Cartas de América

La encrucijada de la barbarie

Antes de llegar a una frontera, los migrantes tienen que transitar por un territorio que los castiga duramente por el simple hecho de su condición de indefensión absoluta; caminan en una carrera de resistencia al dolor, al hambre, a la sed, al clima, pero sobre todo, al peor enemigo: el de su misma especie.

Con dos niños en los brazos y tres más que la rodean, llegó una mujer al albergue “Hermanos en el camino” del Padre Alejandro Solalinde, es increíble, dice el Padre, que una mujer haya podido transitar por el techo de un tren de carga por cientos de kilómetros hasta llegar a Ciudad Ixtepec, Oaxaca. El Padre, defensor y protector de miles de transmigrantes en su paso por el sureste mexicano hacia la tierra de la “prosperidad”, nos cuenta esta historia a una docena de personas que no podemos más que indignarnos.

Esto sucede porque antes de llegar a una frontera que busca expulsarlos con crueldad, tienen que transitar por un territorio que los castiga duramente por el simple hecho de su condición de indefensión absoluta. Son migrantes, en su mayoría centroamericanos, que caminan en una carrera de resistencia al dolor, al hambre, a la sed, al clima, pero sobre todo, al peor enemigo: el de su misma especie.

Ese enemigo que lo orilló a salir de su país, es el mismo que atenta contra su integridad física y moral, que los trata como el reflujo menor valuado de la clase humana. Aquel que sale contra su voluntad en busca de una alternativa de vida, se tiene que enfrentar en ese recorrido a la barbarie omisa del gobierno mexicano cuyas instituciones son, diciéndolo de forma amable: incompetentes.

La omisión de estado que cometen en su contra en sus naciones, sólo es comparable con la que tienen que vivir en el tránsito de nuestra frontera sur, a la línea que nos separa de Estados Unidos.

Son imponderables que nadie con poder se atreve a resolver, crímenes diarios y por miles que suceden a la vista de sociedades omisas y gobiernos cómplices. Mientras, miles de niños y niñas ven perdida su infancia y en ocasiones su vida, víctimas de trata con fines sexuales o venta de órganos. Un auténtico salvajismo de humanos contra humanos.

“La violencia ha creado una oportunidad de negocio para ellos [los traficantes de indocumentados]. Pero los niños no vendrían voluntariamente, dejando sus países y sus familias, si no estuvieran viviendo allí algo terrible”. Dice Wendy Young, directora de la organización KIND (http://goo.gl/ODaFGk). Según la misma nota, 52 mil niños han llegado a la frontera con los estados Unidos en lo últimos ocho meses sin la compañía de un adulto. Lo que supone un problema enorme para el gobierno de aquel país, que incluso mandó a su segundo al mando, el Vicepresidente Joe Biden, a advertir que no permitirán que este reflujo migratorio continúe.

¿Pero cómo lo pueden evitar? Tanto los países expulsores, como el receptor, se encuentran en una encrucijada que nadie atina a resolver, por la implicaciones que tiene. La migración ilegal en busca de un horizonte que al menos permita la sobrevivencia, es el resultado del abuso y del saqueo que permite la riqueza de estados Unidos, en la misma proporción que se provoca la pobreza de los países de América Latina, en particular de Centro América.

Como dijera Eduardo Galeno en “Las venas abiertas de América Latina”, publicación de 2012: “La lluvia que irriga a los centros de poder imperialista ahoga los vastos suburbios del sistema. Del mismo modo, y simétricamente, el bienestar de nuestras clases dominantes –dominantes hacia dentro, dominadas desde fuera- es la maldición de nuestras multitudes condenadas a una vida de carga”.

Mientras no exista una política acompañada por los estados involucrados en su conjunto, las alternativas son pocas, pero existentes. México, como un lugar obligado de tránsito para miles de estos niños, debe de responder humanitariamente. A propuesta de la diputada Amalia García, está en la Cámara de diputados instalada la discusión de una ley que permita a los menores no acompañados, que salen en su mayoría en busca de su padre o madre, obtener asilo humanitario por parte del gobierno mexicano, en lo que se revisa la situación específica del menor, para no deportar al infante de regreso al infierno que lo obligó a salir de su país.(http://goo.gl/fqnjqI).

Es una medida paliativa, pero congruente con los actos humanitarios que ha mostrado México en otros momentos históricos cuando se trata de salvaguardar los derechos humanos de aquellos que no los tienen garantizados en sus países. Esperemos que exista congruencia con la reciente publicación del Plan Nacional de Derechos Humanos, y una medida de ésta naturaleza sea respaldada por nuestro gobierno en el Congreso de la Unión.

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