Cartas de América

Entender el problema I

“Sólo le pido al presidente Calderón que me entregue su cuerpo. Como madre es lo único que pido para darle cristiana sepultura. Es algo que no me puede negar”, “Le dije al procurador de la República que se acuerde que él tiene hijos, que todo se devuelve como un búmeran a las personas”, “Confío en Dios que Él me lo proteja y toque sus (sic) corazones de esas autoridades que lo tienen detenido”(Sara Sefchovich, Atrévete, México, Aguilar, 2014), hasta ésta última cita podrán ver que no se trata de madres desoladas por hijos victimizados como tantos hay en este país, sino todo lo contrario, y no; son madres de victimarios pidiendo y sufriendo lo mismo que aquellas a quienes sus hijos han victimizado.

La convergencia del dolor es simple, ya que el “piso social” que la agrupa es la misma, ambas se juntan en la misma sociedad y estallan a pesar de que ambos bandos, en realidad, deseen estar en situaciones contrarias, o hayan deseado estarlo.

Tanto unos como otros, agrupados en el mismo universo de tiempo y espacio, con un pasado común e historias incluso cotidianas en las mismas comunidades, representan ambas caras de la misma moneda: una sociedad en tragedia, en barbarie.

En el texto citado de la socióloga e historiadora Sara Sefchovich, se capturan imágenes, datos y análisis de cómo hemos conseguido, gracias a la indiferencia, llegar a más de mil ejecuciones mensuales, y que a pesar de ello, todo siga marchando como si una vez que alguna tragedia pasó, ya ninguna estuviera por venir.

“Lo peor siempre puede todavía llegar, después de los horrores, cuando uno cree que las cosas ya no pueden empeorar, todavía puede encontrarse algo más infame” (ídem). Y por nuestra experiencia reciente (2006 a la fecha) no hay error en tal afirmación.

Hemos visto de todo desde el comienzo de esta guerra “contra el narco”, salvo lo que nos falta por ver.

Mientras, seguimos sin entender que la atrocidad en la que nos encontramos pasa por no revisar el estado real de las cosas, por callarlas o negarlas en las diversas esferas sociales: los gobiernos con datos, discursos y desmentidos de lo evidente; y la ciudadanía, volteando al otro lado de la acera o llorando a solas la cruel realidad.

Salvo algunas excepciones, únicas unas y otras por su singularidad, que decidieron hacer colectiva la búsqueda de su hijo(a) y unirse a otras madres o padres que en el camino han encontrado y junto con los que han aprendido a luchar. Lo triste, es que sus luchas cuando han encendido, no han logrado parar el tren barbárico y dar marcha atrás, sino que se han consumido como velas sin oxígeno.

La misma autora da el ejemplo del poeta Sicilia en pleno zócalo de Cuernavaca: “Bajo los arcos, junto a las oficinas de gobierno, está en plantón permanente el poeta Javier Sicilia, exigiendo el esclarecimiento de la muerte de su hijo y otros muchachos, estudiantes que salieron una noche a divertirse y no volvieron más. Allí mismo hay mujeres indígenas que venden artesanías, personas jugando ajedrez, parejas de la tercera edad bailando danzón, los restoranes y las tiendas están abiertos, las panaderías y heladerías tienen largas colas y se anuncia para dentro de algunas horas, un concierto de música de cámara”.

El problema consiste en que quienes luchan por la justicia y la exigen, lo hacen, cada vez, con menor energía; y del otro lado, con cada vez mayor terror, se siguen cometiendo, cada vez más crímenes.

Porque no se termina de entender que estamos en un estado de terror tal, que no terminará por obra de un milagro o algún hecho fantasioso. El crimen cada vez alcanza mayores escalas, son ya doce los estados identificados como altamente delictivos, zonas enteras de nuestro territorio nacional están sometidas a la lucha sin cesar de muertes, desapariciones, extorsiones, violaciones, robos, bloqueos y toda clase de abusos. Y la cuenta sigue.

Dar marcha atrás implica “…la adquisición de conciencia, que se ubica en la línea divisoria que une y distingue a los términos opuestos de una serie de conceptos centrales de la teoría contemporánea de la cultura: el sujeto y el objeto, lo público y lo privado, la opresión y la resistencia…” (ídem).

Para ello, es necesario usar los términos correctos y así dar las soluciones precisas: estamos viviendo una Guerra Civil. Que sólo parará mediante la toma de conciencia del hecho y acciones colectivas desde abajo, muchas y pequeñas acciones de cambio comenzando en la sociedad más reducida, la familia, como sugiere Sara Sefchovich.