Cartas de América

Nuevo Pacto Social

Las dimensiones de desigualdad que vivió el globo hace 100 años, son en muchos aspectos similares a las vividas hoy. Los entes de control se agotan y llegan al estallamiento progresivo de diversas capas sociales producto de la desigualdad como primer elemento; y, de otros tantos por carácter de control de los sistemas que permiten dicha desigualdad: religiosos, económico-financieros y geopolíticos.

Derivado de los acontecimientos bélicos de principios del siglo pasado se establecieron en nuestras sociedades pactos sociales que a la distancia actual, se perciben, en lo general, quebrantados por sus actores, en particular de sus gobiernos, entes legislativos y judiciales; y, recientemente, financieros.

Los pactos han sido rotos de tal manera que los márgenes de desigualdad se repiten. Después de su reducción durante la Guerra Fría, vino un retroceso producto de la caída, en gran medida, de la URSS. Hasta llegar a la misma distribución del ingreso de antes de la Primera Guerra Mundial. Con la ayuda decidida del neoliberalismo encabezado hace casi cuarenta años, por Gran Bretaña y, particularmente, los Estados Unidos.

Los estados latinoamericanos, por su parte, vivieron en el comienzo de este siglo XXI, un ahora efímero proceso de avances sociales gracias a la llegada de gobiernos progresistas que parecen comenzar a estancarse por la recesión global y la reducción de las cualidades de vanguardia que legitimaron a sus líderes.

Mientras tanto, México se mantuvo alejado de estos cambios, en un proceso contra cíclico de carácter político e histórico que lejos de permitir salir de la pobreza, la incrementó; por un lado, y por otro, generó un clima exacerbado de violencia general producto de una guerra civil de facto.

El desdibujamiento global se asemeja en términos políticos y en algunos casos económicos, a los que tuvo la Europa de antes de la Primera Guerra Mundial, con el agravante de los conflictos armados en el Medio Oriente.

Con los alemanes, de nueva cuenta, en una desbordada ambición de conquista, ahora financiera, sobre la vieja Europa, que dominada como hace cien años, tiene que volver a resistir a los verdugos del norte.

En tanto, se cumplen, como hace una centuria, los primeros cien años de un proceso armado y emancipador en México; ahora, como antes, producto de tensiones de desigualdad, violencia social y armada, así como de la frivolidad de un gobierno desacreditado. Que hace perfilar un levantamiento popular, sin que éste sea de carácter violento como eje fundamental.

Este nuevo proceso emancipador será, así parece, ciudadano mayormente, con una ausencia de líderes o caudillos que lo dirijan. Tendrá que ser, como comenzó a ser en rincones de México (Nuevo León o Guadalajara), dentro de los caminos supuestamente democráticos, pero con la intervención masiva de una ciudadanía agotada en sus esperanzas y presta a adoptar las nuevas opciones.

Sin embargo, el camino, como con los primeros actos revolucionarios que exigían la caída de Porfirio Díaz, después de Cananea y Río Frío; está en sus inicios, ahora, con la matanza de Tlatlaya, Estado de México; o la desaparición de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa en Iguala, Guerrero.

La reciente fuga del capo más famoso, rico y ahora nuevamente buscado de México, agrega el ingrediente tragi-cómico que tuvo nuestra vida nacional del porfiriato más ruin. Y peor aún, pareciera que da el tiro de gracia en la legitimidad poco ganada desde el origen, del presente gobierno, que nuevamente es frívolamente afrancesado por su lado cortesano; y agringado en la entrega de los recursos naturales y de la soberanía sobre el control policial y militar del territorio con la nueva permisión del uso, ahora legal, por parte de elementos extranjeros de armas en nuestro país.

Siguiendo con la analogía, pareciera que apenas estamos en 1908, y nuevamente, siguiendo con ella, pues nos tardaremos más en llegar al cisma político y social, que plantee un nuevo proceso. Puede ser un lustro, lo que para lo que llevamos encima, es un parpadeo.

Y, mientras abrimos los ojos, preparemos el proyecto de país que los revolucionarios de antes no anticiparon; así como el camino político y jurídico que lo haga posible, mediante los pasos constituyentes que nos den un nuevo Pacto Social en México.

Producto, esta vez, de la participación ciudadana y de los cauces sociales y democráticos que hagan que no repitamos los mismos yerros post revolucionarios que nos lleven, a tener que repetir el proceso inacabado de nuestro pasado revolucionario, en el porvenir.