Cartas de América

Descentralización urgente

La finitud de nuestra presencia en este mundo hace que eventos como el vivido el pasado martes nos evidencien temores hacia lo incontrolable que es la naturaleza para el ser humano.

Sin embargo, para México no es novedoso sufrir un sismo, vivimos junto con otros 29 países, en las costas del Océano Pacífico que agrupan varias placas tectónicas y permanentemente se friccionan acumulando tensión que, de vez en cuando, se manifiesta; haciendo que en los de 40 mil kilómetros del Cinturón de Fuego se produzcan 80 por ciento de los más violentos terremotos de la tierra.

Si hacemos un recuento de los sismos documentados en nuestro país, nos queda una historia añeja en cuanto a tragedias provocadas: por ejemplo, el sismo del Ángel, en 1957, que provocó alrededor de 700 muertos en la Ciudad de México; qué decir del terremoto de 1985 cuya cifra de muertes siempre ha estado en duda pero que sumó, al menos, 10 mil muertos; los poblamos vivimos uno de 7.5 grados en 1999, entre otros.

Y es que “tan sólo en los últimos 12 años, el Servicio Sismológico Nacional reportó 16 mil 540 sismos en la República Mexicana con magnitud igual o superior a 3.5 grados en escala de Richter. Es decir, que en este país se registran casi cuatro sismos por día dentro de ese rango de magnitud” (https://goo.gl/Q99UXC).

Como es obvio, no podremos evitar que la tierra se mueva, tampoco despoblar la basta zona con gran actividad telúrica en la que está parte de México; lo que sí podemos hacer es transitar de la manera más humana posible con este hecho ineludible.

Con ello, hablo de la capacidad que tenemos como animales pensantes de razonar, entre muchas cosas más, los riesgos a los que nos enfrentamos.

Por coyunturas históricas asentamos la principal urbe nacional sobre el agua, literalmente. Poblamos una megalópolis en el transcurso de cientos de años que concentra, cual si fuéramos un país centralista, a los poderes del Estado, centralizados, descentralizados, autónomos y de toda índole; al mundo cultural, académico y artístico, que está en la Ciudad de México; de manera natural, la clase empresarial se ha asentado ahí; lo cual ha llevado a una sobre población de servicios que le dé vida a este complejo entramado social.

Ello explica la densidad poblacional de la CdMx, que es la cuarta más grande del mundo (https://goo.gl/JhYDmM), haciendo que buena parte de ella, haya crecido hacia arriba, en edificios.

La demanda tanto de vivienda como de espacios de oficina y de servicios encarece los costos y genera plusvalías estratosféricas, hay zonas de la ciudad cuyos precios han aumentado, por metro cuadrado, hasta en un 45 por ciento de un año a otro (https://goo.gl/WUFWKc); esto, en un país tan terriblemente corrupto como el nuestro, es la semilla de la catástrofe como la conocimos el martes.

Si como lo hemos hecho en el viejo Distrito Federal, conjuntamos la complejidad de construir sobre el agua con el hacimiento desmedido y la corrupción, con una tierra que se mueve, nuestro resultado no puede ser diferente al de la tragedia, una y otra vez.

Hacen falta los protocolos de actuación en un sismo, sí; es urgente contar con equipo de rescate gubernamental y una población familiarizada y entendida para enfrentar una tragedia natural, sí; debemos poder realizar obras arquitectónicas que desafíen, como lo hacen en otras partes del mundo, a la naturaleza sin perjudicarla, sí; pero no podemos ni debemos esperar que ésta no se cobre vidas humanas si le ofreces el caldo de cultivo que lo permita: como edificios mal cimentados, calculados, con material deficiente y una ingeniería y arquitectura anteriores al siglo XX.

Urge descentralizar a la Ciudad de México hacia las ciudades cercanas del centro del país, y más allá; como lo han hecho otras naciones, en su momento Brasil al crear Brasilia, sacando a los poderes y alejarlos de los intereses que los han pervertido y distraído de sus funciones de Estado; concentrar en dos o tres urbes más a la industria nacional con otro sitio para sus corporativos; es indispensable brindar uniformemente las posibilidades educativas, culturales y científicas a todos los mexicanos, incrementando nuestras capacidades federales.

Por último y para que todo lo anterior sea para bien, ocupamos destronar a la corrupción para instaurar una nueva forma de entender el servicio público, desde la capacidad y construcción de una sociedad solida basada en la racionalidad y la sana convivencia, teniendo respeto a la vida humana en primer lugar, lo que por ahora, no existe.