir ese propósito con cuatro partidos de centro izquierda, izquierda o izquierda radical en el mapa electoral mexicano?
La respuesta común es la unidad, como premisa indispensable; y ante tal desunión, el resultado es el fracaso. Así se pinta la cosa.
Como las incisiones del Partido de la Revolución Democrática (PRD) no tendrán los mismo resultados que tuvieron las sucedidas en el FA o el FMLN, no es posible apresurar que el PRD, como fuerza principal, se vea fortalecido con el Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA), al contrario, éste restará votos que indudablemente dividirán.
También lo harán el Partido del Trabajo (PT) y Movimiento Ciudadano (MC). Eso es algo no podemos evitar en la próxima elección federal de 2015, lo que sin duda generará menos diputados, presidencias municipales y, tal vez, jefaturas delegaciones en el Distrito Federal para el PRD. Pero es completamente evitable en 2018.
Para la elección presidencial de ése año MORENA no tendrá la obligación legal de competir en solitario, como en 2015. La misma elección será una buena experiencia que permitirá medirse de la mejor manera posible: en las urnas.
Y 2018 plantea el escenario ideal para reagruparnos, al menos electoralmente, antes, aceptémonos y respetémonos, que nuestro adversario común se nutre de nuestros pleitos.