Cartas de América

La derrota del martes

Lo que en verdad preocupa sobre el martes siguiente no es quién gane, sino cómo y contra qué, haya ganado, así como los estragos de su victoria.

La señora Clinton habrá tenido que sortear para llegar a su objetivo, desde hace varias décadas, toda clase de barreras que nadie supone necesarias para un hombre; y sin embargo, está ahí, a un par de días de vencerlas todas: las sociales, las familiares y las que ella misma se ha propinado gracias a esa ambición que le permitirá llegar.

Los matices (principalmente económicos-financieros) entre cómo gobernaría un republicano o una demócrata, resultan poco relevantes ante la evidencia de la derrota del bipartidismo estadounidense; así como la necesidad de modificar el sistema de votación indirecto que ya antes ha llevado al perdedor (G. W. Bush) a la Casa Blanca.

Veremos como el sistema político hecho República más longevo que tenemos sufre grandes estragos por no ser popular en su elección. Podremos ver a una presidenta que no haya ganado en las urnas sino solamente en el colegio electoral.

Pero esta vez con dos diferencias: Donald Trump no guardará el cuidado "político" de Al Gore y gritará su "triunfo" con furia; y que se perfila a ganar popularmente por más de los 500 mil votos con que ganó "popularmente" el entonces vicepresidente Gore.

Lo anterior estaría generando una rabia entre sus fanáticos votantes ante la impotencia de ver llegar a Clinton como perdedora a Washington D. C. al recordar las reiteradas advertencias de su candidato sobre la "elección arreglada".

Lo que también expone una descomposición muy gráfica de la fragmentada y cuestionada democracia de los Estados Unidos que primero generó bajo su sistema de clases sociales inmóviles y sueños americanos rotos, que un magnate ignorante estuviera en la boleta representando a uno de los dos partidos; y luego, que cale en el imaginario colectivo que no se tiene a la mejor gobernante sino a la mejor tramposa; y eso, por la imperiosa necesidad de que no llegara un ser inculto, misógino, declarado agresor sexual y vulgarmente tramposo, como Trump.

Él, avienta a sus electores hacia Hillary por hacerlos sentir "bajo ataque", no porque se sientan representados en ella. Y muchos van a votarla, no por ser mejor que Gary Johnson del Partido Libertario o Jill Stein del Partido Verde, sino porque ellos no pueden impedir al peligro Republicano.

Por otro lado, nadie podrá dudar sobre la inviabilidad de un sistema que impide el arribo de opciones viables y verdaderamente apreciables por el elector (como Bernie Sanders) y que orilla a sólo poder evitar riesgos, o en su caso, genera abstencionismo.

Hasta "Los Simpson", en el capítulo sobre la elección del martes presenta otro de los grandes problemas que arrastrará el 8 de noviembre: un sistema que está lejos de ser el mejor de occidente y que provocará, aunque Trump no sea presidente, que él gane. Y con él, el principal victorioso de la desacreditación democrática de occidente: Rusia.

Mostrará a la "madre libertaria" de occidente con todo el esplendor de su debilidad democrática, frente a la renacida Rusia haciendo gala de su ausencia democrática.

Justo cuando la mitad del mundo está a punto de desatarse por el control aéreo de Siria, una disputa casi cuerpo a cuerpo con los rusos, postura que Clinton defiende y que buscaría imponer a su arribo en enero próximo.

En una guerra que se vive en varios frentes: el financiero implicado en las restauraciones de la destrucción que dejaría el ejército yanqui en Oriente Medio; el militar haciendo un verdadero ejercicio de poder que no hemos presenciado desde la Guerra Fría; y finalmente, el comentado aquí entre la verdadera pertinencia democrática que hoy tenemos en nuestras sociedades.

Siendo ésta última la de una trascendencia superior, ya que estamos ante la posibilidad de continuar con la anormalidad normalizada de que, como dice Ilán Semo (http://www.jornada.unam.mx/2016/10/22/opinion/016a1pol), "el rey no (ande) va desnudo", porque ya todos lo estamos.

Y si acudimos a las urnas a votar por el mejor espectáculo ofrecido, o al menos, el resultado de estos procesos electorales se llaman Sarkozy, Trump, Temer o Berlusconi (yo agregaría a Fox y a Peña), pues entonces hay mucho que replantearnos.

Y ésa es la apuesta de Vladímir Putin, quien gana con el triunfo de Trump a manos llenas pero también con su derrota y la hilarante reacción que tendrá ante la contradicción de su probable triunfo popular y su derrota en el colegio electoral.

Con ello, el resultado vaticina la necesidad de ubicar a nuestras desgastadas democracias de occidente en el umbral de un necesario renacimiento lejos de los intereses cupulares que nos están arrojando escupitajos; y por el contrario, llevarlas a democracias auténticamente populistas que tanta roña le generan a quienes ganan con ella y con él por igual.