Cartas de América

Ciclos cubanos

El 26 de julio de 1953, hace 62 años, poco o nada se supo en el mundo del arranque formal de los combates que años más tarde llevarían al comandante Castro al derrocamiento de Fulgencio Batista. El nombre de Abel Santamaría, muerto el mismo día del fracasado ataque al cuartel de Santiago no pasaría a la historia sino hasta que la historia fuese escrita por sus colegas vivos y victoriosos unos pocos años después.

Apenas seis años fueron suficientes para que el aprendizaje y experiencia, así como la configuración de escenarios ajenos permitiera el triunfo rebelde y el discurso triunfante el primero de enero del 59 que siguió a la entrada triunfante el ocho del mimo mes a la Habana. Castro y los suyos, habían echado al dictador y con ello, cerraban un primer ciclo, corto, pero decisivo, que les permitiría abrir el más importante de sus vidas.

Con tan solo 33 años se convirtió en el primer ministro cubano llevando a Cuba a a integrarse al bloque soviético que disputaba a los Estados Unidos el control mundial; así, abría un proceso que marcaría el resto de sus años como gobernante en primer plano de la isla: una abierta confrontación en todos los campos posibles (militar, económico, social y ante todo, político) con los enemigos de sus aliados, quienes pasarían a ser sus rivales directos.

Imposible olvidar los discursos delirantes que la lucidez, experiencia y cultura le permitían dar (fui testigo de un par) por horas enteras ante las multitudes emocionadas en donde ridiculizaba, exhibía y pisoteaba a los gobiernos (varios, comenzó con Dwight D. Eisenhower, John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson, Richard Nixon, Gerald Ford, Jimmy Carter, Ronald Reagan, George H. W. Bush, Bill Clinton, llegando hasta George W. Bush) de los Estados Unidos, anécdotas imperdibles que nadie que haya pisado este planeta puede acumular y vivir tanto y tantas, como para igualarlo.

Pasó la estafeta a su hermano Raúl, quien desde el comienzo pintó para ser el puente de la apertura de Cuba hacia el mundo, pero que nunca pasó por la cabeza de nadie, que llegaría a ser quien abrió Cuba para los Estados Unidos, como Barack Obama, parece que abrirá a los Estados Unidos a Cuba.

Acompañaron hasta el último día a la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas, sufrieron con hambre y sed su desaparición, como pueblo, desde entonces, no la han pasado del todo bien. Con tantos años en el poder, las sangrías de gente que salen del país en busca de oportunidades ahí negadas son muchas, generaciones enteras han nacido en otros lados, principalmente en donde se asienta su rival, desde entonces.

Entender y justificar el proceso cubano desde el gobierno de los Castro se ha convertido en el principal debate de las izquierdas Latinoamericanas y mundiales que abren telón para un pleito seguro entre posturas que suelen tener razón en partes, pero que no se pueden hacer hilar como una sola.

La estigmatización que su personalidad provoca lleva incluso a que la ignorante derecha mexicana use una foto con él como prueba contundente de la maldad de quien en la imagen lo acompañe.

Ese estigma que se hace histórico y que atravesará aún más generaciones, está llegando al final del ciclo iniciado en 1959: el de la confrontación (correcta o no, es otra discusión) con el imperio yanqui.

En la compañía de los hechos impulsados por Raúl, y el acompañamiento internacional del Vaticano, así como la determinación de cambio del presidente de los Estados Unidos, Fidel y Raúl son actores centrales de un proceso más en la historia que nadie imaginó que sucedería mientras ellos vivieran: la conciliación diplomática entre ellos y sus vecinos cercanos del norte.

Se podrá ver como una de las últimas secuelas de la Guerra Fría, como el principio de una forma de colonizar a la isla que los castro emanciparon; o, como la piedra de toque para avanzar hacia la civilidad internacional respetando las soberanías y formas de conducción política de los Estados nacionales.

Así, o de otras cien maneras, pero sin duda es el cierre de un ciclo que abre otro sumamente interesante desde los diversos escenarios que plantea para el pueblo cubano que debe de estar ansioso de su futuro cercano y de cómo éste puede ser absolutamente contrario al que le esperaba en caso de que todo se mantuviera igual.

Una oportunidad de cambio que sólo la pericia castrista pudo desarrollar, justo para poder pensar en los relevos que continúen lo hecho, sin que sean vistos como claudicantes (como no son vistos ellos), sino como herederos (no hacedores) de algo que nadie les puede quitar: cerrar y abrir ciclos en la historia de Cuba y del continente.