Trampantojo

“Si movieron la telefónica...”

A Gabriel García Márquez.

Años más tarde, el alarife José Isabel Márquez, recordaría con claridad aquella mañana cuando su padre lo convirtió en testigo presencial y cómplice de lo insólito. En el acto -me contó- fue sorprendido por una especie de prestidigitación digna de los cuentos inverosímiles de quienes eran los poseedores de los secretos masónicos más inextricables. A sus 6 años, en sus ojos de ópalo iridiscente, se reflejaba el estupor de la gente que es incapaz de comprender lo que no tiene una explicación natural basada en la lógica de la mecánica clásica. Se trataba de un alarde metafísico que trastocaba todos los paradigmas de su certidumbre y las creencias sustentadas en la realidad material de la existencia convertida arquitectura y que significaba la posibilidad de descifrar el mensaje de su porvenir. Lo que vio fue producto del genio insoportable de un alarde intelectual que hizo fácil lo imposible: En ese momento, sutil y transfigurado, el mundo se desplazó para colocar en su sitio una mole edificada que permaneció suspendida un lapso aterrador e inconmensurable, tiempo que sirvió para escenificar un portento de arrogante capacidad técnica: Emplazaron la telefónica a un nuevo sitio para que ocupara su lugar en la historia universal de las maravillas. El impacto emocional de aquella imagen se convirtió en la obsesión que le robó el futuro. Nada, después de ese día, resultaba irrealizable. Con ello nació su emblema de batalla a la hora de explicar el éxito premeditado en pos de la conquista de cualquier empresa constructiva. Tal acontecimiento le llevó a escudriñar los parajes indómitos de un lenguaje que se escribe con las manos mientras las formas cobrarían vida al moldear la argamasa, pegar los ladrillos de barro cocido o labrar la cantera para así forjar la obra tangible como producto de las imaginerías sin tregua de una personalidad solitaria y pródiga, reunidas en el oficio más ingenioso del mundo;  que luego lo condujese a elaborar una frase cuya función semántica iría más allá de la mera expresión simbólica, al asirla como estandarte para enarbolar los esfuerzos edilicios. José Isabel Márquez, albañil consumado en las lides de la edificación y constructor de incontables castillos airosos, era dueño de un espíritu racional que irradiaba, para sus pupilos y aprendices, el aura sofisticada de los artífices de metáforas conspicuas con talentosa e indulgente sabiduría. Disponía del orden a su antojo y tenía un par de palmas diestras que trazaban geometrías espaciales que retaban a las leyes de la gravitación universal a la hora de resolver las calamidades estructurales y gráficas. La suya era una frase fundamental que cancelaba cualquier sospecha para justificar la mediocridad cuando decía: “Si movieron la telefónica… ¡Todo será en la segunda oportunidad sobre la tierra!”

jfa1965@gmail.com