Cartas de América

Paradoja “democrática”

Dilma Rousseff ha sido colocada a la cabeza de una negra lista por la inminente salida que la derecha envalentonada le está zanjando en las cámaras legislativas, solamente en espera de que el Senado ratifique a los diputados y el “impeachment” la destituya.

El único país con grandes escándalos de corrupción que se atrevió a encarcelar a prominentes empresarios y políticos está viendo como cae su presidenta por la ambición de terminar con la política social del Partido de los Trabajadores que desde Luiz Inácio Lula comenzó con el programa de “hambre cero” (mal copiado por Peña Nieto en México) y ha seguido con los dos gobiernos de su sucesora. Un poco de redistribución de la riqueza es imperdonable y los legisladores con varios procedimientos de corrupción encima pero protegidos por el fuero, se ponen la toga para quitárselo a Dilma por haber, supuestamente, manipulado informes económicos mientras se reelegía en el cargo.

La desfachatez de los parlamentarios no parará aún con la visita que Dilma hace a las Naciones Unidas; para que Grupo Globo y el conjunto político de su país (salvo los más cercanos) hayan llegado hasta donde ahora están, es porque anticipadamente tienen el respaldo de los Estados Unidos para seguir la cadena de derrotas de la izquierda en América Latina y el retorno de gobiernos prudentemente abyectos a aquel país continúe.

La tempestad que cae sobre el Partido de los Trabajadores debe entenderse como aquella que se deja caer sobre el primer partido de izquierda que democráticamente consiguió hacerse del poder en el continente con el liderazgo de Lula, quien impulsó a otros actores que como él luchaban contra los sistemas oligárquicos de sus países para encabezar nuevas formas de ejercicio del poder sin la obediencia a las clases empresariales o a los intereses estadounidenses.

Con ello está por cerrarse un ciclo político de gran avance de la izquierda, que dio comienzo con el avance parlamentario de la oposición al chavismo en Venezuela, siguió con el triunfo opositor a Evo Morales en el referéndum de Bolivia y la derrota del Kirchnerismo en Argentina.

Y lo anterior, a pesar de haber tenido intervenciones y apoyos extranjeros, al final de cuentas terminó consumándose por el voto popular en las aún endebles democracias en que vivimos. Contrario a lo que está por pasar en Brasil, en donde son los intereses de poder y económicos quienes están sustituyendo a la decisión popular hecha valer en las urnas, bajo un endeble caso de manipulación de cifras.

Muy lejos de los bastantes casos conocidos de abierta corrupción existente en países cuyos gobiernos sostienen intereses tradicionales o demagógicos, como el de Jacob Zuma en Sudáfrica, quien utilizó 23 millones de dólares para construir en una de sus casas una piscina y un anfiteatro, casas de vigilancia y dos helipuertos. Lo anterior no fue suficiente para que procediera una moción de censura por haber causado daños irreparables a la economía del país, ya que su control del parlamento, contrario a Dilma, lo exculpó por una amplia mayoría de 225 contra 99 votos y 22 abstenciones.

La lista de corruptelas de este abiertamente polígamo gobernante desde antes de llegar al poder son varias, pero, a pesar de eso fue electo, y como no podía ser diferente, no ha dejado de arrastrar sus malas mañas y sostenerse gracias a que como pasa en el propio Brasil, la maquinaria de la corrupción está aceitada, pero en Sudáfrica, desde el ápice más alto.

Como sucede en Malasia con Najib Tun Razak, quien ha manejado las finanzas de su país empleando en los cargos estratégicos como el de presidente del Banco Central a allegados suyos con gran experiencia en tomar el bien público y ninguna en administrarlo en beneficio de la gente. Pero que son, sobrevivientes políticos gracias a su capacidad para cooptar a los que son como ellos.

Por eso en México nadie está preocupado ni piensa que el efecto Brasil pueda hacer eco por acá, es más fácil que caiga Dilma por no llevarse bien con los mafiosos que se agrupan en las cámaras parlamentarias o con la segunda televisora más grande del mundo, a que caiga el jefe político de la mayoría parlamentaria, que además, es cómplice desde sus orígenes de la televisora de por acá: Televisa.

Dilma se distingue para bien de Jacob Zuma, Najib Tun Razak o de Enrique Peña Nieto porque no entró en complicidad con los corruptos que la destituirán para mantenerse en el cargo, no se aprovechó de la demagogia televisiva de la cadena Globo ni se mandó a autoinvestigar para sorprendentemente resultar inocente. Dilma no está en esta lista de mafiosos gobernantes y por ello saldrá del cargo, esa es la paradoja de nuestras tercermundistas democracias.