Cartas de América

Cauce

Es claro que la clase gobernante (aún sus mentes más brillantes) está dominada  por las necesidades de supervivencia más inmediatas, y que las condiciones que tienen para arribar con las movilizaciones en marcha a buen puerto son insuficientes, por un elemental atavismo.

El estallido social que sucede en México representa la mayor oportunidad jamás presentada en los últimos 80 años (tal vez más) para determinar un rumbo correcto hacia donde debe ir la patria, y que, con más o menos convencimiento, tod@s vayamos en ella.

Quienes sostenemos que la izquierda debe ser la postura ideológica que dote de contenido a nuestro proyecto nacional, estamos convencidos del erróneo camino que hemos seguido como nación por al menos 40 años, en esa sucesión de presidentes totalitarios que forjaron a un esqueleto político corrupto que apenas volvió después de la torpe interrupción de la derecha, mostró sus garras y sacó el cobre.

Es claro que la clase gobernante (aún sus mentes más brillantes) está dominada  por las necesidades de supervivencia más inmediatas, y que las condiciones que tienen para arribar con las movilizaciones en marcha a buen puerto son insuficientes, por un elemental atavismo: este grupo no entiende lo que pasa, existe en la cúpula una médicamente entendida autonegación de los hechos. Y lejos de saber cómo encauzar el descontento, ponen sus barbas a remojar y alientan con el uso de la fuerza física y la discursiva desde el atril presidencial, la continuidad y crecimiento del enojo.

Entender que la cresta demográfica debe ser enfrentada con oportunidades y no con violencia, legal o ilegal, está lejos de quienes sólo razonan con base en el uso de la fuerza del poder.

Sin embargo, esto no es extraño: si nuestros poderosos fuesen sensibles, autocríticos y congruentes, aunque se equivocaran una que otra vez en la conducción, el país no estaría en las calles.

En consecuencia, la respuesta inmediata es que se vayan, y que Enrique Peña Nieto renuncie, sin más; lo que hace nacer una pregunta secundaria después de un triunfo como el conseguido en Guerrero con la salida de su gobernador: ¿y después, quién terminaría el mandato?

El vacío es enorme, aún más grande que el actual. México no se ha enfrentado a la interrupción de un periodo constitucional desde la renuncia de Pascual Ortiz Rubio, hace 82 años. Llegar a un escenario así, hace pensar en nombres, como Manlio Fabio Beltrones, quien tiene amplios poderes entre quienes tomarían esa decisión; alguien que “atinadamente” es galardonado con la Legión de Honor del gobierno francés, en plena crisis social mexicana, hace pensar que se afila los colmillos.

Y a menos que se quebrante por completo el orden constitucional mexicano en el proceso electivo del sustituto (antes del 1ro. de diciembre sería interino y en 2015 se convocaría a elecciones para un nuevo periodo, pero, ¿creen que en ocho días renuncie EPN?), quien arribe sería electo por la misma clase gobernante a la que pertenece el actual, un Congreso de la Unión cuya composición conocemos. Con el riesgo, siempre latente, de que llegue alguien más peligroso,  sin considerar el terror de un gobierno vestido de verde olivo.

En cambio, si de este movimiento social que puede trastocar al Estado mexicano para peor (aunque suene difícil), se genera una crítica social estructurada y pensante que le dé orientación programática al régimen, hasta reencauzarlo, podríamos hablar, en México, del más valioso espíritu democrático: el poder desde el pueblo, en los hechos y en la forma.

Un gobernante a punto del abismo, en medio de una crisis nacional con repercusiones internacionales y con una crisis internacional con impacto en su país, gracias a la globalidad y sus comunicaciones instantáneas (algo que tampoco entiende el régimen), sólo puede ser rescatado si es orillado al acuerdo, al pacto (aunque él mismo haya desgastado el término) social por su propio pueblo y los pueblos del mundo.

Impidamos la desmovilización del enojo por el cansancio, y, esperemos que siga fluyendo de manera natural el descontento, como se prevé, mientras se construyen las alternativas y los métodos para establecer un sistema de control supraconstitucional ejercido por el pueblo organizado, que no le dé cuartel a ningún gobernante en ningún rincón del país.

Ayudémonos de la comunidad internacional que está volcada en gratas muestras de solidaridad hacia nuestro pueblo para que, además de brindar buen consejo, impida bajo métodos de control que impliquen resultados calendarizados, que la clase gobernante vuelva a ganar terreno en contra de los intereses populares.

Puede ser caótico, fatigoso, tardado. Llevará en un principio meses que parecerán años, y años largos, hasta encontrar el punto en el que, apostándole a la recomposición de nuestro Estado nacional desde la sociedad, en el que, a cambio de una capacidad meramente ejecutiva de las decisiones programáticas en el gobernante, eventualmente, éste se una a la sociedad y viceversa en una misma masa. Cuando eso pase, volveremos a tener Estado nacional, y así, por la memoria de los 43, México habrá cambiado.

Twitter: @Luentes

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