Cartas de América

El fracaso de los tecnócratas

Con la pobre memoria nacional como apuesta, Carlos Salinas de Gortari buscó, con “La década perdida”, reivindicar su labor como presidente de 1988 a 1994. Años que para la economía nacional parecieron prósperos, incluso al final de su mandato, etapa en la que selló con los gobiernos de Estados Unidos y Canadá el Tratado de Libre Comercio (TLC). Mismo que entró en vigor el día del levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas, el primero de enero de su último año de gobierno, 1994.

Para diciembre de ese año vendría la última de las grandes devaluaciones monetarias que la población mexicana haya sufrido. El espejismo primermundista en que se basó el éxito del mandatario estaba situado en una balanza económica que colocó al peso frente al dólar en una posición ficticia, de la que salió, haciendo reventar a la economía como lo hace un globo con exceso de aire. Este globo fue inflado con el gran programa nacional de Solidaridad, el programa populista en el que Salinas basó sus expectativas sociales, fue inflado con la venta de buena parte de las principales empresas nacionales a capitales privados, como Telmex, la banca, aerolíneas, etcétera.

En “La década perdida”, Carlos Salinas atacó frontalmente a la forma de gobierno que dice, lo sucedió en el poder, el neoliberalismo encabezado por Ernesto Zedilo y Vicente Fox. Y al populismo encabezado de 2000 a 2006 en la Ciudad de México por Andrés Manuel López Obrador. Guardando el debido cuidado de no referirse a éstos gobernantes por sus nombres, simplemente por sus periodos, Zedillo, Fox y López Obrador fueron firmemente señalados como los responsables de lo que los analistas internacionales (de quienes Salinas se guió) llaman como una década perdida en el desarrollo nacional.

Hizo uso de información internacional para fundar sus dichos, como los comparativos de crecimiento económico en el mundo y particularmente en América Latina, de los que México sale siempre por debajo de promedio. Recupera las cifras del crecimiento del PIB que el país mantuvo en su sexenio y las compara con los siguientes, sin mencionar que ese crecimiento se cimentó en la especulación que llevó a la ruina a millones de mexicanos, y a los menos a afortunados los sumó a la extrema pobreza.

Y dando el beso de Judas, mantiene que Felipe Calderón fue un presidente “reformador y modernizador”, términos que en su libro y cuando gobernó empleó para llamar a su política neoliberal. Cuida las formas al respetar al entonces gobernante en turno, de quien dice compartir sus iniciativas, como la reforma al sistema de pensiones del ISSSTE en 2007 y aplaudió su decisión para seguir impulsando los escenarios que saquen al país del atraso en que nos dejó la década perdida, misma que marca un negativo impasse entre su gobierno y el de Calderón.

Hoy, a dos años del retorno del PRI al poder, podríamos haber imaginado que el periodo de estancamiento terminó, que por fin regresamos al desarrollo, “reformador y modernizador”, que vivimos en la primera mitad de los noventas.

Con los herederos de la escuela tecnocrata de los ochentas y noventas sentados en los escritorios del gabinete económico del gobierno de Enrique Peña Nieto, y según la tesis de su maestro, Carlos, las cosas debieron de haber comenzado a cambiar. El desarrollo debiese de estar a la vista y los mexicanos deberíamos de estar olvidando la escases y la carencia. Pero no es así.

Estamos a un año y medio del comienzo del nuevo gobierno y la misma clase tecnócrata que llevó a la ruina de 1994 al país, regresó en la persona de sus rigurosos alumnos, a darnos una segunda ración de regresión económica.

Esa clase que tomó el poder desde el gobierno de Miguel de la Madrid y que practicamente no lo ha soltado desde entonces, camina contra la objetiva realidad de sus resultados, a ellos no les dice nada el ejército de pobres que inunda los semáforos de las urbes o los cinturones de pobreza que las rodea, mucho menos les dicen nada las cifras macroeconómicas que siempre citan tramposamente con las cuales buscan a costa de los evidente, crear ficciones que terminan desmoronándose ante la triste realidad: la pobreza.

Es así, que después de 32 años de seguir los dogmas de la tecnocracia neoliberal, podemos estar seguros del fracaso de sus políticas de crecimiento económico. Lo malo, es que quienes pagamos su fracaso, somos quienes hemos sido víctimas de sus dogmas, sus gobernados, los mexicanos. Ellos, sólo tienen que escribir algún libro para limpiar sus conciencias.