Trampantojo

Un cuento de navidad: Oda para Elisa

Existe un ser, en un lugar muy cercano –reino de las sombras del color de los deseos– una morenita linda, una luminosa princesa que, con su presencia, todo lo llena de encanto y gracia. Es un ser que irradia sabiduría e inteligencia sin igual y con su voz, que es como un trino de sortilegio y embeleso, hace el amor a sus vasallos, súbditos del juramento al patroncito que todo lo puede y sabe, creador del cielo rojo y de la tierra prometida en la casa de todos los dioses.

Nada más hablar y el mundo estalla en algarabía. Su elocuencia es un canto a la honestidad y la valentía. Canta como las diosas de citere y su discurso poético hace honor a las palabras sinceras y plenas de humildad que guían a los hombres y mujeres acostumbrados a los designios del poder para encontrar el camino de la felicidad y de la generosidad para compartir y repartir a manos llenas.

Gracias a ella el mundo ha sido puesto en su sitio. Dispuso orden en el universo caótico –con sus edulcoradas manos de seda llenas del misterio del eterno femenino– y con sus modos almibarados y ambarinos trastocó la conciencia de los sentidos de los habitantes de su reino para enseñar a la plebe a percibir la realidad a través del influjo del perfumado hálito místico que brota de sus sensuales labios. Nos ha hecho caer en la cuenta de los verdaderos significados de la política en estos tiempos de incertidumbre. Nos ha hecho ver con claridad las profundidades de un sistema caduco y bárbaro que todo lo controla de la mano del ser todopoderoso que vive en el oscuro y lúgubre escenario tras bambalinas del circo de la comarca.

Con sus artes de alquimia nos ha abierto los ojos para saber ver y reconocer con deslumbrante claridad el cinismo de la corrupción disfrazada y perfecta, esa que nadie ve pero que todos tienen conciencia de su existir. Ahora somos capaces de escuchar malas palabras que se transmutan en poesía que deleita los oídos, pues de su boca mana miel y esperanza. Hemos probado y degustado los placeres del sabor de un discurso aderezado con la pimienta y la sal de las mentiras y las medias verdades. Su aroma de mujer nos endulza y todo huele a peligro, emoción, advertencias y amenazas. Nos ha conducido por la senda de los caminos torcidos del patrón y se jacta de tocar el paraíso de la impunidad. Ella nos ha mostrado que existe un universo paralelo pletórico de inmunidad y que, así, habita en la dimensión del más allá de sus caprichos.

Elisa, si conoces el sistema, ¿por qué condicionas el darnos a conocer la verdad? ¿Qué sabes que comprometa la reputación de tus comparsas? Sólo resta recitar la oración final: Que nunca nos llegue el rumor de los gandallas. Elisa, agarra y reparte, no seas... ¡Gracias por hablar!

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